Era Mark Twain creo quien decía que una letra o una errata lo podían cambiar todo. El empampado Riquelme de Francisco Mouat fue para mí, la primera vez que lo vi, harán ya unos veinte años, en la vitrina de la desaparecida librería Quimera, otra cosa: el empapado Riquelme. Me imaginé fugazmente a un hombre empapado, quizás porque hace poco había leído una crónica de Roberto Merino en que se ducha largamente mientras ve correr el agua por su torso. Rápido comprendí que me había comido una M y que no sólo se trataba de un fallo sino de exactamente lo contrario: de un hombre que se había secado y resecado al sol del desierto durante casi medio siglo. Pero hasta hoy tiene algo más del orden de la revuelta de las aguas que de la sequedad este libro para mí. La historia de alguien que un día parte y se desriela para siempre. Y que con su morir dio vida a un libro que, contrario a su personaje, se resiste a desaparecer y alcanza, de hecho, ya su séptima edición (Overol, 2026) en veinticinco años.

Más que la historia de una desaparición, más que la historia de una aparición, es la historia de una obsesión. O una fijación, como dice el mismo Mouat. Una fijación con los perdidos. Con un chileno perdido en la pampa. Con su muerte, pero más aún con su vida, y aún más con el misterio movilizador de por qué no fue buscado con más ahínco este hombre hecho humo, en realidad hecho polvo y cuero seco, por qué no trascendió, por qué quedó ahí, todo, en nada. Razones, desde la reorganización de la oficina chillaneja del Banco Estado en que trabajaba, con la consecuente dispersión de amigos y colegas, hasta la quebrazón familiar que tenía a cuestas, lo podrían explicar, pero no lo terminan de explicar.

¿Es una historia de arrojo o de desesperación?

Quizás cierta repetitividad del relato busque justamente consolidar, afirmar algo en esta historia donde, como la camanchaca norteña, todo es impermanente. Fijar algo que permita leer en ese alfabeto que es la osamenta de Riquelme y sus vestigios, objetos de un pasado que se empeña en no pasar.  “El chaleco manchado de la tarde / abriga todavía nuestra noche”, dicen unos versos de Macarena García Moggia que pueden iluminar el quehacer de Mouat con este alfabeto, un alfabeto que al abrigo de su escritura deja ver historias familiares y nacionales, abriendo paso a unas mini-novelas intercaladas, como la de los bisnietos de Riquelme en Europa, y que conecta con otras osamentas aparecidas en el norte en los años 90, aunque la diferencia, como dice la tanatóloga que Mouat entrevista, salta a la vista: el de Riquelme es “muy distinto al caso de un detenido desaparecido, donde hay una lógica perversa detrás”. Perversa o, habría que decir hoy, iliberal. Acá en la de Riquelme en cambio no hay lógica. Por eso El Mercurio acogía la historia en sus páginas. A los otros desaparecidos, ya se sabe, los tapaba o los ponía entre comillas. Pero Riquelme desapareció cuando nadie desaparecía. Sin dejar rastros, ni razones, apenas un canasto con restos de cocaví. Se volvió un fantasma y, dice Mouat, “los fantasmas asestan golpes cuando menos se los espera”. A él lo golpeó bajo la forma de una obsesión repentina y sostenida y literariamente fructífera, que lo lleva, como a Alfonso Alcalde tratando de reconstruir los crímenes de los sicópatas de Viña del Mar, a indagar por todos lados y conversar —un gran arte de Mouat: conversar— con quien fuese que rozara en algún borde esta historia: familiares, un sicólogo, los excolegas del difunto, un grafólogo, un abogado, un archivista del Estado, un ex pasajero del tren del que cayó Riquelme, una espiritista, otros escritores.

 

Para trenzar la historia, Mouat no desatiende nada, ni siquiera el humor negro chileno que cuela la cola hasta en las más desgraciadas historias (véase el relato de Mr. Dark). A propósito de chilenidad honda, cuando habla Mario Urrutia, que fuera colega en Chillán de Riquelme en los años 40, y al que entrevista Mouat en un diálogo sin desperdicio, se me vino a la oreja una maravilla reciente, que es la Carta a mis padres muertos de Ignacio Agüero, ensayo-película con el que algo de búsqueda digresiva comparte este libro.

