Roque Dalton, la alegría revolucionaria
Roque Dalton fue un poeta concernido y conversador, que logró darle voz a su tiempo y a la vez recoger las voces de su tiempo. Hace cincuenta años, cuando iba a cumplir cuarenta, lo mataron sus compañeros de armas.

Nada lo hizo a medias. Escribió setecientas páginas de poesía en treinta y nueve años de vida. No fue ajeno a los extravíos, por supuesto –y menos mal, porque en sus botes y rebotes hay siempre energía, delirio y apertura–, luminoso en muchos de sus poemas, iluminado en los más altos. Adquirió compromisos fervientes con la revolución y con la literatura y supo salir no sólo airoso sino glorioso de ese callejón para tantos sin salida. Claro que le costó, como queda dicho, la vida. Lo que quedó, sus poemas y también su prosa, resisten todo porque están gobernados no por el compromiso político, que los atraviesa pero no los perfora, sino por la búsqueda siempre abierta del conocimiento, la comprensión y, si cabe, la dicha. “La alegría es también revolucionaria, camaradas”, escribió.

Salvadoreño, Roque Dalton (1935-1975) fue hijo de un empresario norteamericano con aires vaqueros avecindado en Centroamérica y de una enfermera salvadoreña que atendió al gringo tras ser herido en una gresca. Tuvo desde la sangre esa doble andadura, de medio bandido y de persona que cuida, de rico y de pobre, y todo lo que vivía lo solía verter, desdibujado o redibujado, en sus poemas. Estudió en un colegio de clase alta, jesuita, donde tuvo profesores clave en su senda literaria, y vivió en barrios populares, doble acceso al mundo que, más que contrariarlo, le dio movimiento y aires: “En el barrio de los golfos fui / el hijo del millonario norteamericano y en el colegio / para los hijos de los millonarios (el Externado de San José en la época / cuando apenas comenzaban a ingresar por excepción / los superdotados de la clase media) fui / el rapaz escapado por no sé qué puerta falsa del barrio de los golfos”.

En 1955 se casó con Aída Cañas, que sería su mujer por muchos años, la madre de sus tres hijos y, para siempre, su amiga más íntima. La cercanía al marxismo y a la revolución cubana lo llevaron a visitar la URSS, en compañía de autores como Graham Greene y Miguel Ángel Asturias, y Checoslovaquia, y a inscribirse en el PC, gracias a su amistad con el legendario poeta y guerrillero guatemalteco Otto René Castillo. Entre medio, Dalton vivió un periplo que osciló, con la gracia con que circulan los materiales en sus poemas, de la vida comprometida a las más descuadradas juergas, de la reflexión política al desenfreno erótico, con varias pasadas por la cárcel por razones políticas (en El Salvador, en Guatemala), de las cuales se fugó más de una vez, incluyendo una salvada olímpica: un derrumbe por sismo le permitió zafar de la pena de muerte a que lo habían condenado tempranamente.

Según escribe y demuestra su biógrafo Luis Alvarenga en El ciervo perseguido (Baile del Sol, 2021), Dalton “vive una vida cargada de hechos insólitos. Él se encarga de cultivar esa forma de vivir”. Eso lo lleva de derrotero en derrotero, incluido el vivir un año en Chile estudiando Derecho y otro tanto estudiando Antropología en México, en la UNAM, lo que se ve felizmente reflejado en su libro Los testimonios, donde estira su distintiva poética de incluir siempre a personas y voces en sus poemas.

También, a principios de los 60, vivió cerca de un año en La Habana, tiempo durante el cual participó en Casa de las Américas, en cuyo premio obtuvo dos menciones (1962 y 1963), para en 1969 obtenerlo con Taberna y otros lugares. Aparte, formó parte del Consejo de Colaboración de Casa de las Américas, y en su revista escribió largo tiempo, renunciando en 1970 para integrase de lleno a la lucha armada, aunque, porfiado, siguió mandando ocasionales textos hasta 1973, año en que también dejó preparada una antología personal de su poesía (La ternura no basta: Casa de las Américas, 1989/Editorial Usach, 2025).

