Este verano mi hijo menor aprendió a nadar. Lo vi nadando en una piscina, jugando con las olas del mar, chapoteando como pez en la orilla de un lago, dejándose arrastrar a flote por la corriente suave de un río. Tuvo harta suerte mi hijo este verano, a decir verdad. No siempre el agua se nos ofrece tan generosamente cuando la deseamos cerca. Parecía como si el agua misma hubiese querido celebrar su conquista, la aparición de un nuevo cuerpo en su líquido reinado. Porque eso fue lo que ante todo vi aparecer: un cuerpo nuevo, un cuerpo muy distinto al que acuné en mis brazos, vi rodar por una cama, he perseguido a lo largo y ancho de plazas y amenazas de peligro. Muy distinto al cuerpo que he visto columpiarse y aprender a correr con destreza detrás de una pelota. 

 

El cuerpo en el agua es otro. Dicho mejor, el cuerpo nuevo que en el agua nace a nosotros es distinto a aquel que se las bate con la fuerza de gravedad. Como cuando desde afuera lo vemos a través de la lámina cristalina de la superficie, el cuerpo sumergido se siente ampliado, más pesado y más liviano a la vez. Ligero y fuerte, sus bordes y sus límites se modifican. Lo prueba la serie de movimientos nuevos que emprendemos para descubrirlos, el despliegue de una repartición de fuerzas que a lo menos trastoca las jerarquías que la verticalidad nos impone en favor de otros órdenes, nuevos balances entre lo alto y lo bajo, entre el centro y las extremidades, entre las partes y el todo. El resultado es una forma diferente de ocupar y movernos en el espacio: el cuerpo en el agua vive mucho más entero.

 

La historia de la pintura, que ha hecho de los cuerpos y su representación un asunto de primera importancia, no ha sido ajena a los destellos lúbricos, acuáticos de este «cuerpo entero». Especialmente en el siglo XX, desde que piscinas y balnearios se han convertido en verdaderos lugares de experiencia. El pintor chileno Álvaro Guevara, por ejemplo, radicado tempranamente en Londres, pintó por allá por los años 1916 y 1917 una serie de cuadros de piscinas de interior, alucinado con las posibilidades expresivas de un cuerpo que abre zanjas en el color azul y cuya desnudez no puede sino ser fragmentaria, arbitraria. El agua produciendo nuevos ordenamientos del cuerpo, nuevos erotismos. El cuerpo ingresando allí como tocando distraídamente una cicatriz.

 

En la década del cuarenta, el pintor francés Fernand Léger también hizo de las piscinas un marco para sus investigaciones cubistas. Pintó una serie de lienzos donde los bordes del agua fungen como marco para la presentación de un conjunto de cuerpos reunidos y revueltos, rozándose brazos de uno y piernas de otro en una suerte de comunión que de paso habla de la igualdad de los obreros que ahora podían disfrutar de los placeres del agua ya no solo reservados para los ricos.

 

Me gusta imaginar esas piscinas públicas como ventanas que reencuadran una mirada ya no vertical sino eminentemente horizontal. Me ocurre al mirar la famosa pintura en gran tamaño de David Hockney, terminada en 1972 y titulada Retrato de un artista (Piscina con dos figuras). No sabemos cuál de los dos es el artista: si acaso es el hombre que está de pie, tan bien vestido, con la mirada levemente inclinada hacia la superficie del agua en cuya transparencia se dibuja una segunda figura que nada, en calzoncillos nos da la espalda, su mirada oculta en la profundidad. Sospecho que si el cuerpo en el agua ha sido un motivo más o menos caro a la pintura moderna es porque a su modo nos brinda una imagen de la pintura misma: de un pincel que nada con poca ropa en la tela, se hunde en ella y luego respira. De una mirada que, alternando distancia e inmersión, compone una experiencia del mundo que es a la vez interior y exterior, superficie y profundidad, visión y ceguera, inspiración y expiración.  

