La paradoja del origen

Imposible entender la obra de Alfredo Bryce Echenique (1939-2026), —y al propio Bryce Echenique, por supuesto, que siempre es más o menos lo mismo—, sin referir a los conflictos de clase que marcan la historia de nuestros países.

La aparición de Un mundo para Julius, a comienzos de los años setenta, fue en sí misma una paradoja social y política que desconcertó al campo cultural de la época. Para entonces Bryce ya vivía en París, el libro fue publicado en la España de Franco y terminó premiado en el Perú por el gobierno revolucionario de Velasco Alvarado, un militar piurano que de niño trabajó como lustrabotas.

La novela, se sabe, cuenta la historia de Julius, un niño rico y solitario que deambula por la mansión de su familia, en la limeña avenida Salaverry, donde se siente más cercano a los cocineros, choferes y nanas que a su propio entorno familiar.

Quizás si con un poco de apuro y optimismo revolucionario la novela se leyó como una furiosa crítica a la oligarquía peruana, un mundo que parecía vivir su desmoronamiento evidente y definitivo. Era, además, un juicio que venía desde adentro, de alguien que había escapado de esa tutela que todo el país estaba en proceso de dejar atrás.

Ese gobierno, que implementó una de las reformas agrarias más profundas del continente, nacionalizó el petróleo e inició un proceso similar de la banca —todas medidas que afectaron directamente a la familia de Bryce— recibió en el Centro Cívico, en octubre de 1972, a la ilustre dama peruana, Elena Echenique Basombrío, madre del narrador, quien a nombre de su hijo aceptó el Premio Nacional de Literatura de manos del general Alfredo Carpio Becerra, entonces ministro de educación.

Un tipo de paradojas que siempre divirtió mucho a Bryce, quien después contaba que Velasco, entre copa y copa, alguna vez le ofreció elegir la embajada a la que le gustaría ser designado. Sin tomárselo muy en serio, Bryce mencionó Venecia pero, al no existir tal destinación, el ofrecimiento quedó en nada.

Lo cierto es que Bryce estaría siempre lejos de cualquier compromiso político… Aquella intuición de Julius sobre una verdad más profunda que no estaba en los deslindes de su vida familiar, esa “extraña fascinación” que el mundo popular ejerció en su particular sensibilidad de niño, atrapado en un huerto donde “se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor”, nunca se expresó en Bryce como el fuego del converso; no hubo furia ni voluntad política en su descripción de los ricos limeños y su desconexión de la realidad peruana.

Bryce, que había partido a los veinticinco años del Perú y que no volvería sino hasta sus sesenta, estaba ya en Europa cuando, en 1964, apareció Lima la horrible, ese demoledor ensayo en el que Sebastián Salazar Bondy, con imaginación sociológica y furia poética, emprende una minuciosa operación de desmontaje de aquella idea autocomplaciente de la oligarquía limeña que quería ver y hacer ver la ciudad como un refugio de virreinal elegancia y orden, con finas costumbres y tradiciones que alegraban la vida cotidiana. Toda una escenografía armada para ocultar la miseria, el racismo y la explotación estructural que contaba, además, con la complicidad activa de un aparataje cultural y literario que la celebraba.

 

Un pez fuera del agua

El niño Julius abandonó la mansión en el distrito de San Isidro y el choque con la realidad de la calle, lejos de llevarlo a tomar partido, lo empujó a una indefinición que sería su sello y su coraza, el pez fuera del agua que ya no es parte ni del mundo donde nació ni del fango amalgamado al que fue a parar. Construye desde ahí una identidad que lo condena a una suerte de soledad ontológica, y la mofa triste y melancólica a su origen opera como una mediación afectiva entre ese mundo que se desmorona y el mundo popular que lo deslumbra.

Manolo, el personaje que se repite en los cuentos de Huerto cerrado (1968), es la representación multiforme de una misma manera de habitar el mundo, parado al borde de una estructura social que se desvanece entre niebla limeña. Manolo es, indistintamente, un adolescente que experimenta en el Country Club la maravilla y el infierno del primer amor, un joven que vive la impotencia de no ser igual a sus amigos del colegio, o un peruano solitario que pasea por Roma tratando de que no se le escapen los recuerdos.

