Daniel Campusano

Casi en la medianía del relato, la narradora de Siembra de cristal intenta matizar la bondad y rectitud de su padre compartiendo su afición por la caza. Parece una advertencia, incluso una confesión: no vayan a santificar a mi padre porque él también era capaz de participar de barbaridades masculinas y matar pájaros por entretenimiento. Pero el contrapeso no resulta mucho porque, la verdad, nunca nos distanciamos de su padre ni menos desconfiamos de su integridad.
Don Vicente Ferrer Vacarro trabajó sesenta años en la Industria Azucarera Nacional (IANSA), era experto en la purificación del azúcar y supervisor de la pulpa de remolacha. Enviudó a los cuarentaicinco años y quedó a cargo de dos hijos. Tiempo después llegó a la azucarera una joven de Cauquenes llamada Norita Durán, a quien le dejaba letras de canciones de Lionel Richie junto a su tarjeta de ingreso. Hello, is it me you’re looking for?, I can see it in your eyes. Así llegó el encandilamiento, una nueva oportunidad, tres hijos, separaciones, promesas de cambio y la estabilidad. Las niñas crecieron y una de sus hijas se fue estudiar a la capital. Cuando ella regresaba en tren desde Chillán, don Vicente subía la torre de vigilancia de la fábrica a esperar que la máquina se acercara: uno de sus brazos agitaba la despedida y la otra mano sujetaba el teléfono para preguntarle a su hija si acaso podía verlo. ¿Cómo no le vamos a perdonar haberle disparado a unas tórtolas?
Consuelo Ferrer Durán narra las luces y esquirlas de la intimidad familiar y, con la misma delicadeza y perspicacia, el afecto y gratitud de las personas que fueron habitadas por su padre. Porque eso parecía hacer este hombre: no solo asistir y considerar al otro como una arteria del mismo sistema, sino habitarlo, permearlo. Respondía a un engranaje comunitario con naturalidad y se mantenía despierto para que el bote no se desestabilizara. Cuando falleció en 2020, nadie pareció indiferente a su amabilidad y comprensión. Desde los asistentes de la fábrica —a quienes apadrinaba con generosidad y una meticulosa instrucción de los procesos— hasta las compañeras de colegio de la narradora que no olvidaban las onces del tío Vicente.
Lo más conmovedor del libro es que padre e hija sí alcanzan a compartir los recuerdos de la fábrica y, a diferencia de otras experiencias de indagación, el proceso no se hace difícil ni doloroso. Fluye la anécdota y la asociación libre. La hija busca tejer la historia del lugar y el padre destapa su memoria sin florituras ni épicas narcisistas. En sus relatos no hay grandilocuencias heroicas ni engreimientos fundacionales, sino el repaso juguetón, coloquial y orgulloso de una vida conformemente agitada. La autora enhebra con ductilidad y hondura los recuerdos de ambos y, cuando sienta a la mesa a familiares y colegas de su padre, el resultado es un coro dinámico y vibrante: voces que iluminan y desentierran estampas que hoy esculpen un significado vívido y reverberante. En este sentido, las fotos del archivo familiar que acompañan el relato —don Vicente con un gorro de cocinero, la mesa del turno de noche, los platos llenos de lomos, los tubos industriales— construyen un escenario profundo y elocuente. Al fijarnos en sus detalles, dimensionamos, de pronto, cómo un lugar que estuvo ávido de celebración y camaradería ahora está extinto o congelado en un cuadro viejo. Y eso tan obvio nos remece con nostalgia y algo parecido al peso de la historia.
