Rosencrantz y Guildenstern en la sala de reuniones

O: la edad de la inocencia y la edad de la razón en una editorial independiente

Nota:

Rosencrantz and Guildenstern Are Dead es una comedia del dramaturgo británico Tom Stoppard que se estrenó en el Edinburgh Fringe Festival en el 1966. Hoy la definiríamos como una fan fiction, porque sus dos protagonistas son en realidad, y originalmente, dos personajes secundarios de Hamlet, de William Shakespeare. En 1990, el propio Stoppard dirigió una adaptación cinematográfica en la que los personajes están interpretados por Gary Oldman y Tim Roth.

En un momento de la obra, Rosencrantz y Guildenstern juegan a un juego llamado “Questions”, en el que los dos jugadores deben construir un diálogo coherente, pero solo pueden responder a una pregunta con otra pregunta. Las reglas del juego son bastante estrictas: prohíben las afirmaciones, las preguntas retóricas e incluso las vacilaciones.

 

En una especie de fan fiction de segundo grado, he imaginado a los personajes de Stoppard —y, antes que él, de Shakespeare— como dos figuras emblemáticas de una editorial independiente: el director editorial y el director comercial. Todo esto resulta un poco difícil cuando está en juego el futuro de una editorial, así que Stoppard perdonará a mis personajes la retórica, y el editor que hay en mí, mis vacilaciones. He intentado hacerlos discutir, siguiendo las reglas del juego “Questions”, sobre un tema que había abordado en un capítulo de mi libro Erratas, Diario de un editor incorregible publicado hace ya casi veinte años por Trama. En aquel capítulo —partiendo, a su vez, de una cita del libro de Diana Athill, Stet («no apreciamos en su justa medida el lujo de no tener que preguntarnos si tal o cual libro tenía viabilidad comercial en aquellos días felices, antes de que esta pregunta fuese prioritaria»)— había teorizado sobre la existencia de distintas etapas en la vida de una editorial: la edad de la razón y la edad de la inocencia, imaginando que la solución al dilema (hamletiano, por supuesto) consistía, sencillamente, en buscar el equilibrio adecuado entre ambas posiciones.

 

 

Personajes

ROSENCRANTZ, director editorial.

GUILDENSTERN, director comercial.

 

Escena

Una sala de reuniones. ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN están sentados en dos sillas, uno frente al otro, a ambos lados de una mesa cubierta de propuestas editoriales, balances, previsiones de ventas y un calendario de publicaciones. ROSENCRANTZ lleva un buzo azul celeste (pantalón y sudadera); GUILDENSTERN, un traje de pana marrón (pantalón y chaqueta). Están definiendo el programa.

 

ROSENCRANTZ: ¿Empezamos por el plan editorial del año que viene?

GUILDENSTERN: ¿No crees que deberíamos empezar por el presupuesto?

ROSENCRANTZ: ¿Desde cuándo son las cuentas las que deciden qué libros merecen ser publicados?

GUILDENSTERN: ¿Y desde cuándo los libros que vamos a publicar no tienen nada que ver con su cuenta de resultados?

ROSENCRANTZ: Si publicáramos solo lo que ya sabemos vender, ¿cómo podríamos encontrar nuevos lectores?

GUILDENSTERN: ¿Y si publicáramos todo lo que nos parece necesario, con qué dinero podríamos seguir haciéndolo?

ROSENCRANTZ: ¿Acaso el trabajo de una editorial no consiste precisamente en descubrir libros que el público todavía no sabe que necesita?

GUILDENSTERN: ¿No crees que, si conseguimos que las cuentas cuadren el año que viene, podremos seguir descubriendo libros también al año siguiente y al otro?

ROSENCRANTZ: ¿Quieres esperar al menos a que te enseñe el plan editorial?

GUILDENSTERN: ¿No estará por casualidad la quinta novela de esa autora que no ha vendido ni mil ejemplares con la suma de sus cuatro primeras?

ROSENCRANTZ: ¿Y si la quinta tuviera el éxito que la autora se merecía desde hace ya cuatro libros?

GUILDENSTERN: ¿Y si acabáramos llegando a la sexta para descubrir que habría sido mejor no publicar ni siquiera la segunda?

ROSENCRANTZ: ¿No corremos el riesgo de perder algo importante cuando juzgamos un título únicamente por sus resultados económicos?

GUILDENSTERN: ¿Y no corremos el riesgo de perder la editorial cuando nos negamos a mirar esos resultados?

ROSENCRANTZ: ¿De verdad te parece que quiero ignorar las cuentas?

GUILDENSTERN: ¿Y a ti de verdad te parece que quiero publicar solo libros fáciles de vender?

ROSENCRANTZ: ¿No estaremos simplemente intentando proteger nuestro proyecto común, tú del riesgo de fracasar y yo del riesgo de quedarme sin nada que decir?

 

(Pausa. ROSENCRANTZ se levanta, se quita la sudadera y la deja sobre el respaldo de su silla. GUILDENSTERN lo observa; luego se levanta a su vez, se quita la chaqueta y la deja sobre el respaldo de su silla. Ambos vuelven a sentarse.)

 

GUILDENSTERN: ¿Podemos mirar el catálogo en su conjunto, en lugar de discutir cada título como si tuvieran que pagarse por sí mismos?

ROSENCRANTZ: ¿Y cómo podemos entender lo que un libro aporta a los demás si solo miramos sus ventas?

GUILDENSTERN: ¿Quieres decir que un título puede ayudar a vender otro?

ROSENCRANTZ: ¿Te acuerdas de aquella chica de la feria del libro que volvió al día siguiente de habernos descubierto y, confiando en nosotros, compró un libro completamente distinto?