En los años 60 entabló relaciones con distinguidos comunistas mundiales, recorrió varios países, leyó de todo y se dio tiempo para perfeccionarse como centrodelantero en el fútbol (en algún poema cuenta cómo en una de esas le reventaron la nariz). Destacaba también, dicen las fuentes, como galán y bailarín, codeándose en momentos clave, ya en otro tipo de baile, con burgueses salvadoreños que serían luego los líderes de la revolución en El Salvador, y sus compañeros de armas en esa causa, para finalmente convertirse en sus captores y verdugos, en sus asesinos. De ellos, algunos hoy escriben columnas y dan entrevistas y visiones ponderadamente arrepentidas de los hechos.

Al cabo de tantas peripecias, ya en los años setenta Roque Dalton tomó una opción. Ingresar de forma clandestina a El Salvador tras prepararse militarmente en Cuba, para integrar la insurrección en su país. Hacia el final de su vida escribió un poema que hoy, Bukele mediante, repica con ecos de terror. Se titula “Consejo que ya no es necesario en ninguna parte del mundo pero que en El Salvador…” y consta de cinco versos:

No olvides nunca

que los menos fascistas

de entre los fascistas

también son

fascistas.

 

Sus últimos años, pues, estuvieron marcados por la clandestinidad. Mientras todos, incluida su adorada y leal madre y su pareja de entonces, creían que estaba en Rusia y Vietnam (les contaba en sus cartas delirantes anécdotas apócrifas), Dalton figuraba en Cuba alistándose y luego, desde 1973, en El Salvador, guerrilla adentro, como uno más de los cuadros del Ejército Revolucionario del Pueblo. Sólo Aída, su exmujer, sabía la verdad. Al cabo de un año y algo es apresado por sus camaradas bajo espurias acusaciones de traición, desviacionismo y otros cargos con peso de helio.

Se dijo que lo habían asesinado por ser doble agente cubano (esos aliados en los que el ERP nunca confió del todo, por ser ellos mismos unos absolutos inconfiables). Luego, cuando fue indesmentible que habían sido sus más cercanos camaradas los que lo habían fusilado y ocultado su cuerpo (hasta el día de hoy), la versión más aceptada pasó a ser que lo habían asesinado por ser un agente encubierto de la CIA. Disparate que ni en sus poemas más paródicos y desdoblados habría tenido cabida. Esa versión, sin embargo, quizás por ser la más digerible para tantos, dentro de tanta ignominia, fue la que se aceptó durante un buen tiempo, hasta que se terminó imponiendo la más fehaciente de que lo mataron sus compañeros por poco ortodoxo y por dado a la buena vida, por poco radical en la lucha. Celos, en el fondo, de parte de camaradas malditos.

Y esos celos resultarían ser literales. Horacio Castellanos Moya, el gran entendedor de su figura, que ha escrito varios ensayos, cuentos y novelas sobre Dalton, le dedicó además una semblanza biográfica tras hallar, fortuitamente, un archivo epistolar clandestino de Dalton al final de su vida con Aída y, por vía de ella, con su madre y su novia. A partir del desciframiento de esa correspondencia cruzada, llena de alias y claves no demasiado elaboradas, Castellanos Moya consigna cómo las mujeres de Joaquín Villalobos y Alejandro Rivas Mira, los dirigentes del ERP, se enemistan a tal punto con Aída que terminan incidiendo en sus parejas, alentando el crimen que cometerían contra el poeta, echando leña a ese fuego infame:

“Lo más probable es que a partir de ese momento Dalton se echara en contra la ‘peligrosa lengua’ de la mujer del jefe”, escribe Castellanos Moya. Lo mejor del texto, titulado Roque Dalton: correspondencia clandestina (Random House, 2021), en todo caso, no son tanto las revelaciones de ese orden sino la mirada vertida sobre Dalton y la tensión que se da en él hasta el último momento entre el combatiente clandestino y el poeta, el vividor, el hombre de juergas y deseos. Entre el que venía a renovar las condiciones de la vida y el que venía a gozar la vida sin condiciones.

