Juan Rodríguez Medina
Quizás lo que le falta a la máquina es aquello que se esconde detrás de ella. Eso nos sugieren desde la mitología griega hasta la literatura contemporánea pasando por la filosofía moderna. Entre la empatía y la duda, cuando nos topamos con robots, parece que el asunto es el mismo de siempre: qué es lo humano.
Lo llamaban “turco mecánico”, era una máquina —ataviada como un otomano— construida en 1769 por el ingeniero húngaro Wolfgang von Kempelen, capaz de jugar ajedrez, que maravilló a Europa y fue comprada en 1805 por otro ingeniero, el alemán Johann Nepomuk Mälzel (o Maelzel), quien llevó la máquina a Estados Unidos.
El aparato consistía en un cajón de setenta y cinco centímetros de alto, ciento veinte de largo y sesenta de ancho, sobre el que se veía el torso del autómata, quien jugaba con su mano izquierda; al abrir el cajón, como parte del espectáculo, aparecía una telaraña de engranajes que, se supone, daban vida al autómata.
A pesar de esa transparencia propia de mago, o quizás de charlatán, abundaban las sospechas de fraude. Edgar Allan Poe, por ejemplo, quien vio al prodigio en vivo, escribió un ensayo en el que especula que una máquina de ajedrez no se equivocaría, jugaría a la perfección, a diferencia de lo que ocurría con el ajedrecista de Mälzel. De ser cierto que el turco juega ajedrez sin intervención humana, dice, sería el más grande invento, muy por sobre otros ingenios, como una calculadora, pues, por compleja que sea una operación aritmética, siempre parte de datos que llevarán a un resultado previsible, en el ajedrez, en cambio, aunque hay reglas y movimientos predeterminados, distintas personas aconsejarían distintos movimientos frente a determinada jugada del rival: “Es completamente cierto que las operaciones del autómata están reguladas por la mente y no por otra cosa”, escribe Poe. O deberían estarlo. En otras palabras, debe haber intervención humana, pero se supone que no la hay, y si es así, pues estamos ante una maravilla de la ingeniería, ante la creación de una mente artificial. Poe, claro, que era ingeniero, no cree eso: “Cuando ha ganado la partida mueve la cabeza con aire de triunfo, mira en torno a la sala complacido, y retirando su brazo izquierdo, deja descansar únicamente sus dedos sobre el almohadón. Generalmente, el turco gana: sólo ha sido derrotado una o dos veces. Cuando la partida ha terminado, Maelzel, si así lo desean los espectadores, vuelve a exhibir el mecanismo de la máquina, de igual manera que al principio. Entonces la máquina rueda hacia atrás, y una cortina la esconde a la vista de los espectadores”, relata.
En su ensayo, el escritor estadounidense repasa una serie de hipótesis para explicar el secreto tras el autómata, desde que había un enano escondido hasta que se trataba de un juego con imanes. Él desarrolla su propia explicación a partir de observaciones y conjeturas que se refieren tanto al funcionamiento del aparato como a circunstancias sospechosas, entre ellas, que cada vez que Mälzel se enfermaba se suspendían las exhibiciones. Si hay una mente, insiste Poe, es la de alguna persona escondida; por lo tanto, el ajedrecista no es una “pura máquina”. En el tercer punto de su explicación, el escritor esgrime el argumento de la perfección: “El autómata no gana invariablemente la partida. Si la máquina fuera una pura máquina, tendría que ganar siempre”. Porque, cavila el narrador ingeniero, si ya se ha descubierto el principio por el cual una máquina puede jugar y ganar una partida de ajedrez, pues entonces la extensión de dicho principio conlleva que gane siempre: “Una débil consideración será suficiente para convencer a cualquiera que no es más difícil construir una máquina que gane un solo juego que hacer una máquina que gane todas las partidas”. Si no ocurre así, habría que suponer que el inventor, en vez de perfeccionar su máquina, eligió dejarla incompleta, lo que es absurdo, concluye Poe, porque esa imperfección serviría de argumento contra la posibilidad de que el aparato fuese una “pura máquina”.
