El hollín de la literatura chilena (Ed. Economías de Guerra, 2025), de Cynthia Rimsky y Carlos Walker.

En Moneda 846, a pocos metros del palacio de gobierno, sobrevive un restaurante llamado El Naturista. Lo fundó en 1927 Ismael Valdés Alfonso, un joven de familia acomodada que había estudiado agronomía en Cambridge, allí conoció a Gandhi y pasó doce años en la India aprendiendo enseñanzas hindúes. De vuelta en Chile, abrió el local con un breve manifiesto que aún hoy se reproduce en la página del restaurante: “El naturismo ha nacido como una reacción al exceso de civilización, a la vida artificial de este comienzo de siglo y que se lleva en todas las partes”. Casi cien años después, entre oficinistas y transeúntes, El Naturista sigue sirviendo el mismo pastel de choclo sin carne y las mismas ensaladas que Valdés llamaba “el lubricante humano”. Hay algo tercamente vivo en ese local, un residuo de una corriente antimoderna de comienzos del siglo veinte que en Chile encontró más de un cauce, casi todos olvidados o convertidos en anécdota. Uno de esos cauces, tal vez el más pintoresco, fue la colonia tolstoiana de San Bernardo de 1904, y es sobre ella que trata El hollín de la literatura chilena (Editorial Economías de Guerra, 2025), un libro breve y pequeño que cabe en una mano, escrito como conversación epistolar entre Cynthia Rimsky (Santiago, 1962), recién distinguida con el Premio Nacional de Literatura 2026, y el crítico y académico Carlos Walker (autor de Contra Bolaño).

El pretexto del libro es la relectura de Memorias de un tolstoyano (1955), del narrador Fernando Santiván, donde el escritor recuerda su participación, junto a Augusto D’Halmar y al pintor Ortiz de Zárate, en aquella colonia agrícola fundada en un terreno cedido por otro escritor, Manuel Magallanes Moure. Tres jóvenes de familias acomodadas dispuestos, en teoría, a abandonar la vida urbana por el trabajo de la tierra y la fraternidad ascética. Sobre ese material, Rimsky y Walker ensayan, según la contratapa, posibles desvíos de la historia de la literatura chilena.

Es una escritura por turnos concebida como género propio, una glosa expandida en diferido donde cada carta retoma un detalle del libro de Santiván, lo desarrolla, y se lo entrega al otro, que en vez de completarlo lo desplaza. Domina el rodeo sobre la tesis sostenida (“me apuro”, “se me ocurre ahora”, “conjeturo, de una forma tan falsa como la de ellos”); esa reticencia constante es una elección de método. Rimsky y Walker leen escenas menores en vez de discutir las tesis explícitas del libro, avanzan por relevo entre los dos en vez de refutarse o cerrarse, y dejan que los detalles hagan aparecer los patrones amplios sin generalizar de antemano sobre “la literatura chilena”. Los tolstoianos de 1904 avanzan por error y por tanteo; Rimsky y Walker escriben también por desvío, pero deliberado, por asociación y salto. Walker ya lo había practicado en Contra Bolaño (2022), leído por la crítica como un libro que avanza por digresión y “centro móvil” antes que por tesis frontal, y Rimsky ya lo había descrito con esas palabras en la propia obra de Walker, antes de escribir con él. El acierto de El hollín… está en la coincidencia entre modo de leer y objeto leído. La colonia tolstoiana, con su vocación por el error concreto antes que por la ejecución del programa, se resiste a la lectura sistemática y solo se deja iluminar por detalles y digresiones, que son justamente los instrumentos con que Rimsky y Walker escriben.

Varias ideas notables emergen de esas cartas. La imagen que da título al libro (Santiván imaginando cubrirse de hollín y aceite para no desentonar entre zapateros, disimulando sus “manos de niño bien”) organiza una primera lectura. La colonia es una puesta en escena de la pobreza, disfraz antes que trabajo. Sobre esa base, Rimsky enumera varios desvíos en la fundación de la colonia (la picardía del tío que cede tierra inaccesible, la negación de que la literatura tenga que ver con la experiencia, la tesis de que la literatura chilena está construida desde la desposesión). El eje con más apoyo textual dentro del libro es el contrapunto entre Santiván y D’Halmar. Memoria rencorosa de ajuste de cuentas contra el mito literario, historia contra leyenda, que se cierra con Santiván declarándose “asesino de fantasías” frente a un D’Halmar que “nunca dijo nada verdadero sobre la colonia”. Aquí conviene parar. D’Halmar no es un personaje menor de la literatura chilena. Fue el primer Premio Nacional de Literatura, en 1942, figura consular del modernismo criollo, autor entre otros de Juana Lucero y Pasión y muerte del cura Deusto. La disputa entre Santiván y D’Halmar sobre quién dice la verdad de la colonia está lejos de ser una riña privada entre dos amigos ancianos. Por el contrario, corresponde a una escaramuza dentro del combate más amplio por quién define el relato oficial de la literatura chilena del siglo veinte. Que el Premio Nacional recaiga hoy en Rimsky, cuya última publicación deshollina precisamente la leyenda que aquel primer laureado dejó como herencia, es una simetría que el calendario recién dibuja.