Además de tres hijos, grandes amores y la lucha política, desarrolló su vocación literaria, potentísima y jovialísima, que dio por frutos una decena de libros de poesía, varios emblemáticos en Latinoamérica, como El turno del ofendido, Taberna y otros lugares, Un libro levemente odioso. En ellos exploró el poema largo y el larguísimo, el collage y la polifonía desatada, el poema breve y el epigrama, el poema en prosa, el himno al mar, el chiste fácil, el canto lírico, el satírico, el amoroso y el político. Por si fuera poco, escribió una novela autobiográfica de quinientas páginas, Pobrecito poeta que era yo (donde narra la vez que fue interrogado bajo tortura por la CIA en 1964), además de un relato sobre un dirigente comunista salvadoreño de principios de siglo XX, Miguel Mármol, y ensayos sobre sociedad y literatura reunidos bajo el título de Profesión de sed.

 

Inspiradora su desaparición de una de las canciones más conocidas de Silvio Rodríguez, “Unicornio”, amigo y corresponsal de Julio Cortázar, Dalton fue también materia de base, por su vida, por su obra, por su muerte, para muchos creadores del continente. Especialmente en Chile, su obra tiene fuertes resonancias. En parte quizás por el año en que vivió acá y por las amistades y lecturas que se llevó. Fue en 1953, cuando tenía diecisiete años y su padre, que lo reconoció y le dio el apellido recién hacia los quince, lo envió a la Universidad Católica a estudiar Derecho. Acá, sin embargo, un cura, decano de la Facultad de Teología, le recomendó que mejor estudiara en la Universidad de Chile porque, cuenta el biógrafo de Dalton, “salirse de la sotana” podía venirle bien a su carácter. Así, se rodeó de un ambiente cultural que le abrió la perspectiva política y literaria; participó de encuentros y revistas y hasta le tocó entrevistar a Diego Rivera, que andaba de visita en el país invitado por Neruda. Contaría Dalton que el muralista le preguntó si había leído marxismo, y al decirle que no, le respondió que entonces “tenía dieciocho años de ser un imbécil”.

También en esos meses conoce en Santiago a Schafik Handal, otro salvadoreño que estudiaba en la Universidad de Chile y que se convertiría en el secretario general del PC de El Salvador entre 1973 y 1994. Esos encuentros pusieron a Dalton en la senda de la izquierda para siempre y pese a todo.

Pero no todo por estos lados fue estudio y avanzada política. También, no faltaba más, supo encontrar espacios de distensión y goce. En su poesía hay huellas de esas andanzas, de su decidido alejarse de la castidad, “vieja hedionda, serpiente seca”. En el largo poema “Los hongos”, por ejemplo, cuenta que fue en Santiago donde conoció a su “maestro en el pecado”, un “anarquista loco, llamado Navarrete o algo así”. En una ciudad donde “solo el vino era interesante”, este amigo lo llevó a conocer prostíbulos y “un establecimiento para comer mariscos en la madrugada”, seguramente tras largas farras, en una de las cuales conoció a una muchacha años más joven cuya hermosura, dice, “sería para siempre mi medida de la belleza”. Al cabo de un año se iría de Chile, pero los vínculos y las lecturas quedarían. Volvería, de hecho, al menos una vez al país, en diciembre de 1972, invitado por el gobierno de Allende. Esa vez se encontraría con Régis Debray y Fabio Castillo, dirigente del ERP que sería clave en su incorporación final a la guerrilla salvadoreña. Según escribe en uno de los poemas de sus años finales, reunidos como Poemas clandestinos, la fórmula de Allende, visto lo ocurrido, no parece haberlo convencido: “Los grandes pacifistas de la vía prudente / también probaron sus propias concepciones en Chile: / los muertos pasan ya de 30 mil / Piense el lector en lo que nos dirían / si pudieran hablarnos de su experiencia / los muertos en nombre de cada concepción”. Los poemas de ese libro los firmaban unos personajes, suertes de seudónimos o máscaras que le permitían, además de cuidar su identidad, ensayar puntos sin calzarlos.