En otro nivel del relato, el telón de fondo nos ayuda a elucidar la importancia del entramado social y político de las industrias nacionales en el siglo XX. Ingeniero en jefe sin haber estudiado ingeniería, don Vicente es el testimonio de un engranaje que no se acababa finalizando la jornada laboral, sino que continuaba los fines de semana ayudándose en arreglos domésticos y organizando jornadas deportivas. Pertenecer a la azucarera no solo implicaba tener un sueldo, sino acceder a vivienda, educación, salud, amistades, amoríos y una forma de identificación. Los hijos jugaban entre ellos mientras los grandes asaban el almuerzo, e incluso la narradora celebra sus quince años en el casino de la fábrica en una jornada inolvidable. Entre otros avances, la industria nacional incentivó la migración del campo a la ciudad y les dio una oportunidad a los trabajadores acostumbrados al inquilinaje. Y si en los sesenta y setenta la fábrica proveía de estabilidad y asistencia familiar, las crisis de los ochenta trajo la incertidumbre y el vértigo: se cerraron las fábricas de IANSA en Los Ángeles, Rapaco y Linares; y la planta chillaneja de don Vicente y Norita se salvó por la intervención-subvención de la dictadura, pero sobre todo por la gallardía del sindicato que, pocos años antes, había tenido que bajarse los sueldos para evitar más despidos. Esta vez los azucareros —exponiéndose por televisión e inspirando a otros sindicatos— no solo conservaron sus trabajos, sino se convirtieron en socios del 51% de la empresa, o como reflexiona Norita, fue «la manera que tenía la dictadura de imponerse igual, sin necesidad de usar las armas: hacernos socios, hacernos cómplice». La fábrica renació y comenzó el boom de sembradores, agricultores, operarios y transportistas hasta que, claro, llegó el boom más celebre de nuestros años de plomo que fueron las privatizaciones. IANSA siguió el camino de Endesa, Entel, Lan Chile, Soquimich, y fue adquirida por la azucarera española Ebro para seguir funcionando de manera estable, pero fría e impersonal. Los derechos sociales —y por supuesto la identificación de los trabajadores— fueron transformándose o despareciendo. Y en medio del remolino, don Vicente siguió cumpliendo sus labores de purificación, aunque incluso cometieron la grosería de despedirlo y recontratarlo a honorarios por nuevas reglamentaciones etarias. Ya pasado los dos mil, en una de las escenas más entrañables de la historia, don Vicente viaja a España a visar unos evaporadores gigantes que iban a importar a Chile desde Toledo. Ante la sorpresa de todos, para revisarlos se mete adentro de los tubos y descubre policialmente que no eran de acero inoxidables: los españoles de Toledo, en sus palabras, le estaban metiendo la «cuchufleta» a los españoles de Chile. A propósito, otro acierto de la autora es describir los procesos técnico-científicos de la elaboración del azúcar con soltura y, al mismo tiempo, sin restarle su complejidad inherente: «Para conseguir más cristales de azúcar es necesario antes tamizar unos pocos para elegir aquellos que tienen un mismo tamaño y convertirlos en slurry, una solución de cristales molidos de manera muy fina que se agregan a los tachos cocedores».
Tal vez porque estamos acostumbrados a relatos filiales de padres disfuncionales, severos, elusivos, abandónicos, distantes, enigmáticos, dominantes y erráticos, la figura de don Vicente se hace fresca y atractiva por la regadera de cariño y dignidad que desprende. Y esta energía comunitaria de la fábrica —que él supo apreciar y agradecer— vive en la alegría compungida de una hija que intenta, sobre todas las cosas, atenazar el amor de un padre tatuándose un cubito de azúcar, rememorando el olor a remolacha de su abrazo, buscando en Madrid el punto exacto desde donde fotografió la Puerta de Alcalá, tarareando una canción de Víctor Manuel y Ana Belén, revisando con valentía los mensajes escritos que ahora suenan tan divertidos y desgarradores. Siembra de cristal es una historia sobre la necesidad mágica de capturar a nuestros muertos. Y no solo celebrarlos, sino integrarlos al resto de los vivos como los fantasmas que los custodian. La narradora se mira en las fotos de la época en que su padre vivía y tiene la sospecha de que de algún modo ya no es ella, que después de su muerte la acompaña una tristeza destilada como la del azúcar, «una sonrisa que ya no tengo, aunque sigo sonriendo, aunque no me demoré tanto tiempo en encontrar una nueva». Uno de los méritos de la narradora es la finura con que abre preguntas, abraza las zonas mudas, e intenta ecualizar sus sentimientos y ambivalencias, aunque siempre termine asomándose esa niña que le regala a su padre esquelas de Winnie the Pooh y que él guarda en su billetera. Y ante esa revelación esencial, ante esa certeza de que nuestros muertos nos dejan incompletos pero iluminados, la voz de Consuelo Ferrer Durán siente, inspira y exhala unas memorias para comprender que la felicidad de los huérfanos contiene un cristal que punza y acompaña de una manera tan íntima que el amor se hace incomprensible.
Siembra de cristal
Consuelo Ferrer Durán
Ediciones Overol
2026
128 pp.
Daniel Campusano Galaz (1983) es editor y profesor de literatura. Ha publicado las novelas La incapacidad (2011), No me vayas a soltar (2017), El sol tiene color papaya (2019) y El último castor (2024). Escribe en diversos medios y está a cargo de las colecciones de crónica y divulgación en La Pollera Ediciones.