La portada es una fotografía de Carla Mackay.
La portada es una fotografía de Carla Mackay.

Tengo que advertir algo, aunque, tal vez no sea apropiado comenzar por una conclusión: Soledad Bianchi no da puntada sin lectura, y me temo que no da lectura sin puntada. Y como prueba fehaciente de lo que afirmo, esgrimo el libro que acaba de publicar: Entre puntos de lectura (Seix Barral).

Mientras lo leía, traté de desenmarañar la madeja con que Bianchi ha urdido este relato, porque es un relato sinfónico con incontables voces, instrumentos y entonadas melodías a todo ritmo. Para ello, se me ocurrió hacer una lista con las entradas:

Punto de arranque, punto torcido, punto combinado, punto de vista, dar el punto, punto extendido, punto de lectura, punto a tejer, punto de muestra, punto básico, punto de apoyo, punto de reunión, hacer el punto, puntada, hoja de ruta, hojeando, vuelta de hoja.

Y cuando llegué ahí, pensé: ya tengo el hilo, la autora volverá a un punto de partida desde donde desencadenar otro vendaval de citas, contra-citas, matices, contrapuntos como la mejor música barroca. Nada de eso. Soledad Bianchi, la sagaz Soledad Bianchi, rebaraja el naipe y vuelve a combinar los puntos de lectura según lo que los textos sugieren o según su prodigiosa memoria y su libertad asociativa. Porque la curiosidad de la autora queda demostrada en su constancia en leer signos por donde pasa: una biblioteca, la esquina de su casa, una fuente de soda, una galería de arte, un folleto, un grafiti, todo lo lee.

Muchas veces, el punto de partida es un invitado estelar; otras veces no tanto. Cual Virgilio, nos pasea por un verdadero paraíso de referencias: María Moliner, George Steiner, Albert Camus, Ricardo Piglia, Ovidio, Janet Malcolm, Sor Juana, Mariana Enríquez, John Armijo —entrenador de fútbol de Melipilla—, Marcela Cubillos… sí, Cubillos. La democracia lectora tiene este tipo de sorpresas.  Y así sigue. Tan pronto se detiene en la solapa de un libro como en una máxima de San Agustín. Y como podrán imaginar quienes la conocen, no podían faltar José Alfredo Jiménez, que se cansó de rogar en su bolero inmortal, y Los Ángeles Negros.

 

En una de sus muchas “hojas de ruta”, la autora confiesa: “Acúsome, padre, porque leí más escuchando que leyendo con los ojos”. Y ahí entramos al corazón del libro, leer con todos los sentidos, como si la lectura fuera un banquete.

 

Con lo dicho, podría parecer que estamos ante un libro disperso. Sin embargo, la brillante pluma de Soledad Bianchi hace que nada aquí sea caprichoso. Si Mallarmé sostuvo que “Todo en el mundo existe para terminar en un libro”, Entre puntos de lectura parece doblar la apuesta para proponer algo aún más ambicioso: que todo en el mundo existe para provocar una lectura.

Se habla, se conversa, se piensa, se lee, se vive; pero nada de eso ocurre en compartimentos aislados, sino en un flujo continuo donde cada dimensión alimenta a la otra. Es desde ahí —desde esa circulación viva— desde donde surge la original propuesta de una lectura sensorial. Y si hay algo que distingue a Soledad Bianchi es, precisamente, la originalidad.

Entre puntos de lectura es la expresión coherente de su forma de estar en el mundo y de producir conocimiento. Un rasgo que ha atravesado toda su vida y trabajo intelectual. Y subrayo que no digo “trabajo académico” porque justamente esa apertura de Bianchi rompe moldes y desarma límites sin renunciar al rigor. Para decirlo en corto, en su universo pueden convivir amistosamente y sin jerarquías mayores, Jacques Derrida y Elvis Presley, por ejemplo. Y esa convivencia no es antojadiza: muestra que el sentido se construye en múltiples niveles y lenguajes. Así, el conocimiento se vuelve situado y más cercano a la complejidad de la experiencia humana.

Pensemos en la ciudad. La ciudad también se lee. Desde la arquitectura hasta el tránsito —vehicular, humano, animal—, desde las plazas hasta los monumentos, desde sus desigualdades hasta sus permanencias. Bianchi mapea la ciudad con chispeza, con una atención especial a lo peculiar. Me resultó especialmente sugerente su lectura de una imagen callejera de Pedro Lemebel que permaneció durante años en un muro del centro de Santiago. Bianchi observa cómo la imagen fue rayada, intervenida, borroneada en el tiempo, y cómo cada intervención añadía nuevas capas de sentido.

 

Leyendo esa hermosa frase de Violeta Parra, citada en el libro, que dice que “la canción es un pájaro sin plan de vuelo, que odia las matemáticas y ama los remolinos”, me pareció que Entre puntos de lectura también odia las matemáticas y ama los remolinos.

Porque la escritura de Bianchi no parece muy interesada en la famosa idea aprendida en el colegio de que entre dos puntos la línea recta es la distancia más corta. Los puntos de lectura de Bianchi harían a Euclides tomarse la cabeza a dos manos. Aquí las ideas avanzan girando, deteniéndose, cruzando de vereda, volviendo atrás, inventando atajos. Hacia el final, encontramos la confesión de partes de la autora, cuando se declara una flâneuse que deambula por las líneas, se detiene en las pausas o no las respeta, completa intervalos, descubre trayectos, tiende y corta puentes, vaga, lee y escribe.