Este último Manolo bien podría ser el propio Bryce recién llegado a Europa: “No bailaba en las fiestas: era demasiado alto. No hacía deportes: era demasiado flaco, y sus largas piernas estaban mejor bajo gruesos pantalones de franela. Alguien le dijo que tenía manos de artista, y desde entonces las llevaba ocultas en los bolsillos”.

Aunque Huerto cerrado es anterior a Un mundo para Julius, se puede leer como una especie de laboratorio en el que el autor ensaya las formas y temas que le otorgarán el sello inconfundible de un estilo. El deslumbre de Julius por el espacio del servicio doméstico se proyecta en esos cuentos hacia los bares del centro, los prostíbulos y los patios de la universidad pública. Bryce contó muchas veces, y de distintas formas, cómo su padre lo hizo desistir de viajar a Europa apenas egresado del colegio y lo empujó a estudiar derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, “el pulmón del Perú”, donde respiraría por primera vez un aire de verdadera diversidad social. En una entrevista con Mariano Olivera cuenta que después de su primer día de clases llegó asombrado a comunicarle a su familia lo que había visto: “¡Hay negros que estudian!”.

La felicidad ja ja es el libro con el que enfrentó las expectativas generadas por Un mundo para Julius y representa un salto definitivo en su escritura. Bryce define ahí un tipo de ironía que se manifiesta desde el título, esa “felicidad” que desmienten desde las primeras páginas sus achacados personajes, y que parafrasea una canción de Palito Ortega muy de moda en aquella época. Se revela también la oralidad de una primera persona que supone la interlocución de alguien cercano, un pata o un amigo que, en una transferencia que se va a consolidar con sus novelas posteriores, se convierte en un lector fiel que lo acompaña a donde vaya. Es más que un recurso, es toda una de cosmogonía literaria que supone la lectura y la escritura como una conversación, un acto de confesión, una comunicación terapéutica que se desborda por todos lados.

Es la voz que perfila al personaje que ya nadie, nunca más, dejaría de asociar con el propio Bryce: el escritor peruano —muy peruano y muy hipocondriaco— que, perdido en Europa, se dedica a beber sin parar y a estar muy enamorado siempre.

 

Déjame que te cuente, limeño

En el fondo, Bryce seguiría siempre encerrado en el huerto del palacio de su infancia, que a partir de La vida exagerada de Martín Romaña (1981) sería representado como un cómodo sillón Voltaire, construido con maderas nobles e instalado en un departamento parisino donde el narrador se siente y se sienta a sus anchas a escribir cuadernos de navegación, primero para recrear y entender su historia con Inés y luego para tratar de retener —entendiendo— a Octavia de Cádiz, en El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985).

Formas, las dos, de intentar conservar lo que se escapa, el recuerdo de la amada o la amada misma, en medio de esa sensación de desamparo propia del desclasado. “Vivo sin vivir en ninguna parte” anota Martín al final de su cuaderno rojo cuando, en efecto, ya ni siquiera está en su sillón Voltaire porque lo ha regalado para volver al Perú, aunque al final (spoiler) tampoco vuelve. Es una tristeza inexplicable, abarcadora, que parece estar asociada al mundo de la abundancia, como le pasa también al marido de Octavia, el conde Faviani, que “no logra salir de la hermosa y profunda depresión (…) tumbado por una herencia demasiado importante para un solo hombre”. Es el tópico de “los ricos también lloran” que lleva a sus personajes —y al propio Bryce, que siempre es más o menos lo mismo— a las crisis nerviosas, el insomnio y el empastillamiento.

Y antes de Martín Romaña fue Pedro Balbuena, en Tantas veces Pedro (1978), un joven peruano que vive o sobrevive en París con su “habilidad artística para la infelicidad”, obsesionado esta vez por Sophie, quien se ha casado con otro hombre. Es un mismo personaje que se vuelve entrañable precisamente por sus debilidades, las cuales expone sin pudor y con un espíritu autoflagelante que se podría asimilar a la táctica del chantaje emocional de la autoficción, a la “obscena teatralización victimista”, al decir de Maximiliano Crespi. Aunque Bryce lo hace desde una exageración que es siempre un desborde de la imaginación y el sentimiento, más cercano a un bolero largo y digresivo que a la calculada estrategia autoficcional.

