El supuesto de que William Shakespeare pudo haber escrito Hamlet pensando en su hijo Hamnet, fallecido en 1596 a los 11 años, tal como sugiere la novela de Maggie O’Farrell, Hamnet (2020), es históricamente imposible, pero no literariamente inverosímil. No hay registros que den cuenta siquiera si Shakespeare asistió o no al funeral del niño. En ese período se lo sitúa en Londres, inventándose un sobresueldo como prestamista y extorsionador -según dice la orden de restricción en su contra de octubre de 1596-, más preocupado de comprar una patente de hidalguía que de escribirle un poema a su hijo muerto.

Lo que hace imposible el supuesto de la novela Hamnet, es una cuestión cronológica: varios años antes de que apareciera el Hamlet atribuido a Shakespeare, ya existía en el teatro isabelino un drama con el mismo nombre, basado en la antigua historia del príncipe Amleth de Dinamarca. Me refiero al supuestamente perdido y anónimo Hamlet de 1589, conocido como el Hamlet original o ur-Hamlet, que, de acuerdo con la evidencia contemporánea, tenía los mismos personajes y la misma trama que el Hamlet de Shakespeare que llegó a la imprenta en 1603. Asumiendo que ni William Shakespeare, que en 1589 vivía en el campo y aún no escribía ninguna obra, ni la memoria de Hamnet, su hijo, tuvieron relación con el concepto original de Hamlet ¿en qué acierta entonces el supuesto de la novela?. Su hallazgo se encuentra en el subconsciente: intuye que Hamlet fue concebido como una tragedia-espejo, una obra con un sentido y un propósito autorreferencial, un gran drama-centro-del-drama. La enigmática presencia del autor en su obra recuerda la participación de Velásquez en su famosa pintura de Las meninas.

No es que queramos, de manera forzada, ver en Hamlet una dimensión personal de la vida de Shakespeare: es la misma obra la que, subliminalmente, nos lleva a vislumbrar sentidos ocultos, autobiográficos y en clave. Este es el corazón magnético e invisible de la literatura shakesperiana, y una de las razones silenciosas de su persistente y casi inexplicable atractivo. Ahora bien, ¿qué pasaría si el Hamlet que se le adjudica a Shakespeare, y es considerado su drama más importante, es esencialmente una copia del Hamlet de 1589?

Entre los registros, textos y referencias que dan cuenta del Hamlet original, están: {1} Las referencias del escritor y panfletista Thomas Nashe, en su Prefacio al cuento de Robert Greene, Menaphon, registrado el 23 de agosto de 1589, donde habla de “Hamlets enteros o, mejor dicho, puñados de parlamentos trágicos”; {2} La tragedia Der bestrafte Brudermord oder Prinz Hamlet aus Daenmark (Fratricidio castigado o Príncipe Hamlet de Dinamarca), ampliamente considerada como la traducción alemana abreviada del Hamlet original cuya fecha de composición es desconocida, pero contiene una referencia a la derrota de la Armada Inglesa en Portugal, en julio de 1589; {3} El registro del empresario Philip Henslowe, de una representación de Hamlet, el 9 de junio de 1594, interpretado por los Lord Admiral’s Men y los Lord Chamberlain’s Men; {4} La afirmación del escritor Thomas Lodge, en Wits Misery, en 1596, de haber visto Hamlet en el teatro The Theatre. A esto podemos agregar que, cuando en 1598, en Palladis Tamia, el crítico Francis Meres dio su lista de quince obras atribuibles a Shakespeare, no incluyó ningún Hamlet.

¿Por qué Nashe, y no otro, fue el primero en correr la cortina sobre el Hamlet original? ¿Qué ganaba con ello? Nashe había comenzado su carrera literaria como colaborador dramático del poeta y espía Christopher Marlowe. Se conocieron en la Universidad de Cambridge, donde ambos estaban becados: Nashe en St. John’s College y Marlowe en Corpus Christi. En ese contexto, en 1585, vino su primera colaboración: Dido, sobre la caída de Troya, publicado en 1594 y atribuido en su portada a “MARLOWE y Nashe, hidalgos”. Una vez que Marlowe se convirtió en un destacado agente del servicio secreto británico, a mediados de 1587, y fue contratado por el almirante Charles Howard para unirse a los dramaturgos anónimos de los Admiral’s Men, Nashe continuó colaborando con él, inicialmente, en las dos partes de Tamburlaine, escritas en 1587 y publicadas anónimamente en 1590, y en Dr. Faustus, escrito en febrero de 1588 y adjudicado a Marlowe en su primera edición de 1604.