Uno de los tramos más sugerentes del libro es también uno de los más breves. Rimsky separa la historia de la literatura chilena en dos ventanas, la del discurso y la de la experiencia, y hace remontar el mandato que las ordena al discurso que José Victorino Lastarria -figura central de la generación de 1842- pronunció ese mismo año ante la Sociedad Literaria de Santiago. Vale la pena ahondar en esto pues aquel discurso contiene una tensión precisa y hasta hoy vigente. Lastarria exhorta a fundar una literatura nacional que rechace la imitación de modelos extranjeros y, en el mismo aliento, recomienda a sus oyentes nutrirse de los clásicos españoles y del pensamiento francés contemporáneo. El mandato nace con esa contradicción instalada en su centro, pidiendo originalidad y prescribiendo la fuente europea en el mismo gesto. En la imagen de Rimsky, las dos ventanas por las que la literatura chilena mira al mundo son desiguales: la del discurso, con su mandato de servir a la nación heredado de Lastarria, y prolongado hasta hoy, es enorme y vigila desde arriba a la de la experiencia, más pequeña, donde debería habitar la vida sencilla de campesinos y artesanos y que en las Memorias de Santiván, señala Rimsky, no aparece nunca.

La única fotografía que incorpora el libro (San Bernardo, 1906) muestra a uno de los colonos con el brazo extendido, señalando hacia algo que la imagen no contiene, un gesto que evoca, con una diferencia sustancial, el que organiza La fundación de Santiago (1888) del pintor Pedro Lira, cuyo título original describe a Valdivia, el conquistador, eligiendo desde las alturas del Huelén el llano donde ha de edificar la ciudad. La diferencia importa. Mientras que en el cuadro de Lira, el objeto señalado está pintado y es verificable, el valle del Mapocho; en la foto de 1906, el gesto apunta fuera de campo, hacia un futuro que nunca se cumplirá. Lira pintó el mito fundacional que la crítica de arte ha leído como una ficción al servicio de la supremacía española, premiada en París y reproducida por décadas en el billete de 500 pesos. La foto, en cambio, hereda una pose sin futuro, nada de lo señalado llegará a existir.

El hollín… lee la aventura tolstoiana sobre todo como ascetismo cristiano, disfraz y sacrificio, pero hay algo más amplio, tectónico y latente. El tolstoísmo que llega a Chile en 1904 es una rama de una corriente de crítica a la civilización industrial y urbana que recorre el cambio de siglo, véase vegetarianismo, higienismo, retorno a la tierra. Son corrientes que modulan una sensibilidad antimoderna, la misma que empuja a Santiván, D’Halmar y Ortiz de Zárate hacia San Bernardo y que reaparece, por otro cauce y sin relación entre los actores, en el proyecto de Ismael Valdés con el que empieza esta reseña.

El libro deja esta genealogía anidando entre la carta de Rimsky sobre las dos ventanas y el cierre de Walker, que invoca el vaciamiento del centro geográfico y letrado propuesto por el escritor chileno Mario Verdugo (Arresten al santiaguino! Biblioteca de autores regionales, 2018; Blusa, 2026). Una operación que desplaza el eje literario desde Santiago hacia la provincia y sospecha del centralismo que hace pasar una experiencia local por horizonte nacional. Rimsky habla de una “carretera realista y central” de la literatura chilena, una vía dominante que corre por el eje Santiago-realismo y que “empuja bajo la alfombra lo que la desmiente”, es decir, todo lo que no cabe en su relato oficial. Contra esa carretera, la escritora propone leer los “desvíos o desvaríos” de la colonia tolstoiana como brecha por donde asoma otra literatura posible.

Walker viene trabajando esta línea desde hace tiempo. En diciembre de 2024, al reseñar Clara y confusa, nombraba a Rimsky como una escritora a contramano de la literatura chilena y a Verdugo como otro caso de asedio a sus estandartes desde el margen. El hollín… retoma esa conexión de un trabajo crítico previo suyo sobre la obra de Rimsky, y la traslada del terreno de la novela, donde Rimsky mezcla lenguas y deforma el realismo, al terreno del ensayo epistolar sobre historia literaria, donde ese mismo cuestionamiento del mandato nacional se vuelve investigación en vez de ficción.

Ahí está el valor del libro, más allá de lo que deja abierto: la aplicación conjunta, a un tercer caso, de dos diagnósticos críticos que Rimsky y Walker ya habían formulado por separado, cada uno sobre la obra del otro. El desvío como método y el asedio al mandato nacional desde un lugar de enunciación desplazado vienen de antes, de la obra crítica y narrativa de ambos, y aquí encuentran por fin su blanco exacto. Los tres viajeros que en diciembre de 1904 subieron a un tren rumbo a Temuco creyendo que fundaban allí una utopía tolstoiana chilena se bajaron unas horas después en Concepción para terminar cazando chinches toda la noche en el primer hospedaje que encontraron. No sabían todavía que ese primer fracaso era el método que estaban inaugurando. La colonia terminaría instalándose meses más tarde en San Bernardo, en un terreno cedido por otro escritor, y también fracasaría. Rimsky y Walker, un siglo más tarde, se hacen cargo de esa herencia sin monumentos y le dan por fin la lectura que estaba esperando.

 

 

Rodolfo Reyes Macaya

Punta Arenas, 1988. Es historiador del arte de la Universidad de Chile, máster en estudios literarios de la Universidad de Buenos Aires y doctor en lenguas y literaturas romances de la Sorbona. Ha publicado poemarios y la novela Crin (Overol, 2021). Hoy es investigador en el Instituto de Historia y Patrimonio de la Universidad de Chile.

  

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