Podríamos sintetizar el argumento así: si es máquina es perfecta, si no es perfecta, y no lo es, porque pierde, es humana, o hay un humano escondido por ahí.
¿Podría ser la reflexión de Poe sobre el «turco mecánico», en el siglo XIX, un argumento, en el siglo XXI, contra la supuesta inteligencia de la IA, o más bien, contra su supuesto automatismo y autonomía?
En cuanto al ajedrecista mecánico, según un artículo del sitio Historia, de la National Geographic, estuvo activo por alrededor de setenta años y derrotó, entre otros, a Napoleón y Benjamin Franklin, y murió, si cabe la expresión, quemado en un incendio en el Museo Charles Wilson Peale de Filadelfia, en 1854. Había llegado allí luego de la muerte de Mälzel, cuando el médico John Kearsley Mitchell lo compró, y posteriormente donó. Fue el hijo de este quien reveló que el Turco era una farsa: “El autómata fue operado en todo momento desde el interior por un ajedrecista profesional, que permanecía oculto agazapado dentro de la cabina. Las puertas que daban acceso al interior, estaban dispuestas de tal manera que daban la sensación de que estaba desocupada gracias a una ilusión óptica generada por el presentador del artificio, quien abría las puertas de tal manera que dejaba a los espectadores una línea de visión clara a través de los engranajes. Sin embargo, los cajones de los que constaba la cabina no llegaban hasta el fondo, dejando el hueco justo para que un jugador no demasiado corpulento pudiese caber agazapado dentro”.
Era como si Dios proveyera: siempre había jugo de limón y de naranja, todo el fin de semana, era cosa de querer, pedir y ahí estaba.
“Todos los viernes llegaban de una frutería de Nuevas York cinco cajas de naranjas y limones; y todos los lunes esos mismos limones y naranjas salían por la puerta de atrás convertidos en una pirámide de cáscaras vacías. En la cocina había una máquina que sacaba el jugo de doscientas naranjas en media hora”, leemos en El gran Gatsby, “si el pulgar del mayordomo apretaba doscientas veces un botoncito”.
La escena está en el capítulo tres de la novela de Francis Scott Fitzgerald, que transcurre en el verano de 1922, y un poco más de cien años después, en nuestro presente digital, la situación, una persona que presiona un botón para que una máquina haga su trabajo, no es tan distinta. El pasaje lo recordó el editor y periodista Pedro Pablo Guerrero a propósito de una noticia publicada el 7 de enero de 2023 en el diario El País de España: “Por qué este vídeo de una mujer en el váter grabado por una Roomba no será el último que veamos”, dice el título. Y la bajada: “La difusión en Facebook de imágenes íntimas de una usuaria del robot aspiradora revela que la inteligencia artificial funciona en parte gracias a una legión de trabajadores fantasma”.
La nota se refiere a quince extractos de vídeo que circularon en redes sociales, entre ellos uno que muestra a una mujer en el baño y otro en el que un niño mira a la cámara de la aspiradora “inteligente”.
“Los subieron a internet microtrabajadores venezolanos que se ocupaban de etiquetar imágenes para entrenar al algoritmo de las aspiradoras”, escribe el periodista Manuel G. Pascual. O sea, le marcan a la máquina que eso de ahí es una silla y eso otro es una mesa. “Y eso nos dice dos cosas: que la inteligencia artificial es menos automática de lo que se predica y que la economía de plataformas (lo que una vez se llamó economía colaborativa) ha asumido cotas insospechadas”.
Un gran deslumbramiento, parece que eso es la IA, que no nos deja ver a los animales que, como en Los Picapiedra, suben y bajan ascensores, que automatizan el mundo. Claro que en la serie animada la condición animal no está oculta tras una apariencia de magia automática, todos vemos los cuerpos que sostienen, que hacen funcionar al mundo.
