La muerte y los perritos

Estamos alrededor de la cama con mi hermana, mi papá y mi tía. En sus últimas dos horas la vimos respirar con dificultad, mucho tiempo, más de lo que debería haberlo estado. Cada expiración era dificultosa y notoriamente dolorosa. Recuerdo pensar en que siempre imaginé que en las muertes lo difícil sería la inspiración, pero en este caso no, supongo que las causas médicas varían. Esas últimas dos o tres horas de agonía son lo más doloroso que me ha tocado vivir, tanto que es un dolor que honestamente no le desearía a nadie, ni a la gente que más odio, ni a ese 1% del mundo que tal vez se lo merece. No. En medio de esa agonía lenta —el cuerpo resistiendo por su permanencia singular, el líquido en los pulmones, el aire de la pieza en la que pasó gran parte de sus últimos cinco años—, recuerdo verme a mí mismo en la cara de mi madre. Nunca me había sucedido antes ni con ella ni con mi padre, y salvo alguna vez con mi hermana. Tal vez porque nunca me había quedado contemplando una cara tanto tiempo. Después de varios minutos y de suspender sus elementos singulares me pude ver a mí mismo en su cara. Al verla morir me vi morir a mí mismo por unos segundos.

Me pregunto si esa experiencia les sucede a las personas a menudo. En su velorio, en que las cosas adquieren algo más de aire y lo que sucede, más bien, es que se comentan las últimas horas de vida una persona una y otra vez, le dije a un primo que me vi a mí mismo en su rostro y me dijo: “obvio que es igual a ti, es tu mamá”. Claro. La reflexión siempre se encarga de las cosas obvias, pero también pienso en esa mimesis de verse a sí mismo morir. Recuerdo la muerte de Héctor frente a Aquiles utilizando la armadura de su adversario y pienso en la duplicación constante que hacemos de nosotros, de proyectarnos en personas, en animales y en objetos. Con el tiempo, el hecho de ver morir a mi madre me hace darme cuenta de que era más evidente esa imbricación, no solo de que voy a morir, sino de que para mis parientes soy un espectro andante de su existencia, lo más parecido a ella que van a encontrar en este mundo. Más adelante empecé a notar el parecido que ando rayendo en mis manos, mis muñecas, también en mi cuello, mi clavícula. El torso blanquecino y algo frágil pese a mi tés mayormente morena. Tiempo después le comenté a mi pareja el hecho de que me vi a mí mismo morir al ver morir a mi mamá, y ella me dijo: “yo también empecé a verla en ti después de que se muriera”, aunque eso quizás sea otra cosa.

Voy a la celebración del cumpleaños de mi abuela, la mamá de mi mamá. Ha pasado un año. Ella está muy viejita y no presta mucha atención a nada, yo estoy tomando vino sentado en un sillón junto a mi hermana y, más allá, mis tías se ríen a carcajadas. Después de un momento una tía me abraza y me hace cumplidos, después se le suman un tío y una tía más. Caen sobre mi hermana y sobre mí, acariciándonos las mejillas y haciéndonos cariño en el pelo. Nos da risa a ambos, y ganas de llorar. Siento, en ese momento, que mis tías me tratan a mi hermana y a mí con más ternura que antes y pienso de nuevo en esa proyección del otro del que soy portador, sin quererlo mucho. A veces siento que para ellos emano una ternura de la que no soy responsable. Se parece mucho a lo que a menudo me pasa con las mascotas, con ellos la ternura es como el aroma de una flor, como si les fuera inherente una fuente inagotable de ternura. Una esencia. En mi caso, el perro de mis padres, el Chiqui, es el que más me recuerda a ella, más que mi hermana, mis tíos o mi abuela.
En un poema sobre los animales de Walt Whitman, la contemplación arroja datos únicos que sacados de contexto podrían sonar como despectivos, pero cuyo sentido profundo solamente le son dados al espectador de la naturaleza que se detiene a mirar. Como en un jugueteo con la mirada que de hecho no es ningún juego específico, solamente un ir y venir sin objetivos específicos:

Podría irme a vivir con los animales, son tan tranquilos.
Me quedo quieto y los miro y los miro.
No se impacientan, no se quejan de lo que les sucede;
no pasan la noche en vela llorando por sus pecados;
no me hartan con interminables discusiones acerca de Dios;
ninguno está insatisfecho, ninguno quiere tener posesiones;
ninguno se arrodilla ante nadie, ni siquiera ante sus antepasados;
ninguno es respetable, ni trabajador, en toda la tierra.