 

Leanne Shapton es una artista contemporánea que ha escrito e imaginado relaciones posibles entre el nado y la pintura. Hace unos años publicó un libro en el que su trabajo artístico y sus experiencias de entrenamiento para el nado competitivo que practicó en su juventud se reúnen en una serie de recuerdos, historias, imágenes, bocetos. Repasa las piscinas de su vida, las aguas de su vida: piscinas reales y piscinas mentales. Describe el nado profesional como una práctica repetitiva donde los ritmos naturales de la respiración se alteran y los sentidos se apagan, supervisada por el mudo barrido de un reloj que va tragando tiempo, descanso y segundos de aire entre que inhalamos y volvamos a sumergirnos. En sus palabras, la «disciplina artística y la disciplina deportiva son parientes cercanas; requieren lo mismo, una práctica para nada especial: tediosa y oscuramente invisible, privada e íntima pero siempre sagrada». 

 

Estudiar artes es quizás la experiencia «artística» que más en común puede tener con el nado competitivo; no por nada se llama «carrera» a lo que cursamos en la universidad. Ingresamos allí para lograr ciertos objetivos a corto, mediano y largo plazo, y para ello en ocasiones será necesario llenar papeles de estudios repetitivos, pintar una serie tras otra, sentir dolor en el cuerpo, cansancio físico. Trabajar en una entrega contra el reloj. Fracasar en las metas propuestas. Proponerse nuevas. Trazarse objetivos. Intentar avanzar en pos de un objetivo mayor que, como a los deportistas, les ahorre día a día la pregunta por el sentido o sinsentido de todo esto. 

 

De alguna manera, nadar, y también estudiar, es siempre un surcar. Un ir de una orilla a la otra, como quien cruza un río. O como de sol a sol atravesamos la noche. Así comprobé que ocurre al ver a mi hijo dando sus primeros pasos (brazadas, en rigor) en las artes de la natación: alguien lo esperaba en la otra orilla y él se lanzaba, los brazos tendidos del lado contrario del agua le brindaban el empuje necesario para afrontar el riesgo de muerte que siempre supone el hundimiento. Todos venimos de ahí. Compartimos esa angustia. Atravesarla es acaso tan importante como aprender a soltar la mano de quien nos deja trastabillando bien o mal parados en una orilla de la vida, para solo entonces vérnoslas con lo que puede un cuerpo en el agua. Porque nadar es una actividad solitaria; incluso si entramos al agua acompañados, es el encuentro de un individuo solo con esa líquida alteridad: un cuerpo a cuerpo de agua.

 

El filósofo Gilles Deleuze explicaba en una de sus clases que si nadar es conquistar un elemento de la existencia, no saber hacerlo es estar a merced de esos encuentros con el cuerpo del mar, la piscina, el río. Aunque no existe una sola forma para ese saber; hay distintos estadios, como quien dice, en la conquista del elemento. En el primero, pongamos que vamos y nos lanzamos al mar: a veces la ola nos golpea, nos acaricia; a veces nos lleva, nos hace reír o llorar, según. Estamos frente a ella bajo los efectos del choque y la pasión. Su fuerza es externa a nosotros, tanto como puede serlo un hermano que de pronto va y nos lanza un juguete imprevisto en la cara. En un segundo momento, imaginemos que sabemos nadar. Lo que quiere decir que tenemos un saber hacer, o un «sentido del ritmo»: entre la ola y nosotros se establece una relación que modifica los cuerpos en función de lo que componen juntos: nos hundimos y salimos en el momento justo, evitamos la ola que se aproxima o la usamos para salir del agua. Todo un arte de la composición que se parece al de los cuerpos en el amor. Finalmente, habla Deleuze de un momento de conocimiento esencial que tiene la forma de un saber intuitivo que va más allá de los encuentros y las relaciones, cuya medida es nuestro grado de potencia, es decir, todo lo que nuestro cuerpo, cada cuerpo puede en el agua o, incluso, contra ella.

 

«Contra la corriente voy/ Náufraga vengo llegando», escribió la poeta Malú Urriola. Y Natalia Figueroa, mientras se entrenaba para convertirse en salvavidas de las playas de La Serena, apuntó en su diario que nadar contra la corriente es más rápido que nadar en las aguas estancas de una piscina, precisando que «para deslizarse por el oleaje de una playa nueva, para deslizarse de una forma natural, hay que nadar varias veces, hasta encontrar el ritmo, el ritmo del oleaje».