GUILDENSTERN: ¿Vas a contarme tu habitual teoría del libro gregario?

ROSENCRANTZ: ¿Acaso no hay libros que fortalecen el catálogo aunque vendan poco?

GUILDENSTERN: ¿Pero cómo evitamos que el libro gregario se convierta en una bonita definición en la que encasillar a un título que no funciona?

ROSENCRANTZ: ¿Y qué quedaría de nuestra identidad si publicáramos únicamente los títulos con las mejores previsiones de ventas?

GUILDENSTERN: ¿Y cuánto puede costarnos conservarla, esa identidad?

ROSENCRANTZ: ¿Cuándo se convierte la fidelidad a una idea en obstinación?

GUILDENSTERN: ¿Y cuándo se convierte la prudencia en la manera más elegante de no arriesgar nunca?

 

(GUILDENSTERN coge una de las propuestas y consulta las previsiones de ventas.)

 

GUILDENSTERN: ¿Por dónde empezamos a averiguar, por ejemplo, si este título, con unas previsiones de ventas bajas y unos costes iniciales elevados, puede funcionar?

ROSENCRANTZ: ¿No podríamos reducir la tirada, revisar los costes de producción y comprobar si el proyecto puede sostenerse?

GUILDENSTERN: ¿Y si, aun así, no recuperáramos la inversión?

ROSENCRANTZ: ¿No crees que también deberíamos tener en cuenta la aportación cultural del libro a nuestro catálogo?

GUILDENSTERN: ¿Y cómo metemos ese aporte en una casilla de la hoja de Excel?

ROSENCRANTZ: ¿No te parece que esa casilla es un poco demasiado pequeña para contener todo lo que importa en un libro?

GUILDENSTERN: ¿Quieres decir que tenemos que aceptar que podemos equivocarnos?

ROSENCRANTZ: ¿Cómo podemos publicar algo nuevo sin correr ese riesgo?

GUILDENSTERN: ¿Y cómo evitamos repetir los mismos errores?

ROSENCRANTZ: ¿Y cómo evitamos confundir las bajas ventas de un libro con la prueba de que no deberíamos haberlo publicado?

GUILDENSTERN: ¿Quieres decir que los números pueden ayudarnos a elegir, pero no pueden elegir por nosotros?

ROSENCRANTZ: ¿Y tú crees que la intuición puede señalarnos un camino, pero que no basta para decidir si un libro merece ser publicado?

GUILDENSTERN: ¿Crees que debemos permanecer para siempre en la edad de la inocencia?

ROSENCRANTZ: ¿Y tú crees que debemos vivir únicamente en la edad de la razón?

GUILDENSTERN: ¿Cómo podríamos cambiar de perspectiva, al menos por una vez?

 

(Se observan en silencio. GUILDENSTERN mira la chaqueta que ha dejado sobre el respaldo de su silla; ROSENCRANTZ mira la sudadera que ha dejado sobre la suya. Se levantan, se estiran y dan media vuelta alrededor de la mesa, observándose atentamente y moviéndose despacio. Dan otra media vuelta, fingiendo examinar con atención los documentos que hay sobre la mesa, pero sin dejar en realidad de vigilarse mutuamente. Ahora cada uno ocupa el lugar que antes ocupaba el otro. ROSENCRANTZ coge la chaqueta de pana de GUILDENSTERN y se la pone sobre el pantalón azul de su chándal; GUILDENSTERN coge la sudadera azul de ROSENCRANTZ y se la pone sobre su pantalón de pana marrón. Ahora cada uno lleva una mitad del chándal azul y una mitad del traje de pana marrón. Se han convertido en ROSENSTERN y GUILDERCRANTZ.)

 

ROSENSTERN: ¿No podríamos conservar un poco de inocencia sin renunciar a la razón?

GUILDERCRANTZ: ¿Como si fuera una especie de inocencia razonable?

ROSENSTERN: ¿Cómo podemos aprender a hacer cuentas sin dejar de soñar?

GUILDERCRANTZ: ¿Y cómo podemos seguir soñando sin dejar de hacer cuentas?

 

(Se sientan, intercambiando sus lugares respecto al comienzo de la escena. Se acomodan un poco la ropa hasta sentirse cómodos con ella.)

 

ROSENSTERN: ¿Por dónde empezamos, entonces?

GUILDERCRANTZ: ¿Por los libros de enero?

ROSENSTERN: ¿Antes nos tomamos un cafecito?

GUILDERCRANTZ: ¿Lo quieres con azúcar?

 

(Sobre la mesa siguen las propuestas editoriales, los balances y las previsiones de ventas. GUILDERCRANTZ vierte café de una cafetera moka en dos tacitas. ROSENSTERN remueve el azúcar en su café. Mientras GUILDERCRANTZ da un sorbo a su café sin azúcar, ROSENSTERN sigue removiendo, haciendo tintinear la cucharilla contra la taza durante una eternidad.)

 

GUILDERCRANTZ: ¿Cómo es posible que todavía tomes el café con azúcar?

 

(Mientras sigue oyéndose el tintineo de la cucharilla, cae el telón.)

 

Marco Cassini

Marco Cassini (1970) ha fundado dos editoriales italianas: minimum fax en 1994 y SUR. Es director didáctico en la Escuela del Libro de Roma, que propone cursos sobre la edición, escritura y traducción. Ha escrito Erratas. Diario de un editor incorregible (Trama) y Fasccette oneste. Se gli editori potessero dire la verità (Italo Svevo 2020) y tradujo al italiano el libro Salvo el crepúsculo, de Julio Cortázar.

 

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