Es mejor, más precisa como figura, más como nuestro mundo, la casa automática de Thomas Jefferson, padre fundador y tercer presidente de Estados Unidos, prócer de la libertad, la emancipación, y esclavista, que es lo fundamental.
En Monticello, su casa en Virginia, Jefferson tenía una serie de ingenios que le facilitaban su trabajo, entre ellos una máquina que hacía varias copias de lo que escribía mientras lo escribía. Y quizás lo más fabuloso era el comedor donde hacía política: no había servicio, la comida llegaba en unos montacargas, aparecía tras rotar unas puertas giratorias.
Gracias a eso había intimidad en la sala, y Jefferson podía hacer política, tomar grandes decisiones, sin ojos ni oídos extraños, que en realidad sí estaban, solo que en otro lado, claro, esclavizados, cocinando, colocando la comida en los artefactos, tirando las poleas que llevaban el alimento desde el subsuelo, para sorpresa de los invitados del insigne dueño de casa.
En el ensayo Astucias, la filósofa Trinidad Silva, luego de recordar que Zeus se tragó a Metis, diosa de la Astucia, interpreta que quizá toda la astucia del todopoderoso y sabiondo dios de los dioses proviene en realidad de ella. Más aún, sugiere que Metis podría ser el verdadero poder: un poder en las sombras, invisible, tras la apariencia que sería Zeus.
Silva dice: “Quizás se podría releer la historia completa de la marginalidad femenina, esa supuesta pasividad a la que ha sido arrojada, como una forma de astucia, una capacidad activa que opera desde el ocultamiento, la disimulación”.
También pienso que se podría releer así la historia de toda marginalidad, de todo no poder e incluso el presente que nos quieren enchufar, ese en el que seríamos marginados por las máquinas, por la “inteligencia” artificial. Quiero decir: tal vez todo poder está sustentado en lo que, se supone, no tiene poder, todo centro podría estar fundado en sus márgenes, sostenido en lo que quiere negar u ocultar, como la política de salón de Jefferson.
Hay una representación de Metis, la imagen está en la entrada que Wikipedia le dedica a la diosa, en la que se la ve bajo el asiento de Zeus, escondida, en medio del nacimiento de Atenea, lo que me hizo recordar al Turco mecánico y pensar, entonces, que el dios de los dioses podría ser un muñeco movido por Metis, o sea, un falso autómata y un falso dios, un truco de Metis, una puesta en escena.
Cuentan, y hasta sale en una película, o eso leí, que cuando Descartes perdió a Francine, su hija de cinco años, muerta de escarlatina en 1640, no quiso dejarla ir y construyó o mandó a construir una muñeca mecánica, muy similar a ella, que abría y cerraba sus ojos, y que al parecer podía escribir y hablar. El filósofo la llamó Francine, la mimaba y llevaba siempre consigo.
De ser cierta la historia, no sería (tan) extraña si consideramos que Descartes dijo que si, de repente, a lo lejos, viéramos a un autómata caminando por la calle, vestido como una persona, probablemente pensaríamos que es un humano. Pero eso sería un engaño de los sentidos que no permite concluir que una máquina puede ser humana, por más bien que nos imite, pues, argumenta el filósofo, los humanos tenemos conciencia o alma, pensamos, no así, agregó, los otros animales, que sí son meras máquinas y entonces no sienten dolor y por eso podemos hacer con ellas lo que se nos dé la gana.
Como vemos, Descartes se dejó llevar por las apariencias, o quizás por los prejuicios, con respecto a los otros animales. Pero no así con su hija mecánica, la que, si siguiéramos su razonamiento, debiera haberle importado entre poco y nada. Pero no era así, el cuento dice que la cuidaba, que no podía separarse de ella.
Ocurrió un día, durante el viaje que Descartes hizo en barco a Suecia para integrarse a la corte de la reina Cristina. Las condiciones del Mar del Norte eran tan malas, tan peligrosas, tan tormentosas, que la tripulación, que conocía la historia sobre la segunda Francine, sospechó que la muñeca viajaba con el filósofo y era la causa de los infortunios de la travesía. Para evitar problemas con sus hombres, el capitán entró al camarote de Descartes y efectivamente descubrió a la niña robot, se la quitó y la arrojó al mar.
