Foto: Lisbeth Salas

ESPERADO ACONTECIMIENTO

 

ESTOS son los hijos de los caballos

que alguna vez me regalaste.

Estuvieron alzados en un médano

más allá de las sabanas

que durante el invierno

se aniegan

y son un verdadero mar de agua dulce.

Pero ellos han vuelto

justo en el momento

de abundante pastura

en estos campos

que aman el desorden.

Aunque debes saber

que también me refiero a nosotros,

los arrollados por el envés:

por la carga de incertidumbre

que la vida

y el esperanzador futuro      tienen.

Pero tú llegas de pronto

y me los entregas:

al potrillo saino

y al moro.

Cúanto me alegro, digo,

porque llueve

y las astromelias colgadas de los aleros

¡por fin florecieron!

Claro, era cosa de esperar

que las hojas

se acumularan en el patio

para quemarlas.

Nuestro deseo de vivir

se realizó de manera casi involuntaria

y ya no estamos hipnotizados

por la corona

de los segundos que pasan.

La vida      de estos potrillos

pertenece      desde ahora

a este tiempo.

 

¿Y en qué cañada habrán muerto sus padres?

 

¿acaso

lo sabes?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA VENTA DE LA YEGUA

 

AQUELLA mañana amanecí colérico.

Pero a la casa de hacienda, en las afueras de Oregon,

llegaron temprano un par de amigos caballistas.

Quienes aman los caballos

generalmente viven en cuartos desordenados:

la ropa interior, los calcetines, los paños, las camisas,

se esparcen arbitrariamente con la misma naturalidad

que gobierna un collado silvestre:

un atajo de hojas por allá,

unas piedras por acá.

La cocina no era menos:

las hornillas recubiertas con la costra de algún desayuno tardío.

Entre caballistas la amistad está impregnada

de un malsano interés.

Entran a la casa y se sientan junto a revistas equinas

apiladas sobre el fuelle de butacas de cuero.

Desde allí repasan con la vista las pertenencias del otro,

siempre pendientes de intercambiar algo

o sacar ventaja del préstamo de algún ejemplar

que sea buen padrote,

o un potrón de especial postura y velocidad

capaz de negociarse a buen precio.

En el azar de estos divertimentos, el deseo de posesión

te podría aniquilar o hacerte desaparecer.

Se trata de una emoción básica,

una amistad en estado bruto: donde hay manía por la belleza

y el sobresalto equiparable a una partida cerrada de pocker.

Aquel día

el sol había encendido un relámpago sobre los techos de zinc

y su flama

espejeaba en el centro de los caminos de tierra.

Un disgusto

es simplemente algo que no puedo disimular.

Encendí un cigarro

todavía con la buchada del trasnocho en la boca

y lancé con fuerza la ebullición del humo

para luego quedar solo,

justo en medio de la fragante niebla agrisada.

Los visitantes estaban apostados cómodamente en la sala

y desde ahí escucharon de pronto la queja de una yegua:

fue un relincho agudo

como si la yegua estuviese en celo llamando para que la vieran.

Los visitantes salieron al umbral de la puerta

y caminaron hasta el potrero que con tierra abonada y negra

espaldeaba la casa.

Era un corral hecho de tubos

pintados con antioxidante color naranja.

Allí cabeceaba, arriba y abajo, aquella yegua alazana cuarto de milla

de ancas musculosas y buena alzada,

hija del afamado padrote ganadero, Brakafit.

Tenía un rayo de nerviosismo

que repetía sus descargas sobre el lomo sedoso y pardo.

Era una potranca de corte y aparte: con gran habilidad

para separar un toro cimarrón y conducirlo mansamente a su redil.

La verdad es que arrobado por la locura de las Furias

le dije a uno de ellos:

Si te gusta tanto, dame los diez mil dólares que habías dicho.

Tal y como lo oyes, te la vendo.

– ¿Tendrás una soga? (Respondió, y sacó la chequera para estampar su firma.)