Como una hebra flexible, como un quipu me atrevería a decir —del que por cierto se habla aquí como una de las formas no fonéticas de escritura—, Bianchi propone una novedosa forma de lectura. O en palabras de ella “un divagar fluctuante entre lo concreto, lo imaginado y lo deseado que lleva a criticar, interrogarse, imaginar, ir y volver a las dudas, enlazándolas, leyéndolas, sin aspirar a totalidades ni respuestas definitivas, limitándose a vincular fragmentos, curiosidades y explosiones de sentido”.

Esta fragmentariedad no le impide construir territorios temáticos. Se habla de la lectura, por supuesto. Pero se habla de bibliotecas, alfabetos, oralidad, libros prohibidos, censura, analfabetismo, lenguas en extinción, braille, diccionarios, cartas, smartphones, librerías, ciudad, inteligencia artificial, entre otros.

Y cuando pensamos que hemos llegado a un “punto y aparte” en alguno de estos temas, Bianchi vuelve a abrir la conversación con otra pregunta. Por ejemplo: ¿pueden considerarse analfabetos los pueblos sin escritura fonética? Tal vez no tenían alfabeto, se responde, pero sin duda leían el mundo. Y lo argumenta con una bella imagen: los pueblos originarios en el extremo sur leían la lluvia.

 

El zurcido singular de este libro estimula algo poco frecuente: el deseo de entrometerse para asentir, discrepar, ejemplificar. Cuando habla de pérdidas de manuscritos y cuenta el robo de una maleta con escritos de Hemingway, recordé el caso de Bryce Echenique, que tuvo que reescribir Huerto cerrado, tras extraviar los originales. Seguramente cada lector o lectora irá agregando sus propias puntadas a este tejido mientras lee. En las páginas finales, esta convicción se profundiza cuando aparece Juan Luis Martínez para decirnos que “La literatura es un gran espejismo donde los muchos autores y los muchos libros terminan por ser un solo texto sin autor. En esta instancia de escritura anónima y plural el lector sería el verdadero y único autor”.

 

Entre las muchas cosas que aprendí leyendo este libro está la existencia de una curiosa farmacia literaria en Florencia, una librería que recomienda libros según el estado de ánimo del lector. Me parece una imagen hermosa y hasta necesaria hoy: la lectura como forma de cuidado. Si yo fuera facultativa en esa farmacia, recetaría al menos 30 páginas diarias de Entre puntos de lectura a todo el que entre. Porque lo que estaría prescribiendo es una forma de volver a uno mismo y de recuperar algo de esa libertad interior, amenazada cotidianamente. Porque este libro humaniza. Propone una relación más atenta y lúdica con lo que se lee. Con él ajustamos la mirada de lo que nos rodea y de nosotros mismos. Se detiene, interpreta, duda, conecta. La lectura deja de ser un ejercicio mecánico y se vuelve un espacio donde se ponen en juego el pensamiento crítico, la capacidad de interpretar y la sensibilidad frente a otras experiencias y contextos. Me gusta todavía más la incertidumbre que asocia al proceso de comprender. En lugar de conducir a conclusiones, abre preguntas y deja márgenes. Un espacio abierto, donde el conocimiento es parcial y revisable, y donde es posible reconocerse en esa falta de certezas.

 

El método Bianchi es, además, contagioso, se parece mucho —mucho— a la vida y se asemeja a la verdadera conversación. Decía que lo dicho me lleva al convencimiento de que hay aquí también un autorretrato.

Aparecen episodios vitales como su participación en campañas de alfabetización durante el gobierno de Frei Montalva, bajo la inspiración de Paulo Freire y su pedagogía de la esperanza —qué falta nos hace hoy esa consigna—. Sumada a esta y otras historias personales, está la huella digital de Soledad en cada cita, en cada pregunta. Estamos ante una autobiografía intelectual particularmente original. Inteligente, sí, pero también entretenida. El humor no está ausente: asoma la mirada burlona de, entre otros, Les Luthiers o Mafalda, de quien se recoge aquella escena cuando ve a su padre consultar un grueso diccionario y luego reponerlo en el estante. Entonces la niña lo increpa: “Así nunca vas a terminar de leer un libro tan gordo”. Contrapuntos irónicos que dialogan sutilmente con el propio gesto crítico del libro.

Dice Bianchi que decía Martín Cerda que decía Franz Kafka que hay libros que muerden y punzan. Pues bien, este es uno de ellos.

Y tengo la impresión de que sus 378 páginas son apenas la punta del iceberg. El archivo de Soledad Bianchi debe ser muchísimo más vasto. Me ilusiona pensar que vendrán más libros, sobre todo porque este termina con dos palabras que son casi una promesa: “A seguir”.

 

Tal vez he dado demasiados giros para demostrar que Soledad Bianchi no da puntada sin lectura y, lo que es más importante, que con su afán contribuye a ensanchar el espíritu. Quizás sea más fácil decirlo parafraseando a Violeta: con este libro Bianchi nos ayuda a “descifrar signos / sin ser sabios competentes”. O sea, Soledad vuelve a los 17 y, lo que es aún mejor, nos lleva a todos en ese re-volver.

Y entonces pienso —usando la imagen acuñada por Borges— en nosotros los lectores, como “cisnes tristes”: criaturas que avanzan sobre la superficie del lenguaje en aparente calma pero moviéndose sin cesar bajo las aguas.

                               Entre puntos de lectura es, precisamente, un tributo a esos enigmáticos cisnes tristes que somos todos los lectores.

Cecilia García-Huidobro McA.

Periodista, Profesora de Castellano y Magíster en Literatura, Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha estado a cargo de la edición de textos de autores José Donoso, Vicente Huidobro y Carlos Morla Lynch. Autora junto a Paula Escobar de “Una historia de las revistas chilenas” 2012.

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