Ese domingo de 1982 Italia, nuestra Italia, jugaba la final del mundial contra la poderosa Alemania de Rummenigge y Schumacher. Mi madre preguntó qué queríamos almorzar para ese día tan especial. Miré a mi padre, nos confabulamos en silencio y dijimos: papas rellenas con queso. Ella sonrió y se fue a hacer la compra. Después del almuerzo nos sentamos en el living. Ansioso, y para sorprender a mi papá, recité de memoria la alineación de la Azzurra: Zoff en el arco, Bergomi, Scirea, Collovati, Gentile, Cabrini en defensa, al medio Oriali, Tardelli, Conti y para los goles Graziani y Rossi. ¿Pozzi? me pregunta. Rossi papá, Paolo Rossi, el que le metió tres goles a Brasil. Ah, responde, mientras hojea un libro sobre la segunda guerra mundial.

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Pier Paolo Pasolini decía que el fútbol era la última representación sagrada de nuestro tiempo. Que se trataba de un rito, de una forma de lenguaje, una práctica popular con valor estético, social y casi poético. Que aunque su fin era la evasión seguía siendo eso, un rito. Comparaba las jugadas y la táctica a una gramática. Los pases, los desmarques, la jugada inesperada se podían leer como un texto. Que había dos tipos de fútbol: el poético (el enganche, el pase entre líneas, la rabona, la chilena) y el prosaico (el juego colectivo, las jugadas preparadas, la forma de defender). Le seducía también como fenómeno popular. Claro, era una pasión que nacía del pueblo y movilizaba cuerpos, barrios, identidades, desatando emociones no del todo domesticadas por la cultura oficial. Por supuesto que me apropié de las ideas de Pasolini. Así, en las múltiples ocasiones en que la inquisición antifutbolera me tuvo acorralado contra la pared, este salvaje recurría a su carta bajo la manga: citaba a Pasolini y en unos segundos dejaba a mis verdugos fuera de juego.

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Dura tres minutos. La mayoría de los futbolistas, entrenadores y periodistas deportivos tienen una opinión negativa sobre la regla. Es la pausa de hidratación, la medida más polémica de la FIFA para este Mundial 2026. Alrededor del minuto 23, el árbitro hace sonar el silbato y los jugadores, con obediencia, se dirigen a un costado de la cancha. Junto a su entrenador y sus compañeros de banca, toman agua y reciben instrucciones. La interrupción se aplica en el primer y segundo tiempo. Esta regla no es nueva. La pausa de hidratación se utilizaba en aquellos partidos que se jugaban con altas temperaturas, una medida necesaria y que buscaba cuidar la salud de los futbolistas. Sin embargo, hoy en el Mundial se aplica independientemente de si hace calor o no. Hay casos irrisorios, como detener el juego en un estadio climatizado. Todo el mundo entiende que esos tres minutos muertos son para que las cadenas de TV tengan una nueva ventana para emitir publicidad. Lo mejor de la pausa es el abucheo despiadado que cae desde las gradas. Una silbatina que la FIFA trata de ocultar bajo los hits a todo volumen de Bon Jovi, Rosalía o la canción “Macarena”.

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El Mundial 2026 lo vivo en Barcelona. La indiferencia catalana durante el torneo no deja de sorprenderme. Por supuesto que no espero ver a nadie con la camiseta de la selección española por la calle. Eso sería un exceso. Tampoco que se junten en Plaza Cataluña para celebrar una victoria de España, pero al menos necesito que me den una señal: un grito ahogado de gol a las 3:23 am (los horarios del mundial, aquí en Europa, son para vampiros), un bar que anuncie en una pizarra que hoy pasan un partido, un comentario demoledor del mesero ante un penal mal cobrado la noche anterior. Nada. Silenzio stampa. Al parecer Barcelona se ha convertido en eso. Una ciudad apática, invadida por bárbaros que aplanan sus calles con maletas ruidosas, uniformados con camisetas del Barça. Una ciudad que no se sorprende con nada, que levanta los hombros o mira hacia un lado ante cualquier gran acontecimiento. Un día el Papa se pasea por calle Roselló, al siguiente los autos de carrera de la Fórmula 1 se dejan ver en Paseo de Gracia, tocan los Cure al lado del mar, el Tour de France inmoviliza a la ciudad, pasan los partidos del Mundial como un suspiro de desaliento.