El vaquero sujetó con un lazo la cabeza de la yegua,

abrió la tranca de la corraleja, y se fue directo al trailer

pegado al parachoques de su camioneta.

Perdí la yegua y no la vi más.

Quedó una foto en un marco pequeño

colgado en un clavo sobre la suwichera del único baño de la casa.

Fue una suma irrisoria que acepté en un arranque de ira.

Luego pasó un año y llegó la feria de exhibición equina de Albany.

Desde mi finca a orillas del lago Thompsons Lake,

hasta el parque ferial de Albany era un día de camino.

Transcurrían aquellas noches ventosas de julio

y en el concurrido evento unos reflectores iluminaban un corredor de greda

para el desfile de ejemplares que pertenecían a caballistas conocidos.

Todos querían vender un par de potros,

o simplemente mostrarlos para prestigio de sus caballerizas.

Era muy difícil distinguir el rostro de alguien entre la multitud,

y más aún, entender una palabra pronunciada entre tantas otras.

Había una sensación obsesiva

transmitida por estos seres que se desplazaba

bajo un propósito supuestamente seguro.

Me senté sobre la talanquera de hierro

que flanqueba el pasaje de greda humedecida para el desfile.

Los caballericeros caminaban al costado derecho de sus ejemplares,

sosteniéndolos con las correas de apero

que aseguraban sus cabezas.

Cuando vas a pie junto a un caballo,

apoyas el tacón con firmeza

y a su vez el caballo trata de marcar la velocidad de tu paso y tu ritmo.

Desfiló el potro rucio moro de los Stevenson;

y una potranca árabe (cuello de cisne) perteneciente al Montana Ranch.

Y luego, de un breve espacio de tiempo

equivalente a tres respiraciones profundas,

apareció «la mía», la que había vendido, la yegua alazana

de corte y aparte

cuya foto aún pendía sobre la suwichera del único baño de la casa.

El Dios Vishnú reencarnó por momentos

en la figura vaquera del nuevo amo de la yegua, aquel «amigo»

que me había ganado lo que en realidad fue una apuesta

de miserables diez mil dólares.

La aparición del Dios Vishnú fue súbita

entre la gente, y desde ahí, pícaro y simulador,

le hizo señas al peón caballericero para que soltara la yegua,

y al fin pudiéramos rencontrarnos.

La yegua caminó hacia mí: ¡Su verdadero dueño!

Y al llegar, el animal apoyó su cabeza sobre mis piernas

buscando que le acariciara el mechón de crin entre sus orejas,

y el lucero encendido de su frente.

La mano arrepentida y el roce cálido

y cercano, apaciguó mi alma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIVAGACIONES

 

 

AL final todo

se redujo al hecho

de que no tuve tiempo.

 

Qué distracción

cuando tomé

por el camino equivocado

 

y el rodeo

me llevó al encuentro

con extraños:

 

cuando hablas

con gente extraña

alguna duda te queda.

 

Y así

llegó:

 

«La inesperada»

 

 

Porqué no seguí el arrullo

de la música del bar

de la familia Villanueva.

 

Ahora… que tardíamente

recordé la letra

de aquel danzón:

 

su primer verso,

y tal vez el segundo

con un compás desdibujado.

 

Pero…

en fin,

habrá o tendré

 

que cantarlo

 

bajo el envés

de una piedra.

 

MEMORIAS DE EL DUELO

Tal vez lo primero será corregir el equívoco al cual podría conducirme este título. Un libro de poemas puede no estar al servicio de la memoria porque su lenguaje se deteriora aunque sea en mínimas proporciones como le ocurre a cualquier texto literario. El tiempo resquebraja las palabras y el poema o la estructura de pilares y placas se desmorona lentamente.

Frente a esta situación creo que sólo estoy en condiciones de hablar sobre cuáles fueron mis propósitos. Porque la escritura poética es un juego en el que vas perdiendo y perdiendo hasta que debes pararte de la silla y dedicarte a reparar la licuadora, o a hervir el agua para que sea más potable.