El 31 de marzo de 1588, días después del debut de Dr. Faustus, Greene —el mismo que luego contrataría a Nashe para el prefacio de Menaphon— publicó Perimedes, el primero de sus ataques contra Marlowe y su clan. Se quejaba de que “dos poetas hidalgos” (Marlowe y Nashe) se habían reído de él en un drama (Dr. Faustus), con un estilo marloviano que se le había hecho “intolerable” y digno del sarcástico neologismo “blank verse” (verso blanco o vacío). Daba a entender que Marlowe era discípulo del filósofo hereje y ex-cura, Giordano Bruno, “el loco sacerdote del sol”, y amigo del explorador sir Walter Raleigh, “el ateo de Tamburlaine”. A sus admiradores, por último, los definía como “la progenie de la raza de Merlín”, todo lo cual sugiere que Greene sabía que el personaje de doctor Faustus, ficticio profesor de la Universidad de Wittenberg, Alemania, era una representación del doctor Giordano Bruno de la vida real, quien, en febrero de 1588, enseñaba en Wittenberg y estaba por dejar su puesto de profesor para dedicarse a la magia. Bruno había vivido y trabajado en Londres como espía anticatólico entre 1583 y 1585, y había sido miembro de la Escuela de ateísmo de sir Walter Raleigh, más conocida como la Escuela de la Noche, en la que Marlowe también participaba. El Discurso de despedida de Wittenberg de Bruno data del 9 de marzo de 1588.

Para mediados de ese año, el éxito de las dos partes de Tamburlaine y Dr. Faustus, tenían a la compañía de los Admiral’s Men en lo más alto del teatro isabelino. Su actor principal, Edward Alleyn, se consolidaba como el instrumento perfecto para interpretar los soliloquios y escenas trágicas de Marlowe, que, a su tiempo, Nashe sazonaba con sátira y amargas payasadas. Cuando el público pidió más material, vino El judío de Malta. Según una de las líneas de su prólogo, “Ahora que Guisa ha muerto”, Marlowe debió haber reclutado a Nashe para que le ayudara con esta tragedia, poco después del asesinato del fundador de la Liga Católica de Francia —y archienemigo de Inglaterra—, el duque de Guisa, el 23 de diciembre de 1588. La obra fue bien recibida, pero Marlowe no pudo celebrarlo como quería: el 14 de enero de 1589, y bajo cargos de herejía, el gobierno condenó a la hoguera a uno de sus ex compañeros de Corpus Christi College, el teólogo, médico y escritor disidente, Francis Kett. ¿Cómo se siente ver que, a tu amigo, con el que compartiste almuerzos y conversaciones, lo quemen públicamente por sus ideas? Kett no era un intelectual cualquiera. Entre sus herejías, estaban el arrianismo —que niega la divinidad de Jesús y que también profesaban Bruno y Marlowe— y el mortalismo, según la cual, “morir es dormir”.

Según la versión oficial, la ejecución de Kett no tuvo ninguna repercusión en la obra de Marlowe, excepto que, seis meses después del evento, Nashe, su principal colaborador, apareció hablando de una nueva tragedia llamada Hamlet. Y lo hizo en el prefacio a Menaphon, que es una carta del 23 de agosto de 1589 y titulada“A los hidalgos estudiantes de ambas universidades” (Cambridge y Oxford), cuya lectura nos da una idea precisa del público objetivo del Hamlet original. En ésta leemos:

Séneca en inglés, a la luz de las velas, te entregará muchas frases buenas. Y si le ruegas con gracia en una mañana helada, te proporcionará Hamlets enteros o, mejor dicho, puñados de parlamentos trágicos… ¿Qué se puede esperar de aquellos que lanzan los Campos Elíseos al infierno, si ni siquiera se han ejercitado en la justa medida del horizonte con un hexámetro? Y es que sólo les basta con garrapatear un verso blanco a la rápida, usando “si es ques” e “íes”.

Suele pensarse que en este texto Nashe le adjudica el Hamlet original al dramaturgo Thomas Kyd. Pero ¿por qué habría querido Nashe anunciar y elogiar el drama de un rival literario, al que veía como uno de esos que “garrapatean un verso blanco a la rápida”? Por lo demás, Kyd nunca escribió para los Admiral’s Men y, según el registro de Henslowe, fue esa, y no otra, la compañía que primero interpretó el Hamlet original. Mucho más sentido tiene inferir que, en su carta “A los hidalgos estudiantes de ambas universidades”, Nashe anuncia y promociona Hamlet porque es una joya en la que él mismo está colaborando, y con la cual quiere aumentar su reputación entre los círculos de la élite universitaria. Según la cronología, Hamlet (el Hamlet original) vendría a calzar perfectamente como la quinta tragedia en “blank verse” que Marlowe y Nashe co -escribieron para los Admiral’s Men, entre fines de 1587 y fines de 1589, y la quinta cuyo papel protagónico fue pensado para Alleyn.

¿De qué trataba el Hamlet original? Hay varios elementos de Der bestrafte Brudermord —traducción abreviada del primer Hamlet o ur-Hamlet— que no provienen de la historia medieval de Amleth narrada por Saxo y repetida por Belleforest, pero que sí fueron parte del Hamlet de 1589. Por ejemplo, que la acción comienza con unos centinelas en la noche; que el nombre del protagonista es Hamlet y no Amleth; que Hamlet estudia en la Universidad de Wittenberg, donde alguna vez vio un drama sobre Dido y la caída de Troya; que, al final, hay un duelo con floretes y estoques envenenados, tras el cual Hamlet y otros personajes terminan asesinados. ¿No son éstos también algunos de los componentes característicos del Hamlet de Shakespeare? ¿No eran Marlowe y Nashe autores de un drama universitario sobre Dido y la caída Troya?