El díptico de sus cuadernos de navegación es la gran novela de amor y humor que terminará por consagrar a Bryce que, como puntal de la colección Narrativas Hispánicas de Anagrama, amigo íntimo de Jorge Herralde, será instalado como continuidad y ruptura respecto al Boom. Por un lado, de mano de Carmen Balcells se replica el modelo de internacionalización del escritor latinoamericano y, por otro, las épicas políticas de la novela total son remplazadas por la intimidad confesional del antihéroe. En esa suerte de boomcentrismo de la literatura latinoamericana, Bryce se convierte en el hermano menor, divertido y desordenado, al que nunca se lo tomó muy en serio.

Cuando llora mi guitarra

En ese desplazamiento desde el drama histórico hacia el drama íntimo que supone su autonomía respecto al Boom, la narrativa de Bryce arriba de manera natural a las formas del melodrama latinoamericano clásico, llámese folletines, radioteatro, teleseries, que, aunque narran desdichas, son motivo de solaz y felicidad para el pueblo. En palabras del propio Juan Manuel Carpio, “en el fondo de aquella callada tristeza, también aquellos lagrimones contienen su dosis de alegría profunda”.

Las novelas y cuentos de Bryce participan de esa preminencia de la pasión amorosa, con protagonistas que sufren desproporcionadamente por un desplante, una ausencia o un recuerdo, aferrados al “paraíso perdido” del amor imposible, y siempre con la herida social en la base del conflicto. Porque en sociedades tan conservadoras y desiguales como las nuestras es inevitable que el amor romántico contenga siempre un componente subversivo contra las instituciones, especialmente contra elmonstruoso contrato de matrimonio exclusivo e indisoluble”, al decir de José Ingenieros, citado por Beatriz Sarlo en El imperio de los sentimientos (2000).

En Bryce aquella sedición ocurre principalmente dentro de su propio mundo, en ambientes exclusivos de colegios británicos, clubes sociales y capitales europeas. Mujeres blancas, elegantes, cosmopolitas y, casi siempre, casadas, suelen ser el objeto de amor para este narrador peruano que, vencido, reconoce en ellas un origen común que los conecta y, al mismo tiempo, los separa. Y cuando el amor cruza las fronteras de la clase social, a diferencia de las narrativas populares clásicas, la humilde no triunfa moralmente sobre el poderoso para establecer una especie de justicia poética, sino que el blanquiñoso se hunde con la amada en el infierno del arribismo.

Se distancia, es cierto, por la ironía y la digresión, que es una forma festiva de objetar la economía de recursos propia del melodrama clásico. Y también por un pequeño gesto de desapego y presunción, aquella mueca de superioridad que la ciudad letrada suele esbozar ante la sobreabundancia de sentimientos de la “ciudad real”. Ese complejo no resuelto llamado “placer culpable”. Y es que, a fin de cuentas, Bryce nunca deja de mirar lo popular desde su condición de aristócrata venido a menos, atrapado en cierto paternalismo condescendiente que convive con la nostalgia por un Perú que ya no existe. Conecta así con la vieja tradición de culpar a los sectores migrantes de apropiarse y “afear” la ciudad, esos cholos que como una vanguardia del mal gusto llegaron a Lima con Velasco Alvarado.

Lo “huachafo” es el concepto que contiene esa tensión. Es cierto que Bryce también se lo aplica a su propia clase, como una impostura de base que produce esperpentos, pero incluso ahí se cuela un juicio a la estética del exceso popular. “No paraba hasta la huachafería con tanto sentimentalismo y con la pena absurda que todo eso me daba”, dice el abogado que nunca quiso ser abogado.

Lo huachafo como antecesor directo de lo chicha, que para Bryce es un ruido que anuncia un Perú complejo y abigarrado que nunca llegaría a entender, el “encuentro tumultuoso de lo diverso”, como denomina Víctor Vich a esa manifestación de resiliencia, creatividad y nueva identidad.

La paradoja del final

Es una nueva paradoja en el universo Bryce, porque, en perspectiva y con cariño, su obra puede ser catalogada de huachafa. El exceso como sello de una prosa que, más allá del tema y el argumento, es una música que trasciende, una cadencia propia del bolero o del vals peruano.

Su estrategia narrativa también es la del bolero: no deja espacio para leerse desde afuera y exige la involucración de la segunda persona a la que apela: bésame, bésame mucho, atiéndeme, quiero decirte algo, que quizás no entiendas, doloroso tal vez; no me platiques ya, déjame imaginar que no existe el pasado y que nacimos el mismo instante en que nos conocimos.