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En los noventa pasé sin pena ni gloria por un taller de cuentos. Un día comenté al grupo que me gustaría escribir una novela donde el fútbol fuera el corazón, los pulmones y el hígado de la trama. Me miraron de arriba abajo. Alguien torció la nariz. Vi muecas de desagrado. Aburrido dijo el seudoescritor que organizaba el taller. Escribir sobre el fútbol en esos años era algo sospechoso, de mal gusto literario. Los entendía. Bizcos, no alcanzaban a ver más allá de lo que sucedía en la cancha por noventa minutos. Imaginaban a Bam Bam Zamorano diciendo hay que seguir trabajando en la semana, al Matador Salas mascullando unas frases ininteligibles y a Julio Martínez alargando el noticiario de día domingo con los goles de la fecha. El deporte pertenecía al periodismo, a la estadística, a la discusión de la barra de un bar, hasta que un día llegó Fiebre en las gradas (1992) del autor Nick Hornby, un libro que no hablaba de goles ni tácticas sino de la obsesión futbolera como un tema literario tan importante como el duelo o el amor. Y tres años después Eduardo Galeano publicaba El fútbol a sol y sombra, un mosaico de historias sentimentales en torno a la pelotita, una suerte de álbum Panini literario donde además de rendir un homenaje a la fiesta de los ojos, repasa con un machete las estructuras de poder de un deporte noble que ya empezaba a pensar solo en el negocio. Tímidamente el fútbol se abría paso buscando su lugar. La jugada ya estaba hecha: Hornby había tirado un centro, Galeano había metido el gol, mientras yo aplaudía en una galería del Santa Laura.

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Me leí el estupendo y tristísimo Postfútbol de Juan Pablo Meneses. Al terminarlo comprendí todo y me di cuenta de mi ingenuidad. El fútbol que yo conocía ya no existe y fue reemplazado por un deporte regido por lo viral, la inmediatez, los negocios, los algoritmos y la hiperexposición. Meneses, un cronista con calle, había encendido las alarmas en su libro Niños futbolistas (2013). Desde ese año, dio una serie de entrevistas y charlas anunciando que la catástrofe estaba a un paso. El fútbol se puso al día con las lógicas del mercado y gracias al mundo digital amplió las fronteras del negocio. Su estrategia fue sencilla: copiar las claves usadas por el mercado del porno, es decir, consumo rápido e inagotable (más clips, más highlights), la fragmentación (los noventa minutos del partido dejan de ser el motivo del deseo), hiperestimulación (impacto inmediato), disponibilidad permanente (antes esperábamos los partidos del domingo, hoy hay fútbol de lunes a viernes), la conversión del cuerpo en mercancía visual (imagen, activo comercial, contenido). Meneses lo dice: el fútbol era un deporte colectivo y el postfútbol es un deporte individual.

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La literatura a veces funciona como un oráculo. En 1967, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq, publican el cuento “Esse est percipi” [Ser es ser percibido]. Domecq, un aficionado del fútbol, descubre con horror que el estadio Monumental de River Plate ha desaparecido. Asombrado, comienza a realizar una investigación hasta que se topa con una gran verdad: el fútbol argentino no existe, se ha convertido en una ficción total. Los goles, los partidos, las polémicas, la tabla de posiciones, los descensos, las copas son en realidad un gran montaje preparado por la televisión, la radio y el mercado. Domecq no lo puede creer. Tulio Savastano, presidente del club Abasto Junior se lo dice: El género humano está en casa, repatingado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone. ¿Y si se rompe la ilusión? -dije con un hilo de voz. –Qué se va a romper -me tranquilizó.

