
Desde el Indio Solari a Charly García, pasando por Julieta Venegas, Caetano, Los Bunkers o Rosario Bléfari, el periodista argentino Martín Pérez recopila en Brillo y verdad un compacto y contundente puñado de crónicas y entrevistas que honran la forma en que se vive el rock en su país, y que dejan en claro por qué su autor es uno de los nombres ineludibles dentro de su oficio y generación. Este libro es una coedición entre Libros del Amanecer y Ediciones Bastante, y se publicará en diciembre en Chile y Argentina.
Anoche dormí mal e inquieto, amenazado por sueños extraños e inconexos, de los que recuerdo poco pero por los que amanecí agotado. No entendía qué era lo que me podía haber pasado hasta que me enteré la noticia: se estaba muriendo el Indio, la corteza del universo se estaba resquebrajando.
Recién salí a dar una vuelta por el barrio, vivo por el centro porteño, siempre me sorprendió cómo en cada paseo –desde algún auto, desde algún negocio, desde el murmullo de algún auricular– parecían estar sonando siempre los Redondos o el Indio. Hoy, justo hoy, no escuché nada ni de unos ni de otro. Fue como si el mundo se hubiese reformateado, que quisiera recordarnos rápidamente que vivimos en una realidad en la que –como en aquella película donde no habían existido los Beatles– ya no hay Redondos ni el Indio.
«No entiendo cómo me pudo haber pegado así», me escribió un amigo bien temprano. «Tengo un casamiento al mediodía lleno de gorilas, hoy me boxeo», agregó y me hizo reír. Mi amigo sabe, como yo, que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota –y el Indio al frente de ellos– supieron ser el grupo maldito de nuestro rock burgués, y siempre brindamos por eso. El desafío: eso es lo que en un principio me atrajo del Indio. Porque su poética interpela. No les crean a los que dicen que no les gusta su música porque no entienden de lo que canta. Claro que entienden; es más, saben que les habla a ellos y los obliga a hacerse cargo.
«¿Pueden acaso beber el vino por ustedes envasado?», cantaba, o mejor dicho leí que cantaba la primera vez que me enteré de su poética –lo leí antes de escucharlo–, y no solo me pareció una pregunta apropiada, sino que me he pasado una vida tratando de estar a la altura de ella. Ahí tienen una declaración de principios que es posible perseguir e incluso honrar.
El Indio te desafiaba a pensar, era capaz de explicar el mundo sin sacártelo de las manos. Fue el primero y el que mejor encarnó nuestra cultura rock, nos enseñó que el rock puede seguir siendo rock del cuello para arriba –¿entendiste, Keith?–, les advirtió a los rockeros bonitos y educaditos que era hora de embocar algún tiro libre y nos avisó antes que nadie que los únicos que iban a sobrevivir en el nuevo siglo eran los psicópatas. Y acá estamos, tan psicópatas y en pleno siglo veintiuno.
Yo fui una bomba pequeñita. Fui un joven lobo quemándose de amor. Estuve en primera fila casi desde el comienzo, coreando esas canciones, todos esos versos, en Cemento o Casa Suiza. Aullando desde el pullman en Satisfaction, allá en Constitución. Estuve ahí, sí, pero no recuerdo demasiado. Hace poco mi hermana me contó cuando fuimos a ver a los Redondos en Airport, una discoteca que estaba cerca de Puente Saavedra. Me describió una imagen que me había olvidado, que cuando empezó el agite la subí a un parlante y le dije: quedate acá. Y que después me perdí en el pogo.
Lo dicho, no recuerdo demasiado, pero hay algo que sé y que no me olvidaré jamás, y que seguro comparto con todos los que estaban ahí y también con los que llegaron después: que estuve ahí y que me sentí vivo. Y también me acuerdo de otra cosa. Que cuando empezó a llegar más gente, cuando empezamos a ser más, no fue algo que me haya molestado.
La música tiene voluntad de conquista, pero la ayuda una virtud democrática: no hay que pasar ninguna aduana para llegar a ella. No hace falta que nadie te la explique, no hay que dedicarle un tiempo especial, no hace falta ponerle tanta voluntad. Cualquiera puede hacerlo, se hace play y se la deja sonar. Toma un minuto o como mucho dos: se descubre el riff, se calibra el grano de la voz y al llegar al estribillo ya sabés si es o no para vos.