La contemplación que realiza Whitman es un jugueteo sin reglas, sin proyecto y, por lo mismo, hablando fenomenológicamente, sin posibilidad de cumplimiento ni decepción de ningún tipo, es solamente un goce sutil en el detenimiento. Existe cierta contemplación utópica de las características de los animales, en su carácter feral, infinitamente comprensivos de su presencia en el mundo, arrojados casi sin roces a la existencia, frágiles, y por lo mismo dichosos. “Ninguno es respetable, ni trabajador, en toda la tierra”. Debo decir que la fuerza del final del poema de Whitman me parece conmovedora, pensar que ninguno se arrodilla, ni siquiera ante sus antepasados y que ninguno es ni respetable ni trabajador, y que eso existe y puede existir en el mundo común que habitamos, por eso Whitman piensa en la posibilidad de irse a vivir con ellos.

Cuando tenía unos 15 años tenía una perra que se llamaba Reina. Vivió muchos años y se llenó de tumores. En su último día de vida apenas se podía sostener en pie, las eutanasias ni siquiera eran algo común para mascotas, como todavía lo sigue siendo en gran parte de la población empobrecida en Santiago. Sencillamente morían como mueren todavía. Con mucho esfuerzo la Reina estaba parada en la puerta, decaída, esperando algo, no sé qué. Mi mamá fue donde estaba y, al verla maltrecha, le dijo “vaya a acostarse a su casa”. La Reina nunca hizo mucho caso en nada, pero en esa ocasión entendió
y se fue a morir sola, en la noche. En una situación de dolor y padecimiento radical cuesta oponerse. Aunque también puede ser que en esos momentos en que la ternura y la compasión en los ojos de la otra persona puede guiar la obediencia. El cuidado de otro ser en la enfermedad tiene esa significación tan grande por lo mismo, porque todo el mundo es médico frente
a alguien que padece radicalmente.

Estar con una persona que muere es entregarse un largo rato a compartir tu espacio con un cadáver. Fuera del congelador, si se es omnívoro o se vive con omnívoros, en la ciudad no existe mucha relación con cadáveres de mamíferos —siempre he pensado que esta eliminación u omisión del cadáver-como cadáver de nuestro espacio de existencia, debe ser de los aspectos de enajenación más claros de las sociedades de masa—. La contemplación del cadáver-como-cadáver es desconcertante, es deshacerse de este ser corpóreo que se nos está amputando de la existencia colectiva.

Mucha gente de mi familia entró a la casa el día del funeral de mi mamá, algunos lloraban y otros consolaban a quienes lloraban, alternando sus posiciones. Apoyado en la muralla del pasillo fuera de su pieza escuché a una prima decir “pobres chiquillos, son tan chicos”. Pensé en que sí era chico para perder a mi madre. Sé que hay gente que la tuvo solo unos meses o apenas un día y que debe haber millones de historias peores que las mías en ese aspecto. Solo al pensar en eso recordé al Chiqui, que aún vive en la casa de mis padres y que quizás sería bueno que tuviera su última mirada de mi madre, “él es más chico”, pensé. Ahora pienso en esa momia de una mujer enterrada junto a un cachorro, hace más de 12.000 años en tierra Palestina y que es testimonio de la domesticación, pero también del vínculo emocional de los primeros homo sapiens con sus mascotas. Se me ocurre que tampoco pudieron soportar tener a ese ser, pequeño, siendo lo que más les recordaba a esa mujer de unos cuarenta y tantos años que estaba siendo enterrada, y también pensaron, “cómo no se va a ir con el perrito y cómo el perrito no se va a ir con ella si es tan chico”.