De demasiada fe, de creyente, puede que tuviera, como dice Castellanos Moya, más de lo deseable; pero de imbécil, como le espetara Diego Rivera, ni un pelo tenía quien escribió versos así de preclaros: “Las mejores promesas / son las que dichas ardientemente / se violan luego con gran dolor / bajo la sombra de todos los remordimientos”.

También podría rastrearse una veta chilena en Dalton siguiendo su afinidad con el carácter antipoético, no sólo con el trabajo de Nicanor Parra, a quien cita aquí y allá y a veces también torea (en el epígrafe de Un libro levemente odioso pone estos versos del antipoeta: “Me da sueño leer mis poesías / y sin embargo fueron escritas con sangre”), sino en cercanías con autores como Enrique Lihn, que le dedicó un precioso poema en La musiquilla de las pobres esferas, o Isidora Aguirre, que le escribió un libro entero: Carta a Roque Dalton, publicado en España en 1990 y en cuyo arranque, al narrar que se ha enterado de su muerte, se lee: “No pude creerlo, le decía, porque no vislumbré un sino trágico en su frente, ni parecía ser de aquellos que desaparecen o se dejan matar. Más bien solía usted huir de sus cárceles con un conjuro, o con un terremoto”. Escogidos con ese ojo admirable con que sabe espigar poemas para cantarlos y expandirlos, Mauricio Redolés ha musicalizado un par de poemas de Dalton. Pienso especialmente en “Epitafio”, canción inolvidable de su disco Bello barrio que amerita la cita íntegra:

 

Apareció un día de tantos
se supone


Al principio solía beber vino a tragos lentos
en el último bar de aquella playa oscura
pronunciando los nombres de los mariscos
de una manera que llamaba a risa
y cantando confusas baladas que ninguno de los pobres borrachos
entendía

 

Después se fue quedando aquí simplemente
sudoroso y rojísimo bajo el sol obstinado
casó con una puta oscura –santa mujer de lástima–
inaugurando una larga vecindad de silencio


Phillips O’Mannion los ojos y el recuerdo llenos de su Irlanda natal
murió ayer en la calle las manos crispadas junto al pecho           


sin pronunciar una palabra
sin alarmar a nadie
como quien paga por la vida poco precio


Al estarle enterrando se rompieron las cuerdas
y el féretro cayó de golpe saltándose la tosca tapa de pino


Su compañera –los labios despintados–
le echó el primer puñado de tierra

directamente en el rostro.             

 

También Illapu tiene un tema basado en un poema de Dalton; en uno de los poemas más hermosos de Dalton, de hecho: “No pronuncies mi nombre en vano”: “Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre / porque se detendría la muerte y el reposo…”. Y así.

En varias de sus páginas Dalton escribió y pensó Chile recogiendo el humor local: “Era la época en que yo juraba / que la Coca Cola uruguaya era mejor que la Coca Cola chilena / y que la nacionalidad era una cólera llameante / como cuando una tipa de la calle Bandera / no me quiso vender otra cerveza / porque dijo que estaba demasiado borracho / y que la prueba era que yo hablaba harto raro haciéndome el extranjero / cuando evidentemente era más chileno que los porotos”. Y es que, en verdad, muchos de los contornos de su decir, su espíritu burlón, su trato libre con “las feas palabras”, su cruce tan vital entre coloquialismo y eufonía, su hacer del poema materia de reflexión del poema mismo sin quitar los pies del charco vital y político, en fin, su darse tan bello al derroche y el desborde, todos esos contornos de su escritura permiten pensarlo como un poeta, no digamos que más chileno que los porotos, pero sí al menos en encendida vecindad con la poesía de estos lados.