He pensado en Enrique Lihn y en su último libro, Diario de muerte (Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1990), donde se quejaba al ver concluir su vida por el cáncer y reprendía a sus poemas empeñados en insistir en la «trascendencia». Dos sentidos aparentemente opuestos: la vida y la poesía. Pero lo que en verdad ocurre es que los poemas inician su descenso al minuto siguiente de concluir su escritura: la justeza del lenguaje, su precisión, son exigencias que tratan a las palabras intentando congelarlas como fotografías. Lo cierto es esa búsqueda constituye un ejercicio para detener el desgaste. Igual que los distintos formatos de estrofas y variedades de poemas. Qué más podrían ser, en verdad, son simples modalidades de contener la caída inevitable. Al final toda la obra poética quedará vaciada como el insecto macho de la mantis religiosa, después de la cópula, en el poema memorable de José Watanabe.

Foto: Lisbeth Salas

 

El presente es para mí el tiempo de la poesía, es el tiempo en el que ocurre el casamiento que permite que el poema sea una hechura formal capaz de transmitir lo que pensamos y sentimos. La poesía se instala en ese terreno movedizo, con sus desarreglos sintácticos, haciéndole frente a las reglas de la modernidad que pretenden autonomizar el uso de la palabra poética, caracterizarla excesivamente.

Así, el punto de partida de mi proceso me deparó una libertad insospechada, justo cuando me creía sumergido en la gravedad de unas circunstancias. Entonces fui atraído por el presente y su acontecer humano y político, como un vasto terreno para la posible exploración verbal. El viaje y la exploración del presente, eso me subyugó, me ató a la escritura. Una palabra que se expone a esta intemperie tendría que ser una palabra que carece de asideros, es como subir un risco al estilo alpino haciendo un dry tooling, o sea, una escalada libre y sin cuerdas que te sujeten. La apropiación, la simulación, la aproximación con la prosa, con el aforismo o el haiku, fueron las cordadas que me guiaron en la escritura de El duelo. Pero aún podría señalar otro recurso que intensificó la impureza de estas páginas: me refiero a la tentación del reportaje, o a la simple indagación de sesgo antropológico.

Foto: Lisbeth Salas

Llegado a este punto, siento que debería narrar un poco la experiencia vivida. Hace dos años en medio del generalizado desorden de la existencia social del país, de su extremo y feroz individualismo, en resumen, de la violencia política de la dictadura, recibí la noticia alarmante de que en los predios de la ciudad de Maturín (estado Monagas, Venezuela) habían robado y descuartizado dos potros de casta: uno árabe de los corrales de la criadora norteamericana Mary Ransey, y otro, un potrón cuarto de milla (de corte y aparte) que pertenecía al criador Antonio Mosquera. Pensé en la muerte de Orfeo, en el descuartizamiento de un Dios joven, porque eso es un potro de casta: un Dios joven. Era un acto de barbarie inaudita. No podían matar a un caballo de casta para comérselo y vender su cuerpo desmembrado en una plaza. Un acto semejante sólo puede ocurrir en una sociedad repudiable, marcada por la falta de gracia (pienso en Simone Weil); una sociedad contranatura, con poca o ninguna posibilidad de resurrección.

Logré contactar a los criadores a través de un buen amigo aficionado a la crianza de caballos, se trataba de don Adrián Castro, quien se tomó la molestia de llamarlos e interesarlos por mi visita. Al final, viajé una noche a Maturín. Los recorridos se sucedieron por varios meses, así como el ruido persistente de los neumáticos contra el roce del asfalto. En un pequeño maletín comprado en Jerez de la Frontera guardaba mis libretas y una edición de bolsillo de Todos los hermosos caballos de Cormac McCarthy. Con la lectura de esa novela, nacía el deseo de hablar sobre el campo de una manera distinta.

Al término del primer viaje, en un claro de bosque, me esperaba la enorme mancha de sangre extendida de forma tan semejante a un mapa de Venezuela, era el lugar preciso donde murieron aquellos confiados animales. Se trataba de una imagen definitiva de mi relación con el país y con cualquier otro ser humano.