 

Lo cierto es que este vínculo que puede esbozarse entre el estudio y el nado, o más aun, entre el conocimiento y el cuerpo que logra mantenerse a flote, se encontraba ya presente en la antigua Grecia, que solo calificaba de cultos a quienes sabían, literal: leer, escribir… y nadar. Eso descubro entre las páginas de Las Leyes, de Platón: nadar era considerado nada menos que uno de los saberes básicos para que un hombre o una mujer participara de la vida en común. Podría pensarse como un asunto de supervivencia, sí; de culto a las artes desnudas y las actividades del cuerpo, también. El hecho es que Grecia era una tierra tan abierta y permeable al mar como la nuestra: imaginar a un hombre o una mujer sin poder afrontar con vida esa inmensidad tan cercana era quizás algo parecido a limitar nuestro mundo cada vez que nos vemos forzados a rodear, evitando, las zonas negras de todo aquello que nos produce angustia.

 

Ya lo decía Gabriela Mistral: «el mar es la noche de la tierra», o sea aquello que, por esencia, la tierra desconoce.

 

Los griegos inventaron un mito para este aprendizaje o conquista vital que está en juego en la aventura de nadar, de adentrarse en aguas no cerradas como las de una piscina ni orilladas como las de un río, sino abiertas, sin fondo. Ese mito se llama La Odisea; recogido de la tradición oral por Homero en el siglo VIII a. C., cuenta la historia de Ulises y su viaje de retorno a casa tras combatir en la Guerra de Troya. Es un viaje iniciático el de Ulises, un verdadero rito de iniciación que consiste en emprender un camino que pese a estar signado por la nostalgia y el deseo de regresar al espacio familiar, se adentra en lo desconocido. 

 

Tengo en mente un momento en particular: aquel en que Ulises llega a Esquira, la tierra de los Feacios, después de veinte días nadando y flotando, sobreviviendo en medio de un mar torrentoso tras haber perdido su nave y sus hombres en un terrible naufragio. En esa tierra en la que nadie sabe su nombre, Ulises es descubierto desnudo y náufrago entre los matorrales de la orilla por Nausícaa, quien generosa y hospitalaria le ofrece ropas, bebida y comida y lo lleva ante su padre, el rey Alcínoo. Entonces acontece algo que no ha ocurrido antes: Ulises habla, cuenta a sus oyentes lo que ha vivido, se convierte en poeta. Ha tenido que afrontar a solas el mar abierto y sus corrientes, sus orillas rocosas y escarpadas, para solo entonces advenir a nado a las palabras, al lenguaje capaz de convertir el viaje, su viaje, en una forma de comprender la experiencia humana: enseñarnos que vivir es un poco estar de viaje, y que solo viaja aquel que sale más allá de lo habitual, en un continuo ir de lo familiar a lo ignoto.

 

«Nadando/ en sus aguas saladas    corriendo/ sus altas olas   aprendí a vivir/ sobre la tierra», escribió el peruano Jorge Eduardo Eielson para ese «brillante y transparente maestro» que es el mar. 

 

Llevando el mito a nuevas aguas, podríamos ponerlo así: durante un tiempo, la vida consiste en atravesar obstáculos, pasar de una orilla a otra, alcanzar la orilla deseada. Hasta que llega el punto en que no hay orilla del otro lado. O no visible. Y a ese mar tenemos que arrojarnos, aprender a entrar y salir de ahí. Convertir el destino en deseo: al atravesar un río hay destino, no hay otra que atravesarlo, está para ser atravesado; en el mar el destino depende del deseo, es todo fuerza persistiendo sobre sí misma, ningún lugar de antemano al que llegar. A no ser una balsa, que es siempre una metáfora, algo que surge en lugar de otra cosa. («Una balsa para descansar del nado/ en mares de veleidad infinita./ Piedad./ Un respiro./ Algo» , dice un poema de Germán Carrasco.) 

 

Sin embargo, al ver a mi hijo nadando este verano lo que ante todo me deslumbró fue su deseo de permanecer en el agua, su ir y venir, su persistencia en descubrir nuevos giros y movimientos, su manera de hundirse y salir a flote, de acercarse a una orilla para volver a lanzarse otra vez. Como sucede en los cuadros la pintora inglesa Laura Knight, el agua de pronto se vuelve un territorio de juego en el que se pone a prueba la libertad, pensé. La libertad de acercarnos, cuanto nos sea posible, a lo abierto. ¿Y qué es lo abierto? Aquello que nos expone, como el mar, a vientos imprevistos, tempestades y fortunas y aguas calmas y orillas nuevas y peligros. Bajo ese encantamiento, deseamos siempre más.