Tres son las cosas que deslumbraban entonces y aún deslumbran hoy desde aquel repertorio inicial: los riffs coreables de Skay, una voz en un registro y una tonalidad ideal para acompañarla y la explosión de cada estribillo. Apunte para algún arqueólogo futuro de la argentinidad: todas esas manifestaciones en los recitales que nos hacen sacar pecho como el mejor público del mundo sospecho que nacieron en las veladas ricoteras. No recuerdo haberlas experimentado antes en ningún otro lugar.
Ahora sí, volvamos a esos discos que lo conquistaron todo: una escucha actual no encuentra a ningún sacerdote de misa en latín en esos versos, sino un retrato sintético, crudo y reconocible de aquel ensayo general para la farsa actual. ¿Noticias de ayer? ¿Todo preso es político? ¿Vencedores vencidos? Hagan la prueba, no hay nada que descifrar ahí, no despiertan ninguna pregunta de cómo ni por qué, solo hay que saber cuándo y dónde y las ganas de estar de cuerpo presente cuando suceda. Algo que se verifica, qué duda cabe, hasta el día de hoy.
Siempre me gustó presentar a los Redondos como una banda que bajó de la sierra, tomó Moncada y después hizo algo inédito: se volvió a la sierra. Pero hay un logro increíble, un momento que creo esencial para que el Indio se haya terminado de convertir en el Indio. Y ese momento fue cuando el poeta de los sobrevivientes que era entonces escribió eso de ir a ver lo que escribe en su pared la tribu de su calle. No tengo dudas de que el Indio no era literal: hablaba de apagar la tele, de caminar la ciudad, se refería a las bandas con las que lidiaba la Negra Poli en la puerta de cada show, delineaba un nuevo personaje de historieta para sus canciones. Pero el momento constitutivo, un instante que debe ser fascinante y fundacional para cada creador, fue cuando, en lugar de limitarse a ser un personaje, esa tribu de su calle cobró vida, lo miró a los ojos y empezó a cantar sus canciones. Fue entonces cuando el Indio empezó a cantarle a los vivos y no a los sobrevivientes. Y así fue que se hizo mito, hasta terminar siendo él, y a mucha honra, un personaje en manos de todos nosotros, sus creaciones.
La última vez que lo vi fue para entrevistarlo por su segundo disco solista, era la época en la que había que seguir todo un procedimiento para llegar a visitarlo, era tener que encontrarse con un Jefe de Estado en peligro, con un hombre perseguido. Me acuerdo de que poco antes había entrevistado también a Skay, al que le recordé aquel viejo sueño de comprar un pueblo para irse a vivir ahí con sus amigos al final del camino, y me dijo que aún no lo había descartado del todo, y nos reímos. Al final de aquella charla clandestina con el Indio, caminando en la soledad de su terreno con apenas un par de construcciones en Parque Leloir –aprovechando para hacerlo mientras sus perros (¿o era solo uno?) estaban encerrados–, le comenté aquella charla con Skay. Y le dije, abarcando con mis manos el paisaje que nos rodeaba, que él parecía haberse comprado nomás un pueblo, pero para vivir solo. Sonrió ante la paradoja, pero no mucho. Me di cuenta, poco después, de que había sido injusto con él. Después de todo, al final terminó fundando no un pueblo sino toda una ciudad, cuando convocó a sus seguidores en Olavarría y literalmente tomaron el lugar. Y no hay forma de que algo así pueda terminar bien. Es mejor estar preparado.
No sé si nosotros lo estábamos para la noticia de su muerte, aunque sí estábamos avisados. Lejos de anunciar su curación definitiva, como aquella conmovedora despedida de Luis Alberto Spinetta, el Indio hacía rato que había empezado a transmitir desde un ningún lugar para comunicarse con nosotros. Cantando desde la pantalla en los recitales de su banda, apareciendo cada tanto online sin ningún aviso previo. Y ahora, a pesar de la tristísima novedad, desde allí seguirá transmitiendo. Cada vez que lo recordemos, cada vez que lo evoquemos, cada vez que lo escuchemos y cada vez que lo cantemos. Podríamos empezar a despedirlo brindando por eso.
