Hay diferentes formas de perderse. La primera que se me viene a la cabeza es al pie de la letra: perderse geográficamente, en el mapa, en el espacio, perder la orientación. La palabra “orientar” tiene puntos cardinales y varias acepciones, entre ellas, fijar la posición o dirección de algo respecto de un lugar. Algo se desancla en las mareas cuando se activa la palabra perderse.

Puede que por una diferencia en la conformación de la mente que habría que investigar haya quienes nunca logren hacer brújula, orientar sus sistemas de navegación de manera precisa en el espacio, o de la manera que se ha establecido como precisa. Me refiero a lo físico y lo nominal, ahí donde las agujas indican norte van al sur, donde indican poniente, parten al oriente. Se podría decir que es una mirada modificada, algo bizca la de la poesía. Con un ojo se mira allá, con otro acá. No necesariamente tiene la misma relación con el tiempo, pero es una mirada que hace existir otras cosas. El escritor boliviano Jaime Saénz en su poema La noche escribió: “Lo cierto es que la noche dura en el espacio, mientras que el día dura sólo en el tiempo”. Es interesante pensar lo que sucede con el tiempo en los momentos de desorientación, cómo transcurre. El tiempo cuando más sucede es cuando pareciera no pasar. Y quizás la palabra “espera” sea clave en este sentido. Cuando se espera es cuando el tiempo se materializa, cuando el tiempo es.

Hay una imagen infantil que resulta familiar y es cuando alguien alguna vez se perdió en un supermercado o en una feria o donde sea, y todo alrededor se abría como un abismo a los pies o crecía como el lúgubre bosque de Hansel y Gretel en la ventana, “un día Hansel señaló el camino con miguitas de pan en vez de piedrecitas y los pájaros se las comieron. No pudieron regresar ni salir del bosque y así anduvieron tres días perdidos”, dice el cuento, y es la imagen que desencadena el drama de esa historia, y de tantas otras.

En perderse, como en nacer y ser arrojado al mundo, hay una experiencia siempre nueva. Quizás nacer y vivir sean un perderse y una espera que tiene como destino encontrarse con lo que es propio: la muerte. Entonces la espera se vuelve historia, como en el caso del cuento infantil. No hay rastro de lo conocido, menos de lo familiar, nadie que guíe, e igual que árboles en la noche, las góndolas de carne en la imagen infantil del supermercado se vienen encima, como se viene encima el mundo cuando algún tipo de crisis hace clak en el cuerpo y en el alma, otra forma de perderse.

Hasta que una voz o varias voces al unísono como flechas que cruzan el aire, dicen nuestro nombre y nos sacan de la sordera inicial que supone la abstracción de sentirse perdidos, del mutismo en el que entramos como forma de entrar en la temprana desesperación; y nos vuelven a situar, a poner en el ruedo de un lugar, un carril, y nos volvemos a sentir en terreno conocido. La necesidad de estar en un carril da seguridad y está vinculada a la costumbre. A la escritura habría que desacostumbrarla, de lo contrario se amansa y se vuelve inofensiva, dócil. A lo único a lo que hay que acostumbrarla es a estar en permanente movimiento, como la imaginación que ve más allá de lo visible, de lo real, que ve la noche. Todo poema produce movimiento. Es movimiento.

Escribir requiere salir del estado casa, del estado protegido en el que solemos estar, requiere perderse, arrojarse, quizá por lo mismo solicita fuerza pues dicho trance obliga a enfrentarse no solo al mundo, sino sobre todo, y lo más difícil a sí mismos, tal como escribió Jaime Saénz en estos versos del poema antes citado: “Y como al fin y al cabo el mundo eres tú / imagínate, tendrás que tener mucha fuerza, mucha humildad, mucho gobierno // para enfrentarte contigo mismo / -vale decir, con el mundo”. Un mundo que, como la escritura, tiene nombre propio.

La poeta norteamericana Elizabeth Bishop tiene un famoso poema titulado “Un arte”, especie de poética universal de la pérdida, declaración de principios sin declarar, donde va perdiendo de menos a más, de lo más concreto como una llave a lo más grande como un amor -con el paso del tiempo lo que se pierde es cada vez más fundamental. Y ese recuento de pérdidas es lo que va levantando la escritura de este poema, pero no es solo recuento, pues el verso “El arte de perder se domina fácilmente” en su reiteración es lo que sostiene el ánimo, por así decirlo, de esas pérdidas, como un mantra que permite hacer el aguante a lo perdido o a lo que se está por perder. Algo de oración hay en sus versos. Elizabeth Bishop fue una experta del desarraigo, desde temprana edad, perdió a su padre, luego a su madre en la enfermedad mental, de brazo en brazo, de casa en casa y de alguna manera hizo del desarraigo la poética de una escritura sin alarde, siempre dispuesta a reiniciarse, a volver a empezar, y que con total naturalidad hizo suyo lo único cierto que tiene el ser humano, y es que aquí se está de paso. Quizás la entrega sea una forma de dominar el arte de perder y de perderse. O por lo menos una forma de sobrellevarlo. Poemas que son la revelación de lo perdido, que nacen en el milagro de ese trance.