Desde Huerto cerrado, la música popular se cuela por las rendijas de los cuentos, a veces en la voz de Gardel y otras en la del cubano Bienvenido Granda y La sonora Matancera:

 

Por siempre se me ve

Tomando en esta barra

Tratando de olvidarla

Por mucho que la amé

 

El bolero y el alcohol entrelazados en ese baile voluptuoso que es nuestra educación sentimental.

“El huerto de mi amada” es un vals peruano clásico compuesto por Felipe Pinglo, el mismo autor de “El plebeyo”, esa mezcla de canción protesta con melodrama clásico, en la que “Luis Enrique, el plebeyo, el hijo del pueblo, el hombre que supo amar, y que sufriendo va, esa infamante ley de amar a una aristócrata siendo un plebeyo él”.

Lo cierto es que El huerto de mi amada es también el título de la última novela que publicó Bryce antes de que le estallara en la cara la demanda por el plagio de 16 artículos periodísticos que lo condenó a pagar 56 mil dólares. Lo que no deja de ser otra de esas ironías que lo buscaban, porque no faltó quien asegurara, con evidente mala leche, que hasta el título de sus novelas los plagiaba. Después del tsunami que significó en su vida el juicio y el escándalo mediático, Bryce solo publicaría una novela más: Dándole pena a la tristeza (2012), título que le “robó” a una antigua nana de la casa familiar.

La paradoja se expande si se piensa que Velasco Alvarado, aquel general que lo reconociera con el Premio Nacional, (y a quien Bryce califica en sus memorias de “cunda” y “avivato”, o sea, como un criollo alegre y oportunista), impulsó con gran empeño la difusión de la canción criolla, como un pilar para dotar de mística su proyecto de “peruanización” del Perú.

 

**

 

Cuando Bryce decidió finalmente regresar a vivir a su país, se insistió mucho en la idea de que él era el escritor más querido del Perú; no el más admirado ni el más respetado, el más querido. Fue un poco el eje de la presentación que, en abril de 1999, realizó el crítico Ricardo González Vigil, ante una entusiasta concurrencia que repletó el salón de Petroperú para celebrar su regreso. Aunque no siempre se explicita, la afirmación hay que leerla en contraste con la figura de Mario Vargas Llosa, quien sería el escritor más admirado y respetado, algo así como el inverso exacto de Bryce. Las intencionalidades del apelativo varían según los tiempos y los emisores; por ejemplo, decayó con el affaire de los plagios, pero reflotó ahora con fuerza a raíz de su muerte, el 10 de marzo de 2026.

Como sea, ese afecto tiene que ver con la conexión emocional, propia del bolero, que sus historias generan con el lector, ese hilo rojo que lo une al pueblo y que el propio Bryce reconocía también en la figura de su amigo Julio Ramón Ribeyro; lazo que excluye, sobra decirlo, a Vargas Llosa.

Y porque ese cariño es sincero y tiene algo de divino, como dice el vals de Felipe Pinglo, quizás Bryce sorteará el tiempo, la cancelación y sus conflictos de clase, para perdurar en el afecto del pueblo, que lo recordará con las décimas de Nicomedes Santa Cruz, uno de sus más nobles representantes:

 

Limeño mazamorrero

blanco con alma de zambo,

cunda en Larco y en Malambo,

espíritu aventurero.

Pintarte de cuerpo entero

hace que tu ancestro explique:

De ingleses sin un penique

y vascos sin una pela,

nació para la novela

Alfredo Bryce Echenique

 

 

 

 

Luis López-Aliaga

Luis López-Aliaga (Santiago de Chile) es escritor, guionista de televisión, director de talleres literarios y socio fundador de editorial Montacerdos. Ha publicado los libros de cuentos Cuestión de astronomía (Mondadori, 1995), El bulto (La Calabaza del Diablo, 2010) y Mundo salvaje (Emecé, 2017); las novelas Fiesta de disfraces (Mondadori, 1997), El verano del ángel (Dolmen, 1999), Bazar Imperio (Lom, 2005), Primos (La Calabaza del Diablo, 2011), La imaginación del padre (Lolita, 2014), Geografía de las nubes (Santuario, 2016) y La casa del espía (Planeta, 2019); y las memorias No soy yo (Hueders, 2021).

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