Daniel Campusano

Una de las protagonistas de Diligencia balea a una mujer y, al acomodar su cuerpo en el maletero, siente un remezón de culpa y vergüenza. Esa punción es la que tal vez sientan algunos asesinos que se mueven en un mundo de inclemencia, pero conservan una retorcida integridad que los interpela desde el fondo del río. Esta escena, eso sí, es un remanso para el lector entre las balaceras, los interrogatorios, los decomisos, los galpones, las casas de torturas y la cocaína que nunca apacigua. Aunque Diligencia sea una historia de movimiento y agitación, esta montaña rusa es sostenida por la divagación y la remembranza de sus dos protagonistas: la cabo Jennifer Mancilla y el sargento César Dracos. En algún momento conocemos los pasados de ambos y comprendemos que sus bifurcaciones, orfandades y desapegos los imbuyeron en ese torbellino de turbiedad actual, en ese camino malezado que —saben perfectamente— los desmenuzará si no están alerta a los depredadores y a sus propios aliados.
La historia ocurre un 17 de marzo de 2025 de la mañana hasta la medianoche. Mancilla y Dracos patrullan Santiago en uno de los días más calurosos del año. Lo que parece una ronda de vigilancia policial, es un tour de criminalidades articuladas por una organización enraizada en los ejes del poder empresarial y uniformado. A este constructo le llaman “La Reunión” y podemos entenderla como esa telaraña volcánica que toda sociedad sabe guardar detrás de una cortina para que los engranajes del sistema funcionen y respiren. Como los últimos eslabones de este entramado, Mancilla y Dracos obedecen órdenes que los sumergen en ocultamientos y baños de sangre: alteraciones que sustentan la tranquilidad de estos poderosos que responden no solo a la lógica del dinero y la posición, sino, también, a callejones nebulosos y asociados a esas rentables conspiraciones tecnológicas que prometen leer los últimos días del planeta. Por la historia desfilan un bestiario de personajes frágiles y amenazados por una inminencia casi siempre inclasificable, entre ellos, un filósofo y autor de una idea astroapocalíptica-energética-solar, un líder estudiantil de izquierda secuestrado, un hermético asesino que frecuenta los puentes del Mapocho, un timorato y limitado heredero de un holding, una escritora que busca venganza mientras chatea con su hija muerta a través de un sistema de inteligencia artificial que reproduce su léxico, su identidad, su forma de ver y desconfiar del mundo.
La “diligencia” —ese uso tan chileno, asociado a burocracias domésticas u oficinísticas— es el motor de las peripecias de Dracos y Mancilla. Porque la historia avanza a medida que ambos atienden deberes, cumplimientos y ejecuciones cuyos alcances no están autorizados para comprender. Y el eje de lo oculto, el intelecto del mal, es manejado por una de las figuras más inquietantes de la historia: el capitán Reinaldo Baza, un paco de tentáculos insospechados que les pide a Dracos y Mancilla dejar “las goteras bien tapadas” y les recuerda que pertenecen a un engranaje del que ya no podrían aparatarse. Otra figura intrigante es la coronel Gloria Céspedes, mentora secreta de Mansilla, aparente enemiga de Baeza, y quien maneja las claves de un software israelí que actuaría de llave maestra para alcanzar dominios valiosísimos para los intereses de La Reunión.
Si bien algunos personajes no alcanzan a matizarse y coquetean con estereotipos políticos o profesionales (los vericuetos mentales del senador y de la sicóloga, por ejemplo, se enredan en lugares predecibles), Diligencia descuella por sus logros de elipsis y adelantamientos, por la originalidad de sus ovillos y desenredos, por la agilidad y eficacia de sus cambios de giro, por la precisión de su ecualización y, ya en medio de la fiesta, por las disyuntivas que sus protagonistas deben enfrentar siempre a punto de desmoronarse. Me pregunto a partir de algunos capítulos breves que por momentos interrumpen la fluidez del montaje, por qué Toro, con esa destreza narrativa y esa habilidad para ordenar el disparate, no despliega una novela de quinientas páginas y capítulos extensos —en la línea de Pynchon, Foster Wallace o Palahniuk— donde no escatime en descarrilarse. Pero más allá del dinamismo centrífugo del relato (todos los personajes principales y satelitales escapan de una bola de nieve), la trama también sabe hacer las transiciones adecuadas para detenerse en las conversaciones de Mancilla y Dracos: intercambios llenos de cálculo, desconfianza y, a ratos, una enrevesada y divertida lealtad. Diálogos que alcanzan una hondura y naturalidad tan dúctiles que dejan la hoguera prendida y avizoran las esquirlas que después terminaremos entendiendo. Y en ese sentido, Toro —experimentado escritor audiovisual— comprende que no hay nada más profundo que un intercambio torpe y frenado en una situación acongojante, una conversación monosilábica dominada por el fervor o el terror de dos persecutores manejados por un inconfesable sentido de supervivencia.
Al mismo tiempo, Toro sabe aludir y dejar rebotando la pelota en la bruma, en el campo minado. Nunca sabemos lo que se esconde bajo el iceberg o detrás de la ventana, pero un peso inaguantable viaja en ese auto y, como en las obras más logradas, lo importante no radica en lo decible sino en la energía del acecho. “Los letreros de luz lanzaban miles de puntos brillantes sobre el pavimento. Los postes de luz eran huesos pálidos que anunciaban algo enterrado en el fondo de la noche”.
Como ya lo adelantó en Hombres Vulnerables (2010) y en esa hazaña de la creatividad lunática que es Safari (2021), Pablo Toro maneja como pocos narradores esas granadas que descansan con la palanca suelta: relatos de múltiples dimensiones y límites empañados que se corren para tapar otros nuevos y más quemados, como esos lentes de colores que permiten enfrentar el sol durante el eclipse. La historia es tan fría como cálida, como el pipí que Mancilla bota entre las piernas cuando, huérfana de padre e ideologías, sabe que sus propias corazas deben descargar vísceras y fluidos para, quizás, después de todo, seguir viviendo en alguna cárcel física o interna.
Toro construye una novela entretenida, quirúrgica y lacerante. Y así como César Aira recomienda leer a Lee Child —autor muy alineado con el ritmo y el imaginario de Toro— como una oportunidad de “devolver el gusto por la lectura a quienes nunca la perdieron”, leer Diligencia puede oxigenarnos y reencontrarnos con la libertad de entregarse a un vértigo lleno de dobles filos. Solo se necesita confiar, retener aire, aceptar los vidrios estallando y subirse al caballo indomado sin miedo a los barrancos. Algo más o menos parecido a lo que debiésemos escuchar de un niño que se perciba disfrutando una historia.
Daniel Campusano Galaz (1983) es editor y profesor de literatura. Ha publicado las novelas La incapacidad (2011), No me vayas a soltar (2017), El sol tiene color papaya (2019) y El último castor (2024). Escribe en diversos medios y está a cargo de las colecciones de crónica y divulgación en La Pollera Ediciones.