La película transcurre en Medellín y cuenta la historia de Óscar Restrepo, un poeta frustrado y borracho que vive con su madre. Aunque de joven ganó un par de premios, hace años que no escribe ni publica nada. Más bien dedica sus noches a tertulias literarias y callejeras donde están los mismos derrotados de siempre. Óscar es melancólico y a ratos iracundo. Defiende con garras su obra y el legado de José Asunción Silva, uno de los poetas colombianos más importantes y su héroe personal. La trágica vida de Óscar, o al menos como él parece y desea sentirla, se ve truncada cuando se ve obligado a hacer clases en un liceo porque espera pagar la universidad de su hija, una muchacha de la que se ha mantenido distanciado. En la sala de clases conoce a Yurlady, una chica tímida pero con carácter, quien tiene una especial sensibilidad y talento para la escritura. Óscar se propone cultivar las aptitudes de la muchacha. La lleva a talleres y la convence de participar en el festival de poesía donde puede ganar algo de dinero.
Un poeta, obra colombiana dirigida por Simón Mesa Soto, fue estrenada en 2025 y ganó el premio especial del jurado en la sección “Una cierta mirada” en Cannes. Es una de las películas más vistas del cine colombiano y en Chile pasó rápido por el Centro de Cine y Creación (CCC) y el Festival de Cine de la Universidad Católica, donde agotó sus dos funciones a sala llena. Desde mayo, está disponible en plataformas.
Aunque todo sucede en Colombia, bien podría ser Chile, Argentina, España, o cualquier parte del mundo. La película nos presenta un círculo literario que resuena familiar: vates vanidosos que no saben recuperarse de un éxito, aspirantes a poetas con más ganas que otra cosa, feministas que pelean con indígenas por cuál de los dos grupos se encuentra más oprimido. Por supuesto no puede faltar la mirada europea sobre Latinoamérica, con esas ganas incontrolables de que seamos más negros, más pobres, más tercermundistas. En este línea, una de las mejores escenas es cuando Yurlady conoce a la agregada cultural de Países Bajos. Yurlady llega como la joven promesa rescatada de la pobreza. El verso en medio de la basura. Cuando Yurlady se presenta, la agregada es incapaz de pronunciar bien su nombre. Yurlady la corrige una y otra vez, mientras la embajadora rubia, blanca, vieja, no logra decirlo correctamente. La escena, tan incómoda como divertida y humillante, es perfecta porque Yurlady no tiene otra intención de que simplemente su nombre se pronuncie como corresponde. El broche de oro, en tanto, es cuando la agregada a le dice a Yurlady que ambas están muy conectadas, mientras Yurlady no sabe cómo mirarla ni dónde meterse.
Uno de los mayores méritos de la película reside en construir escenas de ese tipo: no se juzga a nadie, pero se ríe de todos y con todos. Yurlady es arrastrada al mundo de la poesía por la buena fe de Óscar, quien cree genuinamente en el talento de la chica. Pero también porque todo funciona de un modo vacío, empolvado y panfletario. La noche inaugural del festival de poesía a Yurlady le pidan que escriba algo más negro, más precario, más victimista. Aunque ni a ella ni a Óscar les acomoda hacerlo, Yurlady acepta a cambio de un vestido, una manicure y un poco de comida para su familia.
Mención aparte merece la familia de Yurlady. Su mamá trabaja como nana toda la semana. En su casa, un pequeño departamento al que se accede por una escalera empinadísima, también vive su abuela, una mujer joven, que cuida a Yurlady, a sus hermanos, hermanas y bisnietos nacidos y por nacer. En el grupo también está su tío, un paisa encantador, que no pierde oportunidad para sacarle a Óscar el poco dinero que tiene. Sin ingenuidad pero también con desconcierto, la familia de Yurlady la ve participar de algo cultural que suponen está relacionado con el colegio.
Mientras Yurlady casi no está con su mamá, Óscar sigue pegado a la suya. Vive con ella, le pide plata, le saca el auto y es poco y nada lo que ayuda en casa. Sin embargo, su madre lo conoce bien y entiende que su hijo es un perdedor, pero también un hombre noble. Acaso tan noble como incomprendido. En una gran presentación de personajes, al inicio de la película sabemos que su madre está enferma, aunque ella le baja el perfil. Óscar, preocupado, piensa que su madre se quiere morir y no se atreve. Entonces no se le ocurre nada mejor que ofrecerle ayuda. La propuesta es genuina, desinteresada y absurda. Algo como la eutanasia o muerte digna hace sentido en su imaginario poético; y también se enlaza en su amor por José Asunción Silva, quien se suicidó con un disparo en el pecho. Sin embargo está absolutamente fuera de lugar. Su madre no tiene problemas con la vida, a lo más está tan casada como cualquier dueña de casa a esa edad. Ella rechaza la propuesta sin espanto. A diferencia de sus hermanos que imaginan que quiere matar a la vieja para quedarse con la casa. Porque, después de todo, esta es tanto una película de poetas como de hijos e hijas que parecen no esperar mucho. Óscar es el único que cuenta con la incondicionalidad de su madre. Pero él como padre deja bastante que desear. A Daniela, su hija adolescente, le causa sobre todo vergüenza. Ella es sobreadaptada, inteligente, madura. Entiende exactamente lo que es su papá y ya ni siquiera espera algún cambio. Por su lado Yurlady, con su casa atiborrada de gente, no deja nunca de pensar en cómo puede ayudar a su abuela, sus hermanas y su mamá. Y si bien ve a su madre solo los domingos, su ausencia se comprende de otro modo porque está trabajando.
Son los propios actos de Óscar, llenos de buena fe, los que complican la existencia del poeta. Como era de esperarse, en el festival de poesía todo sale mal. Óscar se emborracha y Yurlady también. Nadie lo ayuda con la chica y lo dejan solo haciéndose cargo. Óscar, poeta tonto, poeta torpe, la deja afuera de su casa como si fuera un bulto. Y aunque al escribirlo suena tan crudo como es, la manera de narrar las escenas, con ironía, distancia, benevolencia y ternura, nos permiten reír sabiendo que en algún punto todo saldrá bien. Mal que mal, Óscar es un hombre bueno.
El incidente con Yurlady, sin embargo, hace que Óscar lo pierda todo. Lo echan del colegio donde trabajaba, incluso cuando había contagiado el amor por la escritura a sus estudiantes; también lo echan de la Casa de Poesía; y su hija se vuelve a alejar cuando al fin parecía conectar con él. Y son las chicas, estas hijas de malos padres, quienes logran comunicarse y trenzar un camino hacia la redención de Óscar, como hijo, como papá y acaso como poeta.
Para que una historia sea buena se necesitan muchas cosas. Una de ellas, quizá, es mostrar a un personaje en el abismo. Saber qué haría ante una situación que nunca hubiera imaginado. Saber qué elige. Al terminar la película, conocemos muy bien a Óscar. Lo queremos. Pero antes parece que hay algo aún más fundamental y simple: contar una historia sin prejuicios. Mejor si nos entretiene. Mejor si nos emociona, tal y como lo hace este poeta triste.
Malu Furche es Magíster en Bellas Artes en el programa de Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York. Es escritora y guionista de cine y televisión. Su trabajo incluye el documental Robar a Rodin (2017), la serie de televisión en stop motion Zander (2021), la película Oro Amargo (2024) y el cortometraje animado Petra y el sol (2025). También es autora del premiado libro de cuentos Islas de calor (2022) y de la novela Reina del Tamarugal (2025). Actualmente, trabaja como guionista en la productora Juntos Films y es académica de la Universidad Diego Portales.