Javiera Tapia

Cuando era una adolescente en la isla de Tenerife, a Sabina Urraca se le aparecieron seres mitológicos. Así los describe ella: “eran como una magia”, dice. “Había un grupo de perros que iban solos por la calle. Esto ahora no existe en España, es muy difícil ver perros solos, pero en aquel momento había un montón, a veces entraba alguno al patio de mi colegio. Pero este era un grupo de perros muy diferente y aparecían por la calle corriendo a toda velocidad. Tú los veías pasar y pensabas ¿qué van a hacer? ¿Adónde van? Como con la actitud de ‘tenemos mucha prisa, perdón que no saludemos’”. Esos perros se transformaron en su obsesión, dice, y “cuando salió Google Maps y podías ver y pasear por las calles de los lugares en los que habías vivido muchas veces o lugares que no conocías, pensé que Google Maps debía haberlos fotografiado. Me puse a buscarlos y no los encontré. Pero para mí son una figura mítica de algo que estaba muy presente en mi vida, que aparecían cuando estaba con mis amigas ahí, a los 15 años, en la calle, tiradas. Nos rodeaban y seguían”, cuenta.
Lo más divertido de conversar con la escritora y editora Sabina Urraca es, quizás, lo mismo que divierte al leerla: saber cómo observa el mundo. Cómo lo cuenta. Es por eso que dedicar un buen rato de una charla con ella a los perros, no es un asunto trivial. El primer encuentro y la relación con Murcia, su perra, a la que encontró hace diez años en el sur de España, dice, es más fuerte que cualquier historia de amor que haya vivido en su vida. Iba caminando cerca de un polígono industrial cuando la vio por primera vez. “Ella se acercó, yo intenté espantarla, pero se me sentó encima y me miró. Eso no tiene vuelta atrás ¿no?”.
En Las niñas prodigio (2017, Fulgencio Pimentel), ya aparece una perra. La protagonista mira por la ventana de su casa y siente una intensa identificación con el animal. “Hay un grupo de perros, pero ella se identifica con una en concreto, que cuando va a comer carne de una lata que está ahí, vieja, se hace daño en todo el hocico y ella dice, igual que yo, con la vida, con las cosas”, cuenta Sabina. La Perra también es un personaje en su última novela, El celo (2024, Alfaguara) y más de una también son personajes en Escribir antes, publicado en España por Comisura; en Argentina como Diario de novela, por Bosque Energético y recientemente en Chile, por Los Libros de la Mujer Rota.
Días antes de llegar a Chile para participar en la Cátedra Abierta en Homenaje a Roberto Bolaño de la Universidad Diego Portales y también en La Furia del Libro, tenemos una conversación a distancia. Hoy, mientras termino de escribir esta entrevista, me dice por chat, ya estando en Chile, que está comiendo por primera vez una cazuela. Un rato antes, me apareció en su cuenta de Instagram —donde sube fotos y cuenta historias que realmente no importa si son reales o no— una foto de un paquete de De Todito, un snack que mezcla, evidentemente, de todito. Sus textos, la forma de contar lo que cuenta mientras habla e incluso lo que registra con la cámara de su teléfono, dan cuenta de una persona que por sobre todo es curiosa.
“La atención y la curiosidad se me dan en todas las facetas de la vida, aunque hay temas en los que me empiezas a hablar y directamente mi cerebro se apaga, pero luego, por contra, en otros temas, en otras cuestiones, me intereso mucho. En general, siento mucha curiosidad hacia las vidas de la gente, las cosas que me cuentan, las historias, las frases que dicen. Tengo una atención constante al mundo, que para mí es como una forma de vivir muchísimo más divertida. Me parece imposible vivir de otra forma. Para mí, la curiosidad es lo contrario de la depresión, siempre lo digo. Ahora que en Madrid y en muchas ciudades se está produciendo todo este problema con la vivienda, que es una situación horrible que sale en pesadillas, sale en terapia y sale en conversaciones todo el rato, he captado muchas veces que el momento en el que se pierde la curiosidad por el mundo y estamos ocupados solo de una supervivencia muy básica —que es inevitable, pero resulta aterrador y descorazonador—, pienso: esta persona ha dejado de sentir curiosidad y yo sé que se está acercando a la depresión. Para mí es muy fácil ver eso a través de la falta de curiosidad. Yo algunas veces me obligo incluso a no perder eso, como que en cuanto observo en mí una especie de desgana, me digo, espolea un poco, porque esto va a hacer que te interese más y va a hacer que te diviertas más y va a hacer que estés de alguna forma más apegada a la vida. Esa atención sobre ciertas cosas, creo es mi forma más grande de apego a la vida”.