Libro que, por lo demás, toca un asunto medular en la literatura chilena, como es la pérdida, el extravío en sus distintas formas. Un poema axial de la tradición local es “Nada”, de Carlos Pezoa Véliz, que cuenta la historia de un don nadie a quien, tras encontrarlo muerto, entierran sin que nadie diga nada: “Era un pobre diablo que siempre venía / cerca de un gran pueblo donde yo vivía; / joven rubio y flaco, sucio y mal vestido, / siempre cabizbajo… ¡Tal vez un perdido!”.

Es una obsesión entrañable la que articula El empampado Riquelme porque se trata de encontrar y encontrarse. De hidratar, por no decir empapar, la vida cuando se pone pesada y reseca. Por eso Mouat se desvía, o se centra, más bien, en estas páginas para permitirse, en vida, una relación con su padre que no deba cargar con tanto peso tras la muerte. Es una carta al padre por morir, un abrazo. No por nada en esos momentos da el libro con una página especialmente inspirada, cuando el autor se permite la segunda persona, el tú, abriendo ese tono de carta, carta a Riquelme y al propio padre y también quizás al lector, y que se acerca al poema, es poema:

No es necesario que tu papá se pierda en el desierto para que tengas que salir a buscarlo. Puedes tenerlo al frente, avanzar un metro y tocarlo, y el problema no desaparece: él está ahí, pero tú no lo encuentras, y como no lo encuentras sales a buscarlo en otro sitio, y como te va mal en la búsqueda vuelves cansado, molesto y aburrido y dejas de buscarlo, y como dejas de buscarlo ya no puedes encontrarlo, y después el tiempo termina de hacer el trabajo.

 

Es notable cómo Mouat se las arregla para conducirnos a esas dos voces finales, la de un testigo improbable pero verídico de los últimos momentos de Riquelme en el tren de la noche, y al puñado de certezas de una médium a la que por obra y gracia de la escritura llana y cálida de Moaut le tendemos a creer todo y, más aún, nos reconfortamos en sus palabras, porque ante el mar de preguntas que el autor enfrenta, este final ofrece respuestas, y de la literatura, contrario a lo que se predica a menudo, de la literatura a veces también esperamos respuestas, no cerradas, no axiomáticas, no reductoras, pero sí respuestas posibles, imaginarias o reales, en un punto da igual, pero respuestas que movilicen, que den agua, y forma, es decir aparición, a quien supo, como se lee al final del libro, “dejarse morir”.

No tengo teorías ni apuestas sobre el morir de Riquelme, pero no dejo de reparar, en esta relectura que hago del libro, en una poderosa rima de escenas. Dos escenas que muestran una posible inclinación de Riquelme por bajarse del caballo, o del tren, o de la vida, para el caso es lo mismo. Riquelme, cuenta su hijo, solía tomar dos litros de vino al día sin dejar nunca de cumplir con sus deberes. Dos litros. No era un borracho ni daba jugo, pero “en las noches se instalaba a escuchar radio y tomar vino, y así se quedaba dormido. Invierno y verano, siempre igual… Mientras hubiera donde dormir, a él le bastaba”. Esa especie de abandono melvillesco quizás lo ayudó al final de sus desérticas horas a soltar amarras. Pero no todas. Nos quedamos con la imagen de quien amarró, mientras se dejaba morir, su sombrero a su zapato, para que el viento tras su muerte no se lo arrebatará. Riquelme tal vez sabía que algún día alguien lo despertaría. Mouat ha sabido no solo hacerlo, sino también reponerle el sombrero para nosotros.

 

 

 

 

Vicente Undurraga

Viña del Mar, 1981. Es crítico y editor. Está a cargo de la colección de poesía de Lumen en Chile y en 2022 publicó el libro de ensayos breves Todo puede ser. 

Fotografía: Macarena García Moggia

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