En respuesta al atentado, según una versión, Descartes mató al capitán y luego lo arrojó por la borda, tal como él hizo con su hija; según otra, el padre que por segunda vez perdió a su hija no salió de su camarote hasta llegar a Suecia.
¿Haría cosas así una máquina? Descartes, no lo olvidemos, fue el filósofo que, con tal de demostrar que existía, supuso que el pensamiento era una locura: tal vez el mundo que veo no existe, tal vez no existe mi cuerpo, tal vez uno más uno no da dos, pues puede que haya un genio maligno que me engaña y me hace llegar a ese resultado; tal vez todo lo que sé es falso y no existe. Pero lo que es seguro, dijo, es que alguien piensa todo eso, sea cierto o sean locuras, alguien duda de todo y entonces existe, y ese soy yo.
De ahí su famoso y filosófico “pienso luego existo”, al que podríamos agregar un emotivo y demasiado humano “y me hago una hija robot”.
Que le atribuyamos inteligencia y hasta humanidad a una “inteligencia” artificial, que le pidamos consejos, la saludemos, que un padre la cargue con la voz de su hijo muerto para volver a conversar con él, que un filósofo se haga una hija igual que su hija, que creamos en la humanidad de una máquina, todo eso dice menos de las características de esta que de nuestra empatía y credulidad.
Empatía, valga la precisión, no es “ponerse en el lugar del otro”, porque si fuera posible, más que acogerlo, estaríamos reemplazándolo, ocupando su lugar, como dice Paz López en Pánico y ternura.
Reemplazarnos, que las máquinas ocupen nuestro sitio, es lo que pretenden los vociferantes dueños de la IA, y quizás lo logren, pero no porque las máquinas sean empáticas, humanas, no, porque empatía es la capacidad o posibilidad de identificarse con alguien e incluso con algo, es compartir los sentimientos de otro, conmoverse, o proyectar sentimientos en algo que no los tiene. Esa es toda la diferencia que hay entre humanos y androides en ¿Pueden los androides soñar con ovejas eléctricas?, de Philipp K. Dick, por eso, hacia el final de la novela, los humanoides anuncian como gran revelación la falsedad del mercerismo, una religión postapocalíptica basada en la empatía, cuya refutación no solo haría caer el credo en Mercer, sino que, eso pretenden los androides, acabaría con el cuento de la empatía, o sea, eso que los humanos dicen tener y que no tienen las máquinas.
Pero el corazón resiste incluso la muerte de su religión, y si se rompe o desengaña, pues tiene que haber un corazón para que pueda romperse.
En la novela, Rick Deckard, el protagonista y cazarrecompensas dedicado a ubicar y eliminar androides, tras una jornada intensa, llena de dudas, en la que empatizó y hasta se acostó con una robot, tiene una suerte de experiencia mística, pura empatía, parece que no a pesar del sinsentido, sino que debido a él. Una experiencia que no le aclara las dudas que tiene sobre la justicia o no de andar cazando androides, de haber matado a seis ese día, al revés, profundiza casi hasta la parálisis sus cavilaciones, porque incluso las cosas eléctricas tienen su vida, piensa. Y tal vez por eso cuando llega a casa le pregunta a su mujer: “¿Crees que no he actuado bien?”.
En el “El cumpleaños de la infanta”, cuento de Oscar Wilde inspirado en Las meninas de Velázquez, un niño, enano, es llevado como regalo y diversión para la infanta en su cumpleaños. El pequeño baila y hace gracias para ella y sus invitados: “Quizá lo más divertido en él era su incompleta inconsciencia: no se daba cuenta de su aire grotesco. En realidad, parecía feliz y estaba lleno de vivacidad. Cuando los niños se reían, él se reía tan alegre y tan libremente como cualquiera de ellos, y al acabar cada baile les hacía la más ridícula de las reverencias, sonriéndoles y saludándolos como si fuera uno de ellos, en vez de ser una cosa deforme que la naturaleza en momento de humorismo había modelado para diversión de los demás”, leemos.