Aún cuando no es la única, la curiosidad es importante tanto para escribir como para ser editora. Y ese rol ha ejercido en el sello Caballo de Troya durante la temporada de 2023 y 2024, sacando adelante títulos como Borracha menor de Sofía Balbuena y Leche condensada, de Aida González Rossi y también como editora de los muy leídos Panza de burro (2020, Barrett) de Andrea Abreu y Seismil (2025, Niños gratis) de Laura C. Vela. Pero su relación con la escritura, la lectura y los libros supera los roles estáticos. Se mueve como una niña en un parque de juegos. La edición de Escribir antes de Comisura en una prueba de ello. Un libro híbrido, con fotos, partes escritas a mano y borrones en medio. En todas las ediciones de este título, hay cambios, dice. “Ahora saldrá una edición en México que se parece más a la versión chilena, pero siempre hay cambios”, adelanta. Porque siempre se puede jugar más.
“Para mí es súper importante, por ejemplo, no sacar libros solo en grandes editoriales, sino diversificar las publicaciones. Además que yo creo que si publico un libro en Comisura, eso le hace bien a Alfaguara, y a Comisura le hace bien que yo haya publicado una novela en Alfaguara, porque son diferentes públicos los que van a llegar a esos libros y algunas veces, pueden pasar y conocer a la otra editorial. Me interesa mucho lo de diversificar y, por supuesto, nunca dejar de publicar en pequeñas editoriales”, dice.
En Escribir antes, una de las primeras ideas que aparece es la de la parálisis frente a esa escritura que se puede hacer en un lugar idílico. En este caso, en Sanià, de la Residencia Finestres. Sobre esa idea de haber podido encontrar por fin una situación ideal para escribir, pero en realidad, darse cuenta de que se necesita al mundo para hacerlo.
“A ver, Sanià es un lugar absolutamente maravilloso. He estado en otras residencias, que son maravillosas también, y debo decir que mi tipo de escritura y mi temperamento se mueven mejor en un lugar un poquito más cutre, digamos. En lugares un poco más austeros. Sanià es un lugar de un lujo muy refinado y es un lugar muy, muy bello. Yo allí escribí mucho y en todas las residencias termino escribiendo mucho. Pero es verdad que me doy cuenta de que está esta cuestión del lugar… Pasa en todas las residencias en general. Cuando te imaginas que en un momento de tu vida vas a tener todo el tiempo del mundo para escribir, te pones a fantasear con eso y con que vas a estar en un espacio maravilloso que propicia la escritura y entonces llegas a ese lugar maravilloso frente al mar, te sientas en tu escritorio y entras en absoluto pánico. Porque dices y ¿ahora qué? Soy una impostora absoluta ¿qué es esto? Yo siento que escribo mejor cuando no me doy cuenta de que estoy escribiendo. Lo intento hacer sin pensar mucho, lo intento hacer un poco como hablo en Escribir antes, desde el juego, estando lo más cerca posible mi alma y mi mente a ese momento en el que yo era pequeña y escribí un cuento para divertirme y ya está. Sin ningún tipo de ambición. Pero claro, desde luego Sanià, que es una residencia tan importante y revestida de tantas cosas, yo pensaba que me iba a explotar la cabeza. Entonces, sí que escribía allí, pero mi escritura está más relacionada en realidad con estar en el metro, estar en el bus, en el parque con mi perra”.