Pero era un poeta centroamericano –uno de los tres de la que puede ser considerada la Gran Tríada de la Poesía Centroamericana, junto a Eunice Odio y Carlos Martínez Rivas– y hay en su musicalidad y su fraseo siempre candente un distingo, que es también una salvación para su escritura, que al cabo de medio siglo de su asesinato sigue dejándose leer, y crece. Quizás porque fue, de algún modo, por encima de todo compromiso y convicción y quizás incluso a su pesar, un gran desasido, un huidor de los acomodos y las cerrazones. Por eso sus poemas, construidos con la habilidad de un gato montés, renuevan siempre la forma de su jovialidad y tienen la sospecha y la risa en el centro (la “carcajada subversiva”, dirá Castellanos Moya), al mismo tiempo –y esta es una de sus grandes gracias– que la esperanza, el cariño, la apertura, el misterio y un audaz vuelo lírico. Ejemplar me parece este temprano poema, más vinculado quizás, antes que a cualquier otra barriada poética, a la poesía náhuatl, a un modo ancestral e imperecedero de estar en el mundo y pensarse y sentirse en ese estar:

 

El nahual

 

Triste estoy     mis ojos

se extravían sin lágrimas ya

agazapados huyéndole al sol

bajo el mate oscuro

 

Cuando de niño me llevó al monte el hechicero

para escoger un nahual que protegiera mi paso por el mundo

ningún animal quiso llegar para adoptarme

ni la chiltota     fruta que vuela

ni la danta     silenciosa sombra de los ríos

ni el pezote

ni la urraca

ni el jabalí

 

Y ahora he crecido     mi corazón

palpita bajo la piel fuertemente

hora siento que es ya de tener hijos –cogollos de la carne–

mi piel apetece con fiebre temblorosa los cauces de la mujer

por ello he venido aquí a esta soledad

y he agotado mis músculos saltando

furiosamente corriendo como un loco

invocando entre resoplidos el sueño

 

No querría por nahual al cantil o al lagarto

a la lenta tortuga sagrada o clase alguna de culebra

 

Bello soy y nobles conservo para los dioses

el rostro y el corazón.

 

 

Aunque quede raro fundamentarlo con las mismas palabras de un poema suyo, leer su obra, sus ensayos, su poesía, sus cartas, y ver sus fotos, los textos que se han escrito sobre él, dejan por sobre todo esa sensación: nobleza de rostro y corazón. Nunca trabajó por ostentarla, pero la hubo en sus entregas, en sus equivocaciones, en su risa, en su fugarse de toda estrechez. Han pasado cincuenta años desde que lo mataron. Su cuerpo aún no aparece; su obra, en cambio, no hace sino estar cada vez más presente. En su primer y ya sorprendente libro, La ventana en el rostro (1961), Dalton pregunta por qué escribimos. Uno se va a morir, se responde, y “vendrán nuevos hombres / pidiendo panoramas”. Y esas gentes se preguntarán qué hicimos, qué fuimos, “quiénes con llamas puras les antecedieron”. “Bien”, cierra el poema, “eso hacemos: custodiamos para ellos el tiempo que nos toca”.

 

 

 

Vicente Undurraga (Viña del Mar, 1981) es crítico y editor. Está a cargo de la colección de poesía de Lumen en Chile y en 2022 publicó el libro de ensayos breves Todo puede ser.

 

Vicente Undurraga

Viña del Mar, 1981. Es crítico y editor. Está a cargo de la colección de poesía de Lumen en Chile y en 2022 publicó el libro de ensayos brevesTodo puede ser. 

Fotografía: Macarena García Moggia

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