Quiero volver al Chiqui, aunque, con las deformaciones que se suelen hacer a los nombres de los perros hoy, le dicen “Tincho” en el jugueteo de la fonética y de las historias vividas con los nombres que se dan a las mascotas. No quiero ir más lejos porque debo reconocer que me da un poco de vergüenza. Creo que pensar en el perrito (“el perrito”, por muy genérico que sea, es otro de los apodos que se ha ganado) me trae una idea de algo que no he pensado sobre el duelo y es que los animales como fuente de ternura, al igual que las infancias, al igual que la madre, ha caído masivamente en el uso actual y potencial de la ternura para fines económicos. Darse apodos de cariño es algo que comparten los amantes y las personas hacia sus mascotas. La ensayista chilena Andrea Kottow se refiere al afán de los amantes en ponerse apodos y se pregunta: +

¿Cuántas veces escuchamos en la vida las palabras que nos aseguran que se nos quiere?, ¿Pero cuántas veces necesitamos que esas palabras adquieran algún matiz que las haga especiales y exclusivas para nosotros?
Quizás de ahí venga la necesidad de los amantes de ponerse nombres, de inventarse nombres, de inventarse sobrenombres; solo de ellos, secretos, totalmente propios.

Me parece que aquí es más bien la ternura lo que motiva a los amantes a ponerse nombres propios, particularísimos. Me parece relevante hacer notar que este es uno de los aspectos en que las definiciones de amor y ternura se encuentran y se confunden, justamente por compartir elementos de lo íntimo. Es Sartre diciéndole “castor” a Simone de Beauvoir, porque Beauvoir –cuya traducción al español más exacta sería “Bellavista” –suena como beaver en inglés y dedicándole la mayor parte de su obra.

Me gustaría leer un estudio que se encargue del sentido de las dedicatorias en la historia del pensamiento. También en ese hablar manso, más agudo, juguetón, a veces el cursi “hablar como guagua”, que compartimos en el hablar con las parejas, con los bebés, a veces entre amigos y con las mascotas.
¿Es exacto hablar de amistad en ese caso?, creo que la mayoría diría que sí amparados en el saber popular en torno a las mascotas, pero me parece que es necesario examinar mejor el vínculo entre amistad y ternura. A propósito de lo mismo creo que hay que detenerse en los perros y entender la especificidad de estos animales en la experiencia de la vida y la muerte. Alguna persona podría plantear que también debería hablar de la relación con los gatos, mapaches, hurones, peces o tarántulas; me parece, no obstante, que existe cierta relación simbólica en los perros y la ternura, que he podido encontrar principalmente en un pequeño libro del filósofo Mark Alizart y que me gustaría mencionar brevemente.

Tras la experiencia de pérdida de su perro, en el libro Perros (2019), Alizart analiza la importancia que tienen los perros en la historia de la humanidad, no solamente en términos históricos, sino también en términos mitológicos y ontológicos. Alizart es contundente al respecto de su posición con los caninos que estoy seguro de no respaldar al cien por ciento, pero básicamente consiste en establecer un vínculo entre los perros y la formación de la humanidad, es decir, del perro como condición sine qua non desde donde el ser humano llega a ser humano y más allá: el perro como creador de la humanidad.
El perro es custodio de la vida y la muerte y de la distinción entre lo natural y lo divino y, por lo tanto, es un ser que ha  sido fundamental en la distinción humano/naturaleza, que es la base de la antropología occidental. Pero al mismo tiempo el ser humano ha sentido una cierta humillación desde la imagen del perro, porque le avergüenza lo que encuentra en él que le hace tanto sentido. Los ejemplos que da el autor son variados, van desde Anubis, Cancerbero y Xólotl, el ángel-perro de los aztecas, hasta propuestas que caracterizan a la esfinge de Edipo como un perro; desde algunas descripciones de Jesús, que Alizart no duda en definir como un discípulo de la tradición cínica fundada por Diógenes de Sínope en el siglo V a.e.c, hasta Donald Trump, el único presidente de Estados Unidos que no ha tenido perro (y que es enfático en llamar “perros” a sus adversarios).
El punto de vista que rescato de Alizart, refiere a un placer que encuentra en los perros por una alegría propia del desprendimiento más radical, pero su tesis va más allá de la tradición cínica clásica que toma al perro sólo como modelo desde el cual pensar en el sentido de la existencia. Hay una inversión: la felicidad de los perros consiste en la consciencia creativa, sin secretos y, por lo mismo, conocedora del secreto
del ser humano que es la vergüenza y que consiste en el propio odio que el ser humano ha puesto sobre sí mismo. Por ello el autor afirma: “En nuestra vergüenza el perro manifiestamente está en juego nuestra propia represión del haber gozado, siendo niños, de placeres similares relacionados con la sexualidad, con los excrementos e incluso con el castigo”. Lo que me parece más notable de la postura de Alizart es que, de cara a la vergüenza, entiende que existe una omisión que se ha mantenido de manera constante sobre su propia naturaleza, de su sexo, de que la alegría del ser humano pueda deberse a lo más pueril. De ahí me parece relevante considerar que los perros no se hayan utilizado en la bandera de ningún país del mundo, a diferencia de otros animales. Tal vez sea por el doble juego que hay al respecto de los perros, que el sustantivo “perro” y “perra”, puede ser usado como un insulto al mismo tiempo que como símbolo de una felicidad infantil y efímera; a propósito de esto último creo, con Alizart, que son base del recuerdo de que vamos a morir. La felicidad de los perros esconde a su vez, una propia teología perruna que el autor esboza en su libro y que de todas formas vale la pena mirar:

Pero los perros todavía son felices, con una alegría más tierna y más subida de tono prácticamente porque el hombre que inventaron no tiene secretos para ellos. (…) es feliz porque este hombre que ahora puede admirar, este gran hombre que él hizo, él sabe lo que es, vio su sexo y lo vio como sexo. Lo vio como una madre ve a su hijo. Y es por eso que juega de tan buena gana con sus amos. Lo hace porque no tiene nada
que temer al ridiculizarse delante de nosotros que somos tanto más ridículos que él.

En la mayoría de las culturas el “perro” y la “perra” son seres que otorgan su lealtad ante una simple caricia. Lo que esconde cierta vergüenza transversal que las culturas ha imprimido sobre los perros, su obediencia y, en general, del hecho de que su cariño se entrega fácilmente y aun así podemos encontrar la sabiduría profunda que ha determinado que hayan sido los perros, en muchos casos, quienes custodian la vida y la muerte, y si miramos genealógicamente, han existido culturas que han enfatizado esta cosmovisión, recordemos que San Juan desplaza al Cancerbero en el más allá. Tal vez la sabiduría sea sencillamente que somos mamíferos y que, en general, una caricia en el lugar indicado nos basta, eso nos hace pueriles, pero también seres profundamente enraizados al perro a su devenir, y que eso se carga con la culpa y la vergüenza. En la experiencia que acabo de relatar sobre el perro que vive en la casa de mis padres, la situación me parece significativa al mismo tiempo que no hay muchas vueltas que darle. Me dieron ganas de que el Tincho tuviera su última mirada de mi mamá siendo llevada en su féretro. Pensé “pobrecito, ahora la va a echar de menos” (y, a pesar de que hoy en día vive bastante bien, posterior a la muerte de mi madre padeció una soledad que, como animal doméstico, nunca había experimentado), lo subí en brazos para que la mirara por última vez y sólo se detuvo apenas un par de segundos a mirar su cadáver y no hizo mucho realmente, después quería que lo bajaran. Quizás eso sea todo, que quería que lo bajaran.

Este texto es un fragmento de Arrullo del tiempo. Un ensayo sobre la muerte y la ternura, de Diego Márquez Arancibia, que será publicado en agosto de 2026 por La Pollera Ediciones.

Diego Márquez Arancibia

Diego Márquez Arancibia (Santiago de Chile, 1992). Profesor y magister en filosofía. Becario por el fondo del Libro y la Literatura (2023 y 2025). Actualmente es librero y realiza talleres de escritura y lectura de ensayo y no ficción. Su primer libro titulado Arrullo del tiempo. Un ensayo sobre la ternura y la muerte será publicado por Editorial La pollera en agosto del 2026.

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