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Todo lo que cuento en esta despedida sucedió tal cual: el sueño inquieto, el paseo por el barrio, los mensajes de mi amigo. Aun cuando estábamos al tanto de su enfermedad, la muerte del Indio Solari fue una conmoción y también –por más que tuviésemos muy en claro su fenomenal convocatoria– las reacciones que generó nos conmovieron. Si en las líneas que anteceden a este comentario hay mas Redondos que Indio es porque mi pasado más entrañable es ricotero.
Otra vez: todo lo que cuento lo viví, descubrí la existencia del grupo leyendo sus letras antes de escucharlos –ahora que lo pienso creo que fue la de «Pura suerte» y no la que cito, que pertenece a «El infierno está encantador esta noche»–, hice pogo en aquellos antros en los que se presentaban cuando aún estaban lejos de ser masivos. Cuando subí a las redes parte de esta columna –porque fue antes posteo, y aquí se publican esas partes por primera vez en papel– recibí mensajes de gente que incluso me recordaba trepando aquellos escenarios. Estuve ahí e hice eso, y más también. Todavía recuerdo cuando mi madre llegó de la calle y me contó, orgullosa, que había escuchado en su trabajo que hablaban de mi banda. Fue el día en que me di cuenta de que habían dejado de ser míos y que ya eran –o estaban en camino de ser– de todos.
Para quienes lo necesiten, van algunas notas al pie de lo escrito: la película sobre un mundo sin Beatles es Yesterday (2019), dirigida por Danny Boyle; el «hecho maldito del país burgués» es la definición del peronismo según John William Cooke; Keith es Richards, por su cita «el rock ’n’ roll comienza desde el cuello para abajo»; los «rockeros educaditos» son los del tema «Música para pastillas», incluido en Oktubre (1986); y los discos de la supuesta misa en latín –no recuerdo quien hizo esa referencia para aludir a la complejidad de las letras del Indio– son Un baión para el ojo idiota (1987) y ¡Bang! ¡Bang! ¡Estás liquidado! (1988), con temas que hoy son himnos, y que incluyen claras referencias a una realidad política con levantamientos carapintadas y ley de obediencia debida promulgada por el gobierno de Alfonsín. Podría seguir, pero, como enseñó alguna vez el Indio, mejor dejar que quien esté del otro lado complete lo dicho según le plazca o lo necesite. Apenas permítanme como despedida agregar el verso que debí haber citado de aquel tema que increíblemente fue el que comenzó todo y aún permanece inédito: «Esto ya no es rock ni amor, es pura suerte».
Martín Pérez nació en Buenos Aires. Reconocido por su extensa trayectoria en el periodismo escrito y radial, fue uno de los fundadores de la radio cooperativa La Tribu y de la revista La Mano. Colaboró en las versiones argentinas de las revistas Rolling Stone, Inrockuptibles y Playboy, y ofició como corresponsal en Buenos Aires para Chile en los suplementos «Zona de Contacto» y «Wikén» del diario El Mercurio y en las radios Rock & Pop y Cooperativa, y también para España en las revistas Zona de Obras y Efe Eme y para Uruguay en el semanario Postdata. Es autor de los libros La vida es otra cosa: los poemas de Piso 93 (2016) y Vidas pasadas (2017), este último con dibujos de Juan Soto, con quien además publicó el libro infantil ilustrado Caminando en la Luna (2021). Junto con Liniers compuso una antología de la nueva historieta argentina: Dis-Tinta (2017). También reunió algunos de sus artículos en The Calamaro Files: 25 años escribiendo sobre Andrés (2022) y una serie de sus columnas en Quiero verte otra vez: retratos, recuerdos, despedidas (2024). Actualmente es uno de los editores de «Radar», suplemento cultural de Página/12, y escribe regularmente para el diario uruguayo La Diaria. Su «indulgencia preferida» –la expresión le pertenece a él– es mantener activo su programa online Música cretina.