Qué sugerente debió haber sido para las audiencias ilustradas de 1589, que Hamlet fuera un estudiante de Wittenberg, y tuviera nexos con Dr. Faustus y la biografía de Bruno. Ver el Hamlet original como la secuela bruniana de Dr. Faustus-era evidente para “los hidalgos estudiantes de ambas universidades”, pues Giordano Bruno había hecho clases en Oxford en 1583, y tres de sus primeros discípulos en la Escuela de la Noche venían de ahí: Walter Raleigh, John Florio y Thomas Harriot. Marlowe, el cuarto discípulo, se había titulado en Cambridge, la otra universidad referida en la carta de Nashe y, una década después, en la portada de la primera versión del Hamlet shakespeariano (Q1 Hamlet, 1603), donde se apunta que fue “actuado en las universidades de Cambridge y Oxford”.

Qué insinuante, autobiográficamente hablando, resultaba presenciar la escena del duelo que se sale de control al final de la obra. El 18 de septiembre de 1589, Marlowe vivió algo similar a la escena allí descrita: al llegar a la esquina de Hog Lane y Curtain Street, en Londres, fue atacado por un tal William Bradley, que buscaba saldar con su espada un problema que tenía con su amigo, el poeta y espía Thomas Watson. Marlowe desenfundó y se defendió reiteradamente, pero su agresor parecía determinado a matarlo. En eso llegó Watson, “alertado por el ruido de la multitud que allí estaba —según dice el reporte— para separar a Bradley y Marlowe, y así preservar la paz”. Pero cuando Bradley vio a Watson, quiso la guerra. Watson sacó su espada, combatió y recibió un par de cortes, y al final, salió victorioso con “una estocada mortal en el lado derecho del torso de Bradley, junto al pezón, con una profundidad de seis pulgadas, por la que Bradley murió instantáneamente”.

Si como todo indica, la mortal riña a sablazos que vivió y presenció Marlowe el 18 de septiembre de 1589, cuatro semanas después de que Nashe anunciara el surgimiento del Hamlet original, lo inspiró a inventar la escena del duelo al final de la obra, ¿cuál era el trauma que lo afligía cuando empezó a escribirla? La intuición de que, en el corazón de Hamlet, hay una herida autobiográfica, viene de los tiempos de Sigmund Freud, quien creía que Shakespeare había escrito Hamlet no sólo para procesar el dolor por la muerte de su hijo Hamnet, en 1596, sino también la de su padre, John, en 1601. Lo que Freud no sabía, era que el Hamlet de Shakespeare —en tanto que tragedia fúnebre, atormentada, heredera de Dr. Faustus, conectada a Wittenberg y al registro documental de Giordano Bruno— ya existía en el Hamlet de 1589. Mientras, por un lado, la vida de Shakespeare nada tuvo que ver con el diseño fundamental de Hamlet, por el otro, la primera mención de una obra llamada Hamlet, ocurrió seis meses después de que Marlowe sufriera uno de los traumas más dolorosos de su vida: la ejecución en la hoguera de su excompañero hereje de Cambridge, Francis Kett (14 de enero de 1589), de la cual, “los hidalgos estudiantes de ambas universidades” —público objetivo del drama en clave— habrían estado muy conscientes.

Hay otros indicios que iluminan esta tesis. Así como en Der bestrafte Brudermord, Hamlet alude al fracaso de la Armada Inglesa en Portugal (“Simplemente envíenme a Portugal, para que no pueda regresar jamás”) cabe suponer que fue esa la coyuntura que sirvió de telón de fondo al Hamlet original y el sentimiento colectivo de malestar al que apeló inicialmente la tragedia. El desastre de la Armada Inglesa, donde murieron casi veinte mil soldados, fue la peor derrota militar del reinado de Isabel I, y dio paso a un estallido social en Londres, que llegó a su punto más crítico el 15 de agosto de 1589, cuando los que habían regresado de la malograda expedición, enrabiados y hambrientos, se amotinaron blandiendo sus armaduras en torno al palacio de la Bolsa de Comercio. A la mañana siguiente, el gobierno decretó estado de emergencia y ordenó el despliegue de centinelas, día y noche, para apresar a los violentistas y llevarlos a la horca. Hitos que, al conectarlos entre sí, como lo hago en mi libro La invención de Shakespeare (2025), iluminan aspectos de Hamlet que parecían insondables. Si el amotinamiento en la Bolsa fue el 15 de agosto de 1589, y la primera mención de la obra, el 23 de ese mismo mes, entonces, Marlowe y Nashe, autores ocultos de Hamlet, seguramente se sentaron a escribir el drama más influyente de Occidente la noche del 16 de agosto de 1589, en las primeras veinticuatro horas del estado de emergencia anti-estallido. Esa noche es también el momento simbólico en el que arranca la tragedia, con el diálogo de los centinelas, protegiendo el Castillo de Elsinor de una revuelta que no se nombra, pero que, para las audiencias inglesas de ese entonces, era reconocible, encontrando en Hamlet, nada más ni nada menos que un espejo.

 

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