 

Esta última frase me da vueltas. Busco en mi teléfono una imagen que hace un tiempo vi y fotografié en una exposición curada por George Didi-Huberman en Barcelona. Era el dibujo de un niño para quien las aguas representan, con absoluta seguridad, todo lo contario a la apertura del deseo. La leyenda de la imagen relataba su historia: tras huir junto a su familia de Etiopía, fue vendido a traficantes de personas en Libia y pasó dos años en cárceles clandestinas. Una vez liberado, intentó atravesar el Mediterráneo con un grupo de ex compañeros de prisión, pero su embarcación naufragó, le tocó ver a más de ciento treinta personas hundiéndose en el mar. Los supervivientes del naufragio nadaron cinco o seis horas antes de llegar a la orilla, donde nuevos soldados los esperaban para llevarlos a la cárcel. Pocos días después fue trasladado a un campamento de refugiados. Allí hizo un dibujo que representa lo ocurrido, en cuyo centro hay un padre que tras intentar salvar a sus dos hijos pequeños, murió ahogado en la impotencia.  

 

Sin lugar a dudas, la experiencia que tengamos del nado y sus aguas puede modificarse radicalmente según cómo y cuánto se nos abra o se nos cierre el horizonte. Y un horizonte es ante todo dos cosas: una línea que divide la oscuridad de la claridad, y además aquella que inscribe en el mundo la palabra lejanía. El filósofo Friedrich Nietzsche decía que para vivir necesitamos un horizonte porque es allí donde se fraguan las imágenes del futuro. «Todo lo viviente sólo puede ser sano, fuerte y fructífero dentro de un horizonte. Si no tiene capacidad de trazar a su alrededor un horizonte y es, por otra parte, demasiado independiente como para encerrar su propia mirada dentro de un horizonte extraño, ha de languidecer débil o apresuradamente hasta sucumbir en su momento» . 

 

Lo conocido y lo desconocido; la posibilidad de imaginar un mundo distinto, más allá de los límites del nuestro; la proyección de un tiempo futuro que toma del pasado cuanto lo alimenta y desdeña en cambio lo que le resta vida: todo eso que parece estar contenido en la palabra horizonte, es el regalo que a veces nos trae el agua en su forma de mar, que lava a los hombres del pasado, como escribió Gabriela Mistral, pero solo puede hacerlo a condición de que el horizonte guarde para esos hombres, para nosotros, en nosotros, una promesa. De ella depende la fuerza plástica que nos permite transformar lo pasado y lo extraño y curar heridas y reemplazar lo perdido y configurar de nuevo las formas quebradas. El caso es que nunca sabemos si esa promesa nos viene dada o es algo que nos toca a nosotros crear.

 

De seguro me enredo en estas divagaciones. Nadar es un poco así: al forzarnos a una posición horizontal, nos despoja de las apoyaturas de la verticalidad; los puntos de referencia se corren, la mirada se aclara y luego se nubla bajo el agua. Ocupo la metáfora para salir del paso, pero no tanto: a lo mejor algo tiene para enseñarle también el cuerpo en el agua al pensamiento, algo que desde luego Ulises sabía muy bien: quien viaja por agua desconoce su fin, el «nuevo mundo» que busca conocer. Y pensar es un poco eso: preguntarnos por el sentido de cada cosa sin la certidumbre de encontrarlo, sin siquiera saber a dónde la pregunta nos conducirá. Solo así nos convertimos en seres que, con la palabra, vamos descubriéndonos a nosotros mismos y a un mundo. No es otra la promesa de las palabras. ¡No es otra la promesa de un horizonte! Nos adentramos en las aguas hasta gritar ¡tierra! ¡tierra! Y esa tierra será desconocida. Y llegaremos, con ella, a orillas renovadas de la vida. 