Sabina habla y de pronto me muestra el fondo del lugar en el que habla, a través de la cámara. Levanta los brazos como diciendo, “mira”. “Estar aquí es un lujo para mí. Esto no es mi casa, es mi local, está en mi calle. Lo tengo desde hace poco y mi escritura ha cambiado de pronto, porque por primera vez en mi vida tengo un lugar de trabajo. Yo antes trabajaba en mi salón”, dice. Es un lugar pequeñito, pero suyo, para poder escribir. “Era la antigua frutería y huevería de mi calle. Con el frutero y huevero nos hicimos amigos porque yo era una gran clienta suya y era un lugar muy favorito mío. Y él se jubiló y ahora lo tengo yo, entonces, simplemente vengo aquí a trabajar. Eso cambia mucho todo. Ya hubo un terror incluso en este espacio”, cuenta.
Dice que se gastó un montón de dinero en arreglar las humedades, en hacer la remodelación y “en el momento en el que tenía que empezar a trabajar aquí por primera vez, mi propio espacio solo para escribir, solo para leer, tuve unos días de pánico absoluto y yo no se lo decía a nadie, pero dentro de mí pensaba, y ¿si aquí no funciono? Esta idea del cuarto propio, del lugar sacrosanto de la escritura, en realidad es una mentira. Y a mí lo que me va es escribir. Siempre estamos escribiendo a pesar de la vida, con la vida, en contra de la vida. Nunca vas a sacar tiempo, nunca vas a tener tiempo. La vida siempre va a estar. Siempre te vas a estar tropezando con cosas de la vida en ese momento. Entonces, yo creo que hay que escribir en todos lados y de cualquier forma. La magia sucede todo el tiempo, si estás atenta”.
—Escribir antes no es un diario al uso, sino una construcción a partir de tu diario. Eso me parece interesante porque allí entra la pregunta de qué es lo que decidimos mostrar. En tu caso ¿qué has decidido mostrar aquí?
En ese sentido, el libro es una ficción completa. De hecho, falta un verano entero en medio, un verano en el que encima tuve un problema en un ojo, un verano complicado. Y yo pienso, esto es absolutamente mentira. Estaban sucediendo cosas que igual en el libro aparecen un poco, levemente, pero no se llegan a contar. Como el problema con los padres, por ejemplo. Y de hecho, saqué cosas que jamás podría contar en público. Yo soy muy celosa de mi intimidad en ese sentido. Entonces, sí que era consciente de que tenía que estar todo lo que tuviese más o menos que ver con la escritura y lo que hiciese referencia a esta obsesión que me entró en aquel momento por volver a la escritura de la infancia, volver a esa escritura primigenia, en la que yo no tenía ni que sorprender a nadie, ni que dar cuentas a ninguna editorial, ni a mí misma. Que lo hacía solo para estar escribiendo en el momento, por el placer presente de estar escribiendo y que luego era un papel que quizás tiraba. Esta idea, que me sigue obsesionando, en aquel momento aparecía todo el rato.
Yo no me habría permitido contar esas cosas tan cotidianas si no hubiese leído previamente muchísimos diarios de mucha gente y me hubiese dado cuenta de lo importante que es para mí, por ejemplo, Diario del dinero de Rosario Blefari. O La novela luminosa de Mario Levrero, o Rafael Chirbes, que me dejó atrapada. Y pensé en no intentar dar una historia enorme, sino en poner en juego las mayores tonterías, la cotidianidad más tonta. Ponerla ahí para ver qué pasaba. Me permití por primera vez hacer un libro sencillo, que yo soy súper barroca escribiendo, me complico mucho.