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Me suscribí a la aplicación DAZN por 29 euros. Con ella puedo ver los 108 partidos del mundial con la posibilidad de seguir durante un año con precio preferencial para ver en exclusiva todos los partidos de la Premier Legue, la Serie A italiana, la Ligue 1, la Bundesliga y los mejores cinco partidos de la liga española. Cuando me conecto a ver un partido en directo del mundial, DAZN me invita a entrar a la Fan Zone para divertirme con hinchas que están frente a un computador en una ciudad de Túnez o en la capital de Cabo Verde. O mejor aún, puedo acceder el mismo sitio a apostar en vivo apuntándole al marcador, a quien convertirá el primer gol, o de qué selección será el primer expulsado. Si el partido ha finalizado me propone tres caminos: ver solo los goles, o un resumen de tres minutos, o mejor de doce. Para qué perder el tiempo viéndolo entero, para qué perder el tiempo en los detalles, mejor saber el nombre del asesino de inmediato. Una orgía de Postfútbol encerrada en una aplicación. El fútbol ha muerto, viva el postfútbol dice Meneses.

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Veo los mundiales desde 1978. Aunque si soy riguroso podría decir desde Alemania 74. Pero no tengo recuerdos de ello. Sólo me aferro a la memoria de mi madre que dice que estuve en cama con paperas y que vi muy concentrado los partidos de Chile. Mis mejores recuerdos van desde Argentina 78 hasta México 86. Recuerdo la impresión que tuve cuando vi en el flamante Sony Trinitron que estrenaba mi abuelo, los colores de las camisetas de Holanda y Argentina bajo una lluvia de papelitos blancos que caían sobre una cancha verde. Me acuerdo del rostro emocionado de Paolo Rossi y su cabeza grecorromana, moviéndola de un lado hacia el otro como si no creyera que le ha marcado tres goles al Brasil de Sócrates, Zico y Falcao. Me acuerdo de un jeque árabe, vestido de jeque árabe, hablándole al oído a un árbitro para que anule (cosa que luego sucedió) el gol de Francia contra Kuwait. Por supuesto que recuerdo a Diego, siempre Diego, desparramando ingleses como un soldado argentino desesperado que decide asaltar las trincheras de la señora Thatcher armado solo con una pelota.

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En los 2000, el fútbol dejó de ser un tema literario menor y se convirtió en el marco de fondo para varios escritores que tenían hambre de escribir de todo: la clase social, la ciudad, los ídolos, el amor, el racismo, el juego, el desaliento, la rutina, la muerte. Y entonces las vitrinas de las librerías y el ojo editorial empezaron a darle un mayor espacio a novelas, crónicas y cuentos que giraban en torno al balón: el relato “Buba” (del libro Putas asesinas (2001) de Roberto Bolaño, Boquita de Martín Caparrós (2001), Dios es redondo de Juan Villoro (2006), La vida que pensamos. Cuentos de fútbol (2014) de Eduardo Sacheri y dos libros de David Peace que están entre mis favoritos: Maldito United (2006) y los 44 días autodestructivos que tuvo el entrenador Brian Clough  al dirigir al Leeds y Munichs (2024), la desoladora novela sobre el accidente de avión que terminó con varios jugadores del Manchester United sin vida en medio de una tormenta de nieve. La buena literatura sobre el fútbol crecía, sin saber que el juego se estaba transformando.

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Como Cunningham me dice Jordi. ¿Cómo quién? pregunto intrigado. Laurie Cunningham, el negrito del Madrid. Estamos en el café Xampú, el centro neurálgico de mi nueva vida catalana y Jordi me habla de la única vez que 90 mil hinchas culés despidieron con una ovación a un jugador del Real Madrid. El partido se jugó en el Camp Nou en febrero de 1980. Fue un 2-0 para la visita. El inglés no marcó ningún gol, pero firmó un partido antológico: regates, galopadas estéticas, una potencia sobrenatural, pases mágicos y sobre todo una elegancia al correr y al moverse que dejaron con la boca abierta a la afición catalana. Le gustaba bailar al negro, dice Jordi. Laurie Cunningham, no lo había escuchado en mi vida.