Fue un descubrimiento, una revelación atroz del hambre. Ante el hambre retrocede el espíritu. Es un símbolo de estos tiempos y una clave de nuestra relación destructiva con la naturaleza. El hambre constituye la condición más básica del ser: anterior al impulso religioso, al silencio como atisbo de lo trascendente, al deseo de vivir en comunidad. Todo aquello que la conciencia es capaz de crear existe muchas veces sólo por la necesidad de satisfacer y disimular el hambre.

Recuerdo algunas imágenes de Viridiana de Buñuel, en especial aquellas donde se reconstruye una parodia de La Última Cena, en esa secuencia el hambre y su satisfacción ocupan un lugar central (El que venga a mí, no tendrá hambre. Juan 6,35). Allí, el festejo y la revelación epifánica me parecía antecedida por el hambre, y quizás ocurría gracias a ella.

La inclemencia de lo acontecido con el asesinato de los dos caballos produjo un repentino impulso de miedo y estampida. Detectaba un grado de violencia tan poderoso, que huir parecía lo razonable. Y al decir: «lo razonable», pensé en el ensayo que James Hillman escribiera sobre el Dios Pan (Pan y la pesadilla, Editorial Atalanta, 2007) y unas citas suyas que posiblemente explicarán lo que me ocurría. Dice Hillman: El miedo llama a la conciencia…Y más adelante, recordando a Jung, completa esta idea: Psicológicamente, la huida se convierte en reflexión (reflexio), el retroceder y alejarse del estímulo y recibirlo indirectamente a través de la luz de la mente. Y pocas líneas más allá, citando al propio Jung: La reflexión vuelve a representar el proceso de excitación y transforma el estímulo en una serie de imágenes que, si el ímpetu es lo suficientemente fuerte, se reproduce en alguna forma de expresión. (…) La reflexión es el instinto cultural par excellence… Estas citas describen con mejores palabras el primer estímulo y las subsiguientes etapas, hasta la conclusión de todos los poemas: el miedo, la huida, la reflexión y la escritura poética.

El Duelo fue escrito a medida que transitaba por esta experiencia de reflexión. Junto al impulso por indagar sobre el culpable ocurría una búsqueda más intensa, dirigida hacia el descubrimiento de los posibles significados de este hecho en mi interioridad, o en la conducta de los que rodeaban la tragedia. Todo sentimiento de duelo encierra un deseo de restitución de una vida perdida, o de un orden social perdido. En este libro hay queja, pero también un reclamo por una sociedad más humana, diferente al caos y a la crueldad de estas horas.

Ideé para el libro una estructura de dos bloques paralelos, de un peso (lírico, dramático y narrativo) aproximadamente similares, buscando con ello un equilibrio entre las partes. Las bases de esa estructura son esos dos testimonios: el de Mariy Ransey y el de Antonio Mosquera. Mary, aparece estremecida por el poder del hambre y la injusticia que se había cometido: En la caverna de la boca ya no veo palabras, sólo hambre, dice ella al final del texto que inicia el libro. Antonio Mosquera se muestra sentido por la imposibilidad de comunicarse con el caballo, y ve en esto, también, una posible causa de la tragedia. El tema de Antonio, por constituir una perspectiva poco frecuente, me interesó de manera especial. El hombre prevalece sobre las otras especies y las discrimina sólo porque posee un lenguaje más complejo. Creo que sin duda se trata de una gran fortaleza humana, pero ese lenguaje pone también límites a la comprensión, a la comunicación con los otros (la naturaleza como un «otro»), no permitiéndonos entender y aceptar la realidad animal: donde el movimiento físico tiene una importancia significante.

Otro tema surgido a mitad de camino fue el de la superación de la muerte a través del arte. Se trata, por supuesto, de una superación a medias. No podemos ofrecer otra cosa distinta que una mutilación embellecida. Ese texto dedicado a la versión de la Batalla de San Romano del artista Miguel Von Dangel resume tal propósito, al igual que otros textos breves.