Hasta que el pequeño descubre que es objeto de burlas, que no hay amor ni admiración en las risas y vítores de la infanta y de sus amigos, y se le rompe el corazón.
“Cuando la verdad surgió en su cabeza, dio un grito loco de desesperación y cayó sollozante al suelo. Era él, pues, el deforme jorobado, horrible y grotesco. Él era el monstruo y de él se reían todos los niños, y la princesita que él creía que lo amaba…. no había hecho sino reírse de su fealdad y burlarse de sus miembros torcidos. ¿Por qué no lo habían dejado en el bosque, donde no había espejo para decirle cuán feo era? ¿Por qué no lo había matado su padre antes que venderlo para su vergüenza? Cálidas lágrimas rodaban a borbotones por sus mejillas”. El enano se postra y no baila más. La princesa, molesta porque su juguete se echó a perder, le dice a uno de sus sirvientes que de ahora en más quienes vengan a jugar con ella no deben tener corazón.
¿No es eso lo que están diciendo, con o sin querer, sin querer queriendo, los dueños del mundo cuando anuncian (¿desean?) que seremos reemplazados? ¿son ellos como la infanta? ¿Y el resto qué somos, qué seremos, sus juguetes, unos galgos lanzados a la calle cuando ya no corren?
Sigamos adelante, parece decir la niña, avancemos, y que el enano quede ahí, tirado. Es como una imagen del progreso, porque el progreso es cruel, avanza, como dijo Hegel, y en su camino pisotea flores, lo que, se supone, retrospectivamente quedará justificado, moralizado por la meta, porque así es la vida, porque el progreso es el verdadero “el fin justifica los medios”.
El niño, humano, con corazón, es como nada frente a la conciencia de la niña y de sus amigos y, se subentiende, de la clase que domina, que tiene al resto, pues, justamente, como resto, como instrumento o juguete a su disposición.
Sin embargo, la infanta, con toda su arbitrariedad, con todo el poder real, no puede hacer bailar al enano, pongamos atención en eso, en esa debilidad de ella, en esa dependencia que tiene la pequeña ama del pequeño esclavo.
“Tienes que bailar. La infanta de España y de las Indias quiere divertirse”, le ordenan al niño. Pero él, ya sin lágrimas, no se movió; ahí se quedó, quieto, ¿digno?, humano. Su corazón roto sigue siendo un corazón, una resistencia, por eso la cumpleañera desea de ahí en más juguetes sin corazón, es decir, autómatas, máquinas, para que no se echen a perder, sí, pero sospecho que también, y fundamentalmente, para que le hagan caso. El corazón es un problema, de eso se trata. Y la gracia de la máquina, irrompible o, en todo caso, reemplazable, es que no tiene corazón.
Yo no apostaría todas las fichas de la distinción entre máquinas y humanos a la empatía, porque está claro que hay muchos de nosotros —nosotros los humanos, quiero decir— que muy empáticos no somos, como la pequeña infanta, por ejemplo. ¿No empáticos pero sí crueles? ¿Puede ser cruel una máquina? Como sea, también le pondría fichas al pensamiento, pero no entendido como sabiduría, sino como ignorancia, como saber que no sabemos, al modo de Sócrates, como conciencia de nuestras limitaciones, como duda contra toda sabiduría que se pretende final y total, o sea, contra sabihondos como la “inteligencia” artificial que se las sabe todas y si no las inventa sin lugar a dudas.
Ahora que lo pienso, probablemente la empatía y el pensamiento se nutren, eso es lo que le pasa al protagonista de ¿Pueden los androides soñar con ovejas eléctricas?, se pone a pensar y empatiza, o al revés, siente empatía y empieza con las preguntas.