Es verdad que en Escribir antes hay una ligereza que en sus libros anteriores no está. Pero inevitablemente esta lectura me hizo pensar en los tiempos en que Sabina Urraca era una chica de internet que escribía vivenciales y artículos en VICE. Aún cuando no son exactamente lo mismo, era también una escritura en una relación directa con su contexto, una observación del mundo dispuesta en palabras de manera mucho más directa. “No le llamaría periodismo a eso, porque yo ahí ficcionaba también. El material era real siempre, pero, por ejemplo, recuerdo un artículo que era acompañar en su día a día a mujeres que trabajaban limpiando casas y terminé juntando a varios personajes en uno. Hice una trampa literaria: agarraba de cada una las cosas que más me gustaban para construir el personaje que a mí más me servía para la historia, sin que resultase utilitarista para hablar de una situación precaria de una mujer, sino simplemente detalles de las vidas que me gustaban. Al principio intentaba ser muy rigurosa pero luego pensé, qué tontería, yo puedo hacer lo que quiera. En el diario también hago eso. A mi pareja, a mis amigos siempre les digo, si me pasa cualquier cosa, sepan que en mis diarios hay ficción. O sea, que cuidado, porque no son la verdad. En mis diarios empiezo a escribir de una forma sincera y de pronto, en un momento dado, empiezo a cambiar algo. Si veo una escena por la calle y me parece más interesante de un modo, la cuento directamente de ese modo. Y eso está tanto en ese periodismo y en los diarios, que son dos géneros que se supone que dicen la verdad. Y en mi caso, es mentira”.
—Escribir antes era un juego, algo que se hacía solo en el presente, algo de lo que nadie esperaba nada ¿Has podido volver a ese lugar? ¿A escribir como antes?
Sí, en el diario, sobre todo. Y ahora cada vez más. Ahora, por ejemplo, me han pedido un cuento, pero es para un catálogo de arte, sobre una pieza en concreto de una exposición.
Y yo estoy haciendo un artículo periodístico de ficción. Es una periodista que va a un pueblo a investigar una cosa y es mentira, es como si fuese yo, pero es mentira, no existe ese pueblo, no existe esa tradición, es todo un cuento de ficción.
Ahora también estoy escribiendo guiones y, esto es muy importante, escribo con otras personas. Y esto es lo más parecido a juntarte con tus amigas a jugar a los muñequitos y montar todo ese universo inmenso. Lo que pasa es que la diferencia es que cuando éramos pequeñas montábamos el universo, jugábamos y en un momento dado nos decían que había que parar de jugar y ese universo se borraba. Era una ficción efímera y no teníamos apego de autoras. A veces decíamos está bien, lo dejamos aquí y mañana seguimos, pero eso era muy difícil. Muchas veces eso era una ficción de un día que desaparecía, no quedaba registro, ni firma, ni autoría, ni nada, y la olvidabas prácticamente. Yo recuerdo pocas de esas ficciones. Entonces, para mí escribir un guion con otra persona es como quedar a escribir con una amiga. Antes de empezar a escribir con ellas no eran amigas mías, o sea, era una relación laboral que se iniciaba y entonces en el proceso te vas haciendo amiga, es curioso cómo jugando a eso se va alcanzando ese grado de intimidad y luego también cómo escribir con otra persona se parece muchísimo al juego infantil. Muchas veces me veo incluso en esa gestualidad. Allí veo algo infantil, veo una cosa muy de estar tan dentro del juego y de la ficción que no me acuerdo del mundo exterior. Escribir con otras personas me parece algo superior. Y es lo más parecido, quizá, al escribir de antes que hago ahora.
Javiera Tapia Flores (Chile, 1988) es periodista cultural, escritora y editora. Ha trabajado en medios como POTQ Magazine, Rockdelux, Palabra Pública, El País, L’Officiel Chile y diversos proyectos independientes. Es autora de Es difícil hacer cosas fáciles (Los Libros de la Mujer Rota, 2017) y Amigas de lo ajeno (Planeta Chile, 2020), dos libros donde profundiza en la música popular chilena desde perspectivas críticas. Su trabajo periodístico y ensayístico se centra en el cruce entre música, literatura, feminismos, política y memoria. No tengo que ganar. Mi verano con Diamela Eltit fue publicado en 2026 en Tusquets.