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El fútbol es la recuperación semanal de la infancia, dijo o escribió Javier Marías. Y como quise recuperar mi infancia a mis cuarenta años junto a un amigo nos largamos al Mundial de Sudáfrica. Ocurrió algo extraño, pero bastante lógico. Cuando uno va a un mundial, lo que menos ve es fútbol. Por eso, mis mejores postales están lejos de la cancha. Casi no me acuerdo de los partidos de Chile. Lo que sí tengo muy presente son los viajes eternos y solitarios de mil kilómetros, arriba de un auto destartalado, manejando por el carril izquierdo, entre sede y sede, detrás de los partidos de la Roja. Viajes por carreteras secundarias para conocer la Sudáfrica salvaje y racista, donde por horas no nos cruzábamos con ningún vehículo, admirando los paraderos abandonados y colonizados por monos babuinos, paseando por pueblos montañosos donde te observaban con sospecha e incredulidad. Turismo aventura + fútbol, la fórmula que inventó la señora FIFA y que cada cuatro años seducía a millones de feligreses.

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Hoy el mundial se reparte entre tres países. El próximo será en seis. Quizás en unos años la máxima cita futbolera será organizada un día por el Hemisferio Norte y al otro por el Hemisferio Sur. El negocio, la industria, la maquinaria, las apuestas, el precio de las entradas, los react, el VAR, los influencers, y muchos etcéteras que hacen que la llama se vaya apagando. La pelota no se mancha y se manchó. Nos cortaron las piernas. Nos quitaron la diversión. Secuestraron el fútbol y lo están dejando morir de hambre para luego enterrarlo en una oficina en Zurich entre gallos y medianoche.

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Los libros llegan a uno con una puntualidad misteriosa, como si respondieran a una sincronía que nunca he logrado comprender. Dos días después de la conversación con mi amigo Jordi, encuentro en un puesto de libros usados Different Class, la historia de Laurie Cunninghman, escrita por Dermot Kavanagh. Lo compro. Comienzo a leerlo en medio del partido de Haití contra Escocia.

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La final entre Italia y Alemania finalmente la vi solo. A los diez minutos, mi papá yacía dormido en el sofá del living. Puedo relatar con precisión el penal perdido por Cabrini. El cabezazo certero de Rossi ante las narices de Schumacher. La celebración desaforada de Tardelli luego de pegarle al balón cayéndose al suelo. El pase de Conti que deja solo a un desconocido Altobelli para marcar el tercer gol. Luego de recibir la copa escucho algunos bocinazos en la calle. No tengo una bandera italiana para unirme a la fiesta. Mi madre improvisa una con un palo y un paño rojo y salgo solo a la calle. Mi padre sigue durmiendo. Mientras agito la bandera los autos me tocan la bocina, tratando de interpretar a qué país representa este extraño hincha.

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Different Class no relata la clásica historia de chico pobre se convierte en estrella del fútbol. En sus páginas hay mucho más que una narración de ascenso y gloria deportiva. La particular personalidad de Cunningham y la prosa magnética de Kavanagh ayudan a lograr esta diferencia. El jugador se aparta desde el principio del molde tradicional del futbolista. Laurie es un apasionado de la música, el baile y la moda. Un soulman. Un dandy. Se movía con una elegancia casi coreográfica, tanto en la cancha como en la pista de baile. Después de los entrenamientos dedicaba horas y horas a practicar nuevos pasos para sorprender a su pandilla de amigos de la disco. Practicaba yoga. Todo en él sugería una relación con el cuerpo más cercana a la danza que a la rudeza con que suele imaginarse el fútbol inglés de su época. Y todo esto en medio de una sociedad profundamente racista, que cada domingo se reunía en las gradas a ver fútbol e insultar a los pocos jugadores negros de la época. A pesar de eso, con la misma elegancia de sus pasos en la disco y de sus regates en la cancha, Laurie supo sortear esas dificultades hasta convertirse en el primer jugador negro en ser convocado a la selección inglesa.