Este largo poema fragmentado que es El Duelo siempre fue, igualmente, un poema sobre la muerte de la belleza, que es el tema central de la poesía. Y es que «la belleza» es una creación que por su permanencia en el tiempo se ha transformado también en una «cifra genética», cuya secuencia de elementos siempre ha sido organizada por el hombre. Un caballo árabe, o cualquier caballo de casta es lo mismo: una «cifra genética», un hecho cultural, una combinación de elementos elegidos de forma meditada, un idiotipo.

Es por eso que la muerte cruel de estos dos caballos tiene un carácter y una fuerza transgresoras. Es un acto de violencia contra la belleza, contra la cultura. Todo en un caballo de casta es producto del refinamiento humano. El tamaño y posición de las orejas, su postura, la forma de su cuerpo, y cómo se le representa. Me gustan los caballos pintados por Tovar y Tovar y Arturo Michelena (pintores neoclásicos ocupados en la iconografía de la Independencia de Venezuela), su conocimiento tan detallado de la geografía corporal del animal. Aunque quisiera decir que, a este siglo XIX venezolano representado marcialmente por Bolívar y Páez, antepondría con gusto el siglo XIX uruguayo con figuras como Isidore Ducasse y Jules Laforgue.

Casi al final de aquellos viajes me acompañó el fotógrafo Ricardo Jiménez, con su entusiasmo y deseo de aportar una lectura muy propia. Acordamos organizar un dossier separado del corpus escrito del libro, manteniendo un diálogo, pero sin convertir el registro fotográfico en una intromisión ilustrativa.

Ricardo era el fotógrafo venezolano con más vínculos con la poesía que llegué a conocer: había un tempo pausado en sus imágenes, una distancia leve y humana como forma respetuosa de relacionarse con lo fotografiado, un acento que sus fotos sabían colocar sobre aquello que implicaba un gesto cultural. Estas fueron características de su trabajo, pero  también razones que sostuvieron nuestra convivencia.

Existía una humildad en su actitud frente al sujeto que deseaba registrar, una manera no invasiva, un estarse invisible, que le posibilitaba fotografiar una realidad muy alejada de la impostación y la engañosa puesta en escena.

Otro aspecto que me gustaría resaltar es ese estado de espera a que nos someten sus imágenes, hasta el momento en que se manifiesta el sentido. Una espera silenciosa, en medio del vacío, de la aparente no justificación. En definitiva, una «espera dramatizada» por las nervaduras y relieves que van apareciendo conforme sostengamos la atención sobre sus fotografías: el comedero que aguarda infructuosamente la llegada de los caballos, las caballerizas vacías, los potreros renegridos y desolados, la vegetación que se absolutiza y ocupa el lugar de los animales desaparecidos, todo converge en la espera. En nosotros se va creando un estado de expectación frustrada, un suspenso negado, que el fotógrafo no pretende satisfacer.

Por último, y de regreso a mis pagos poéticos, he querido insistir en cierta tradición venezolana del verso corto, pretendidamente concentrado. He querido problematizarlo, siempre buscando mayor sencillez: como quien escribe con plumillas prestadas.

 

*Los poemas aquí publicados pertenecen a la primera edición venezolana del libro El duelo. No han sido incluidos en las otras ediciones que existen de ese libro ni en la Poesía reunida.

Igor Barreto

Ígor Barreto (Venezuela, 1952) ha publicado más de una decena de libros. En 2014 la editorial Pre-Textos presentó su obra reunida: El campo / El ascensor, con edición al cuidado de Antonio López Ortega. En 2019 apareció en Estados Unidos una extensa antología titulada The Blind Plain, editada por Tavern Books, con traducción de la poeta Rowena Hill y prólogo del poeta Curtis Bauer. Sus últimos títulos son: El muro de Mandelshtam (Bartleby, 2017), La sombra del apostador (Visor, 2021) e Inmundo (Pre-Textos, 2025).

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