Rosabetty Muñoz
Uno
Vivo a cuatro kilómetros de la pequeña ciudad de Ancud en el archipiélago de Chiloé. Mi casa fue construida en una elevación de terreno que nos permite mirar en redondo hacia distintos
lugares: el puente Pudeto, más allá las Islas Sebastianas y, a lo lejos, el continente en la parte norte. Por el lado sur, se eleva la cordillera San Pedro con su línea de torres eólicas que —como no— se han hecho parte indivisible del paisaje. Al este, se podía mirar un fragmento de la bahía de Ancud con las luces irregulares del pueblito de Quetalmahue cuando la noche está dispuesta a mostrarlas. Ahora hay casas en ese frente, parte de la transformación que se ha ido produciendo con el loteo de las islas, el fenómeno invasivo más reciente. Con nuestra presencia y vida en este lugar, estamos protegiendo un pequeño bosque nativo que aún nos trae sorpresas, como las visitas de pudúes o monitos del monte, pájaros carpinteros o palotes alegran la vista de los nietos; casi igual que hace más de treinta años, cuando nosotros mismos veníamos cada
semana después del trabajo a sacar espinillos (un arbusto plaga) con hachas gualatos y palas, para despejar lo que fue siempre nuestro sueño: esta casa vigía de madera donde armar una vida
atenta al exterior, pero creciendo hacia adentro.
He sido profesora de educación media por más de cuarenta años en distintos lugares de Chiloé, especialmente en mi ciudad natal. Salgo a hacer las compras, voy al médico, a tomar un café y en cada calle me encuentro con exestudiantes que ahora son madres, padres, abuelas incluso. Nos saludamos, nos reconocemos. Cada tanto, hago talleres para niños y jóvenes en islas pequeñas o comunidades rurales donde todavía
se cultivan modos de vida respetuosos de la tierra, del mar, de las penas de los otros. Esta forma de habitar el mundo, sencilla y ligada a otros en un tejido de larga data, es la materia de mi escritura.
Dos
No creo en la inspiración.
Considero que no hay tema vedado para la poesía, cada elemento del mundo es materia/ substancia, por lo tanto sólo me preocupo de tener encendida la curiosidad, el afecto y la ligazóncon lo que me rodea; así van apareciendo temas o imágenes que no sé muy bien cómo lo hacen, pero van cuajando hasta volverse creaciones de lenguaje. Para escribir, escucho el habla de los que me rodean, sus voces (sobre todo la
gente más antigua) tienen el peso de la madurez y arrastran saberes que necesitamos para vivir el presente. Por eso afirmo que mi escritura es situada: está comprometida y trenzada con la
humedad del paisaje, con la textura de las palabras sureñas, con las vidas que nos antecedieron. Creo que mi madre habla a través de mí. Y las más antiguas que ella. Incluso con la porfía de
los recuerdos inventados, como dice el joven escritor Andrés Montero. Una vez me sorprendí a mí misma contando la anécdota del traslado del liceo de Ancud desde sus viejas dependencias
en lo que hoy es el mercado. Conté con detalle cómo los estudiantes ayudamos en las faenas y quise mostrar la cicatriz en mi brazo por un corte del pez espada disecado que cargué. Pero era
imposible, porque todo eso sucedió antes de mi nacimiento. Todo esto es la escritura para mí también. Estoy todo el tiempo escribiendo en todo momento. Tal vez el origen de mi pasión, el modo en que me encanté con la literatura fue desde el afecto y en un entorno donde la poesía era apreciada, tenía un lugar importante en la vida cotidiana.
Escuché desde pequeña poesía en la boca de mi madre y luego en la escuela; había poesía en las procesiones religiosas, en las noches de truco; en los encuentros familiares cuando los aparatos
tecnológicos aún no presidían la mesa familiar. Bastaba dejarse envolver por el ritmo, la cadencia de las voces y luego mirar hacia afuera para ir construyendo/revisando un imaginario que, en
buena parte, es colectivo. Casi siempre escribo sin saber para dónde van las imágenes que recojo. Me dejo ir, voy anotando todo en libretas de apuntes donde pego también recortes, pedazos de ensayos, artículos que encuentro por ahí y que se tocan con los intereses de esos días. Fragmentos de cartas, palabras que escuché. De pronto, sin que yo sepa bien cómo, todo aquello empieza a cuajar y va funcionando como un espacio imantado que atrae los apuntes hacia poemas que se van encontrando unos con otros y entonces puedo empezar a corregir, botar, pulir. Escuchar me parece tan esencial como escribir. Me parece que mi vida quedó muy marcada por una infancia en que los mayores conversaban, hablaban mucho entre ellos en las noches, después de sus respectivas labores, se juntaban vecinos o parientes alrededor de la estufa a contar su día, sus enfermedades, sus penas, miedos.
Pienso que aún estoy en ese corro, oyendo, tratando de comprender la hondura de sus palabras, conservando en el oído el tono, el ritmo de esas particulares formas de decir (se). Criarse en una
comunidad hace que la empatía sea un ejercicio cotidiano, así es que mucho de lo que escribo es recuperación de hablas e historias ciertas, de personas reales con sangre y peso.
Lo primero fue oral, así ha sido para todas las comunidades y pueblos originarios. También para mí en la primera infancia, escuchando relatos y conversaciones de la gente más antigua.
Voces que han seguido presentes como el agua de un cauce que corre paralelo a lo escrito, más cargado de secretos, con una densidad subterránea que va arrastrando claridades y detritus. Hay
que poner oído a ese magma que está en la boca de los mayores, me digo, a esa voz espesa que se ha sostenido a través de generaciones, que a veces parece perdido, pero se las arregla para flotar
sobre todos, entre todos.
Rosabetty Muñoz es una destacada escritora, poeta y profesora chilena proveniente de Chiloé, ha dedicado gran parte de su carrera a enseñar a las y los niños de Ancud. Es autora de obras como “En lugar de morir”, “Sombras en El Rosselot”, “Ratada” y “Técnicas para cegar a los peces”. En 2024 ganó el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda entregado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.