 

La antigua Grecia, como es de imaginar, inventó para esa orilla una palabra, la hospitalidad. Tan a menudo cerca de fracasar, tan depreciada en nuestro tiempo, tan vergonzosamente ausente para quienes, hoy, la solicitan, esa palabra nació un día de la alianza poética entre el cuerpo del agua y el cuerpo que hace pie en el mundo. No importa si llegamos o regresamos a él. En esa orilla desconocida que el horizonte nos promete, podrá estar el rostro de nuestra madre con su mano tendida y una toalla seca a la espera. Podrá estar Nausícaa para ofrecernos agua, vestimenta, calor. Podrá estar la policía –no, la policía nunca es una orilla. Podremos finalmente estar nosotros mismos, creadores de nuestras orillas, hospitalarios con la versión que de nosotros reconozcamos como una parada en un continuo transitar.

 

Para ir cerrando, una nota personal: el otro día soñé que miraba la costa de Viña desde el mar, a la altura de Caleta Abarca. De un lado roqueríos, del otro lado el puerto. Yo nadaba aferrada a algo así como una tabla o un pedazo de suelo, intentaba mantenerme a flote pero mi preocupación no era hundirme. El atardecer era hermoso y columnas de sol a mi espalda me hacían formar parte de un cuadro que de cualquier forma debía abandonar. Era lo que calculaba: cómo alcanzar la orilla sin estrellarme en los bordes, sin sucumbir a la fuerza de las olas; cómo anticiparme a la caída de la noche. Tenía miedo. Sin una estrategia clara, intentaba dejarme llevar. Por mucho que pataleaba la orilla seguía lejos. Lentamente las luces se encendían y la orilla se volvía deslumbrante, pero el tiempo era poco y la angustia de no llegar crecía. Entonces desperté.  

 

Mentiría si digo que la imagen que ese sueño me regaló me dejó indiferente, porque algo tenía parecido a desdoblarme: después de todo, esa orilla que yo miraba desde el mar es la orilla donde yo vivo, donde quizás yo estaría durmiendo en ese momento, acaso caminando, mirando el horizonte desde la playa. Algo se dio vuelta en ese sueño sin desenlace, como la mayoría de los sueños; fue como mirarse en la pintura de Hockney bajo el agua. ¿Salimos del agua, como de un sueño, siendo los mismos que éramos al ingresar? 

 

Entre las muchas versiones modernas del mito de Ulises, hay una que creo se ha formulado mejor que ninguna otra esta pregunta. Es la historia de Pinocho, un muñeco de madera que un día recibe el encantamiento de un hada y cobra vida: se convierte en un muñeco alegre, travieso, mentiroso; su curiosidad lo lleva mucho más allá de los límites y cuidados procurados por el padre. Hasta que llega un momento en que a su padre, el carpintero que ha tallado su cuerpo en madera, se lo traga un tiburón gigante, un monstruo marino o una ballena (en la versión antigua de Disney es una ballena). Cuando Pinocho se entera, se lanza mar adentro, se hace tragar por el animal y en el interior de su estómago se reúne con Geppetto, que lleva días ahí, quizás meses sin poder salir. La astucia de Pinocho se pone a prueba: deciden producir un gigantesco incendio para hacer estornudar a la ballena y así ser expulsados al exterior. Lo logran. La ballena estornuda, pero la balsa que los lleva a bordo se destruye. Solo queda nadar, pero el padre Geppetto no sabe nadar. Entonces Pinocho se arma de fuerza y valor y con el padre a cuestas se abre camino, brazada tras brazada, hasta alcanzar la orilla que los salva. 

Pinocho ha salvado de la muerte a su padre y eso y solo eso, a nado mediante, lo hará digno de convertirse ya no en la imitación de un niño, sino en un niño de verdad.

El encantamiento se cumple: el arrojo de Pinocho es un arrojo a la vida y, diría más, a la vida creativa que incluso si a veces, muchas veces nos queda nadando, como decía el poeta Ignacio Balcells, se abre a una promesa: la promesa de ser recibidos, incluso por nosotros mismos, siendo otros.

Macarena García Moggia

(Viña del Mar, 1983) es doctora en Filosofía con mención en Estética y Teoría del Arte por la Universidad de Chile. Dirige la editorial Mundana y ha publicado la novela Maratón (2017), el libro de poemas Aldabas (2016) y los ensayos La transparencia de las ventanas (2022) y Ensayos de una casa (2024).

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