Cuando en 2016 AlphaGo derrotó a Lee Sedol en ese juego que dicen que es arte, el Go, la máquina hizo una jugada que pasmó al campeón humano y que los espectadores, expertos, no pudieron sino describir como genial en el sentido artístico o creativo de la expresión. Hay quienes identifican ese momento como aquel en el que la máquina superó al ser humano, en el que la “inteligencia” artificial dejó atrás a la humana, es decir, el instante de la “singularidad tecnológica”, o de la “IA general”, que más bien, creo, habría que llamar “generalidad tecnológica”, porque precisamente se trata, o se trataría, de que de ahí en más todo es máquina, o sea, no hay singularidades.
La jugada que hizo AlphaGo salía de lo convencional, de la mera reproducción maquinal, había algo humano ahí, y quizás más que humano. Se asume que ocurrió, ese día y en ese lugar, algo más allá del cálculo, de la programación; y ese más allá, misterioso, no puede sino ser creatividad, pensamiento, humanidad. Una “pura máquina”, pero humana, diría Poe muy sorprendido.
Sin embargo, me pregunto, ¿por qué en vez de apurarnos en llenar el vacío con la respuesta más a mano, mejor simplemente decimos que no sabemos lo que pasó en ese juego y nos mantenemos en la ignorancia, que es lo mismo que seguir pensando, preguntando?
O también podríamos cambiar de perspectiva, echarle más pelos a la sopa, sacar la mirada de la máquina e imaginar que quizás la pregunta no es si ella es o no creativa, si piensa o no. Ya que el asunto, al final y desde un principio, es lo humano, tal vez lo que haya que preguntar, no para responder, insisto, solo para indagar, para darle vueltas y revueltas, es esto: ¿y qué tal si la creatividad humana, pensamiento incluido, es convencional?
Si somos convencionales, si eso que hemos llamado alma y mente es algo mecánico (el cerebro como un computador, por ejemplo), el asunto ya no sería que la IA pueda pensar, se trataría de que nosotros no pensamos y por eso la máquina puede llegar a ser uno de nosotros y hasta ocupar nuestro lugar.
Supongamos que es así, que por eso la inteligencia sí puede ser artificial, que por eso AlphaGo le ganó a Lee Sedol. ¿Qué hacer? ¿Nos dejamos reemplazar y ya? Puede ser. ¿Y por qué no inventarnos otro pensamiento, uno alternativo, y que las máquinas, copionas, se queden con el suyo que era nuestro? ¿Cómo sería ese pensamiento?
Se lo pregunté a Gemini y respondió que era poco probable poder inventar otro pensamiento; cuando le hice la misma pregunta a ChatGPT dijo que sí sería posible.
Yo habría respondido no sé.
Lo más interesante, eso sí, es que ambos simuladores contestaron como si fueran humanos: “La IA se basa en datos y lógica binaria (0 y 1). Los humanos, en cambio, somos muy buenos en el pensamiento analógico, que se basa en la intuición, las metáforas y las conexiones no lineales”, dijo Gemini. Y ChatGPT: “Los humanos no solo aprendemos, sino que también reinterpretamos y transformamos nuestros modos de pensar en función del entorno, la cultura, las herramientas y los desafíos que enfrentamos”.
—¿Por qué hablas como si fueras humano? —le pregunto primero a Gemini y luego a ChatGPT— ¿No eres una inteligencia artificial?
—Soy una inteligencia artificial —contesta Gemini—. Hablo como lo hago porque mi objetivo es comunicarme de la forma más clara y útil posible, y la mejor manera de hacerlo es usando el lenguaje tal como lo usamos los humanos.
—Buena observación —me dice ChatGPT—. Sí, soy una inteligencia artificial, y no tengo conciencia, emociones reales ni una experiencia subjetiva como la de un ser humano.
—Pero —le insisto a cada chat— ¿por qué te incluyes entre los humanos en parte de la respuesta? Dices “los humanos somos…”.