La escritura fluctúa entonces entre una pérdida y un perderse, la elaboración de una pérdida, perdiéndose. Lo interesante es preguntarse cómo la palabra es capaz de elaborar eso, con qué distancia, con qué silencio, con qué dignidad. Observar y describir el vacío del que surgen y que se ha abierto en un espacio, en un lugar. En ese espacio vacante, carente de materia, como se define entre otras acepciones al vacío, la palabra es materia que nace. El vacío alude a una falta, a la ausencia, de qué manera surge la palabra al encuentro de ese vacío, de qué manera se articula. Ocupar el vacío con palabras requiere sutileza, elegancia, y requiere no llenarlo todo, dejarle también su espacio vacante de misterio. Entre la Falta y la Falla. Entre lo perdido y lo encontrado se mueve la escritura. Al vacío le hacemos preguntas, una pregunta trae otra: “El fenómeno mismo es la pregunta. La obra que con su existencia golpea e interroga al poeta”, escribió la poeta rusa Marina Tsvetáieva, y nada parece responderse, la única certeza es avanzar en ese trance, e intentar situarse en ese vacío en el que nos hemos perdido, disponer las velas del barco para que reciban el viento favorable. Encaminarse hacia un lugar, hacia alguien.

Cuando lo conocido se vuelve desconocido y aparece de ojos cerrados la palabra perderse tanteando el aire para ver lo que encuentra, aparece también casi de manera natural la escritura como una forma de orientarse o de anclar o tratar de comprender el trance de lo perdido, si acaso es posible, palabra como punto cardinal donde asirse, donde agarrarse, escribió Wisława Szymborska: “La poesía, / pero qué es la poesía./ Más de una insegura respuesta / se ha dado a esta pregunta. / Y yo no sé, y sigo sin saber, y a esto me aferro / como a un oportuno pasamanos”.

La palabra es una guía y pone por escrito el tránsito que va de lo perdido a lo encontrado, sin mayor pretensión que eso, sin buscar un mensaje. Los poemas no saben adónde van. Es por decirlo de algún modo la huella que deja y queda, y toda huella nos orienta en el presente, e incluso puede darnos pasos futuros. Toda huella es también la materialización de una memoria, de una emoción. La única manera de escribir es adentrarse en lo desconocido, pues allí aparece la materia de la que está conformada la palabra.

Se me viene otra imagen infantil a la cabeza, será porque en la niñez el mayor miedo es a perderse y esto adquiere ribetes mayores, fundamentales, traumáticos en algunos casos, y por lo tanto abundan este tipo de imágenes (en la adultez la palabra perderse y todas sus derivas se vuelve algo habitual). Un niño sonámbulo se levanta y camina en mitad de la noche, a la hora del insomnio de la madre. El niño pregunta por una puerta para salir o entrar, quién sabe cuáles son las imágenes que a esa hora dibuja su imaginación. ¿Cómo una persona sonámbula abre una puerta? ¿Cómo sabe que tiene que subir ese peldaño? La voz de la madre se desplaza desde la cama, suave por el aire, como una mano que guía su andar perdido y torpe, ahí está la puerta, le dice con delicadeza para no quebrar la burbuja del sonámbulo, sin hacer ruido, dicen que le puede dar un ataque al corazón y morir; o que la persona sonámbula puede volverse loca si la despiertas. El niño sigue preguntando por la puerta, y la voz de la madre cuando responde es como si lo sacara de un hoyo, la figura de la madre en algunos casos, porque madre universal no existe, es quizás eso, una voz que permite salir cuando se está perdido, en otros casos te puede hundir más. Algo se oscurece cuando nos sentimos perdidos. Y la escritura hace cuerpo en la incertidumbre de la noche, y en la certidumbre del dolor.

Hay una forma nocturna del perderse que tiene que ver con el insomnio, el momento en el que somos arrojados en medio de la noche de sí, arrojados a nosotros mismos, a nuestros miedos, a nuestras inquietudes e incertidumbres y sobre todo a nuestras dudas. Todo se pone color de hormiga, y ese momento se vuelve una fuente de tormentos precisamente porque en el insomnio nos hallamos desorientados. No es novedad que durante el insomnio los pensamientos crecen, se agrandan, se multiplican, se desbordan como las deudas, los deseos, las preocupaciones; bajo el manto de la noche todo se ennegrece, se transfigura. El insomnio vence, decide cuándo entrar y cuándo salir, y su espíritu es obsesivo como el tren de pensamientos que echa a andar y que eleva más allá del techo de la pieza donde nos pilla. Todo insomnio es deseante, inquieto, y en ese espacio el silencio de la noche no hace sino incrementar y corroborar la soledad de la que estamos constituidos. Como si flotáramos en la profundidad del universo, perdidos.

Es un hambre la que muchas veces nos despierta en plena noche, un hambre la del insomnio, una necesidad que nace en la boca del estómago y contra la que nada se puede hacer salvo hacer pie, abrirla, despertarla, activarla en su escritura, darle curso al vacío que como el hambre también nace en la boca del estómago, disiparlo como a la niebla. Hambre y Vacío son sinónimos y ambos hermanos de Perderse. Hambre a lo bestia, hambre que no perdona su momento, no se sacia si no hasta que tomamos la palabra por la punta para nombrarla y darle curso. De esa hambre y de ese vacío se compone la escritura, un impulso que a esa hora escucha el silencio de los pájaros y del mar que duerme como un manso caballero que por ahora a su lucha ha dado tregua.

Milagros Abalo

Milagros Abalo (Santiago de Chile, 1982) es poeta, profesora y editora. Ha publicado los libros de poemas La normalidad de una familia (Las Cortaderas Libros, 2012) y Esto es (Hueders, 2016).

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