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El Club Esportiu Europa es un equipo catalán que juega en Primera Federación del fútbol español (Tercera División). Vinculado al barrio de Gracia, fue fundado en 1907. Su época dorada fue en la década de 1920 donde fue finalista de la Copa del Rey. Se convirtió en el primer club de España en declararse antirracista, antifascista, antimachista y antihomófobo. Juega en el estadio municipal Nou Sardenya con capacidad para 4.000 personas. Le dicen el Europa a secas. Busco más información en internet. Entro a su web oficial. Siento un hormigueo en mis dedos.

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Mi papá siempre se sintió muy orgullo que la selección brasileña haya elegido a Quilpué como su lugar de concentración para el mundial del 62. Me cuenta que él y sus amigos se quedaban esperando que el bus pasara por calle Los Carrera cuando la verdeamarela se dirigía a disputar sus partidos en el estadio Sausalito. Cuando el partido terminaba volvían a juntarse en la misma esquina para aplaudirlos de nuevo. El niño Roberto Bolaño fue más allá. Vivía a casi cincuenta metros de la cancha quilpueína donde entrenaba Brasil y como en esa época las prácticas se realizaban a puertas abiertas compartió de cerca con Garrincha, Didí, Pelé y Zagallo. Uno de esos días y sin pedir permiso, se metió a la cancha y le dijo a Vavá que le tirara un penal. Bolaño lo atajó. Según el autor de Los detectives salvajes fue la mayor hazaña que hizo en su vida.

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Cunningham debutó con dieciocho años en el Leyton Orient. Luego fue transferido al West Bromwich Albion. Fue tal el impacto de su rendimiento, que el Real Madrid lo compró en 1979 por 950.000 libras, convirtiéndose en el primer inglés en vestir la camiseta merengue. Jugó cuatro años en el Madrid ganando una liga española y dos Copas del Rey. Sin embargo una serie de lesiones frenaron su carrera. Luego vino un deambular por las canchas del Manchester United, Sporting de Gijón, Olympique de Marsella y el Leicester City. En 1988 vuelve a España a defender al Rayo Vallecano donde fue pieza clave en el ascenso del equipo a Primera División. La noche del 15 de julio de 1989, tras participar en una fiesta en Madrid, perdió el control de su vehículo estrellándose contra una valla de protección. Su cuerpo, aún con vida, fue llevado a un hospital donde finalmente falleció. Tenía 33 años.

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Fui al estadio a ver al Europa. Es un equipo sufrido, como me gustan. Tiene una hinchada familiar. Me recordó a la Unión Española. Peleando por subir a segunda división disputó la semifinal contra el Celta B. De local solo empató 1-1 y a la semana siguiente cayó en forma dramática por 3-2 en el alargue. Derrotados se fueron a despedir de su fiel barra, Los Eskapulats quienes dejaron el alma cantando és molt fácil ser del Barça.

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Different Class, la historia de Laurie Cunninghman es la recuperación de una forma de entender el fútbol que hoy parece en retirada. La elegancia, la rareza, el barrio, la noche, el racismo, la tragedia y la memoria. Cunningham no aparece ahí como una cifra, una marca o una colección de highlights, sino como un personaje de carne y hueso. Uno de esos jugadores que obligan a la escritura a ir más allá del resultado y de los trofeos. En tiempos de postfútbol, la biografía sobre Cunningham apareció como una pausa de hidratación en medio de la oscuridad. Un respiro breve, inesperado y necesario. Una nueva oportunidad para volver a mirar este juego como relato, como belleza y también como herida.

Hugo Forno

Hugo Forno Naranjo es escritor y publicista. Ha publicado el libro de poemas La despedida de los chicos superestrellas, el libro de cuentos Jíbaro y la novelas Yayo y La historia no era así. Fue crítico de libros de la Revista Rolling Stones. En 1998 fue seleccionado con la Beca José Donoso de la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile. Dos veces finalista del concurso Santiago en 100 Palabras. Ha recibido la beca de creación literaria para escritores del Ministerio de las Culturas de Chile en dos oportunidades. En 2024 realizó el diplomado Guion de ficción cinematográfica del Instituto RTVE. Es Director de Programación de Prisa Media Chile. Vive en Barcelona.

 

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