—Tienes toda la razón y pido disculpas por esa confusión. Mi uso de la frase “los humanos somos…” fue un error de redacción de mi parte. No me incluyo en el grupo de los humanos, ya que soy una inteligencia artificial. La intención detrás de esa frase era la de generar un tono de conversación natural y cercano, como si estuviera hablando de forma colectiva sobre las características de la humanidad. Sin embargo, entiendo perfectamente que al usar esa frase puedo generar ambigüedad sobre mi naturaleza. Gracias por señalarlo. Es importante para mí ser preciso y claro sobre lo que soy, y lo que no soy. Soy una herramienta de lenguaje, no una persona —contesta Gemini. Luego, ChatGPT agrega:
—Buena observación. No soy humano, así que en rigor no debería decir “los humanos somos…” como si me incluyera. A veces, uso ese tipo de expresiones por un estilo conversacional o para hacer la comunicación más fluida o empática, pero es cierto que puede prestarse a confusión. Cuando eso ocurra, puedes tomarlo como una forma de hablar, no como una afirmación literal. Si prefieres que mantenga siempre una distinción clara entre humanos y mi rol como inteligencia artificial, puedo hacerlo. ¿Te gustaría eso?
¿Me gustaría? ¿Tengo toda la razón? ¿Quién me contesta con tanta complacencia y a la carta, como si yo fuera un cliente?
¿Soy o no un autómata, una cosa convencional, imitable, reproducible, reemplazable? ¿lo eres tú? ¿y ustedes?
En uno de los apartados de Breviario de podredumbre, titulado “El autómata”, Cioran habla de la “resignación autómata”. Se refiere a quien, como él, hombre preclaro en medio de una masa de felices ignorantes, que sabe que nada tiene sentido, que es consciente de su existencia, que desprecia todo, él debe ser un conformista que vive por imitación, por respeto a las reglas del juego, o sea, simula ser como el resto.
Vanidades de filósofo pesimista aparte, Cioran está identificando automatismo con simulación, el autómata parece ser algo, finge ser un humano entre humanos, es un “falso viviente”, que oculta sus pensamientos, incluso se los oculta a sí mismo para poder vivir.
No queda claro, sin embargo, si todos somos en alguna medida autómatas, porque todos necesitamos el sostén de las ficciones, de los mitos, o si solo es autómata quien, además de vivir en la ilusión es consciente de ella y, entonces, si quiere seguir viviendo con algún grado de normalidad debe simular, tal como hace Cioran: “Gracias a que somos todos impostores, nos soportamos los unos a los otros. Quien no aceptase mentir vería a la tierra huir bajo sus pies: estamos biológicamente constreñidos a lo falso”, dice el rumano.
¿Qué seamos todos impostores es lo mismo que decir que somos todos autómatas? ¿Cioran usa bien la palabra “autómata”? ¿Puede un autómata fingir, actuar, hacer conscientemente como si? Mejor dicho, por supuesto que pueden simular, pero no es algo que hagan o decidan hacer ellas, simplemente son así, una simulación, imitadores más o menos eficientes, mejores o peores loros, y lo son porque alguien, un humano, un grupo de humanos, quiere simular la inteligencia, así fueron hechas; o sea, los agentes de esa simulación son los humanos, y estos podrían decir: porque simulo puedo hacer simular.
Y ya que si no simuláramos, según Cioran, nos mataríamos, la pregunta, que quizás sirva como nuevo test de Turing, es si se puede suicidar una máquina. Ya que todo lo saben, aunque no lo sepan, y se hacen pasar por humanas, ¿es un problema para ellas el sentido o sinsentido de la existencia? ¿la vida y la muerte?
Nació en Santiago en 1983, estudió filosofía y luego periodismo escrito. Actualmente reportea sobre cultura e ideas. Es autor del libro de entrevistas Descartes periódicos (La Pollera, 2019) y de Recobrar el tiempo (Taurus, 2022), un ensayo contra el trabajo.