Wilfredo H. Corral
Ya no quiero reseñar libros.
Interrumpe demasiado mis lecturas.
Dorothy Parker, 1931
Llamar «B» a Bolaño, o exagerar la familiaridad con «Roberto» enerva o satisface a sus asiduos. ¿Es útil reiterar clichés —arrojado, bueno, contradictorio, clarividente, desconcertante, estratega, generoso, genial, idiosincrático, inconformista, innovador, inseguro, maleducado, pendenciero, profético o visionario— sin fortalecer la iniciativa de conocerlo íntegramente, o escudriñar por qué tiene detractores y escépticos? Su ingreso al canon mundial y las reacciones y lecturas que genera la obra de Roberto Bolaño son de dominio público. Jose Serralvo precisa con resignación varios contextos de esos atributos con afán exhaustivo y honesto en su acercamiento biográfico La sombra de los perros románticos (Navona, 2026), que con insistencia llama «vero relato».
La última de las siete «partes» (aludiendo a 2666) de su libro enuncia: «Es de suponer que al emprender la biografía de un escritor uno no debe aspirar a deconstruir hasta el último resquicio de lo que este dejó dicho en sus libros, sino más bien a narrar las vivencias, heridas y obsesiones que permiten entenderlos” (335), objetivo desvirtuado en este intento por cómo la narra, a veces replanteando tópicos, y por la selectividad documental al subordinar las abundantes exégesis del gran crítico de Bolaño, Ignacio Echevarría, aunque lo trate con el debido respeto (333-334). Serralvo es poco exigente al emitir cavilaciones, estimaciones, especulaciones hiperbólicas o hallazgos (286), aunque siempre con genio amable, dócil y crédulo. Es otro tema fijar por qué acude a fuentes académicas anglófonas y las preferencias de ellas por autoficciones, la brevedad de la juventud, cruces de literatura e historia, exilio, memoria, opinión como clarividencia, sexo, violencia política, etcétera. Bolaño no convirtió la autoría en el espectáculo del que se encargan sus profusos prescriptores, nunca definitivos. En «Sobre algunas novelas póstumas» (1986) César Aira menciona: «los libros no se hacen con intenciones, sino contra ellas».
El Bolaño leído incesantemente, por lo cual sigue muy vivo, es el que escribió durante la década previa a su muerte, el que cuestiona con un temple obsesivo cuánto de nuestras voces es nuestro. La sombra de los perros románticos no incluye distinciones claras sobre su progresión: «Corría aún el año 1979, Roberto empezaba a transformarse en Bolaño» (260), aunque con razón favorece, a través de su libro, La pista de hielo (1993) como plantilla estructural, esencial e inmediata de sus obras maestras. La traba es que su vida es un retrato que evoluciona, y para completarlo hay capas y capas de relatos basados en reflexiones y teorías persistentes que no proveen evidencia, aún si se armara una sucesión convencional de «El Bolaño de Chile», «El Bolaño de México» y «El Bolaño de España», subtexto de las partes de Serralvo. No asisten las metodologías biográficas y estilos que se intercalan, motivando preguntas (como las de los paratextos del libro) sobre los enfoques biográficos sin la necesaria ambición o investigación que requería el proyecto.
Como sus novelas más reconocidas, la vida de Bolaño es un río, caudalosa como el ruidoso Biobío chileno, y peligrosa por sus corrientes engañosas. Serralvo, que cita las coplas afines de Manrique (354), se mete en ellas, aparentemente sin imprimátur de los derechohabientes, con salvavidas bibliográficos anglófonos, aventurada legitimación que requiere explicación, igual que el hecho de que su proyecto de biografía acabe alrededor de 2003. Su libro se publica a la par de Notas para una autobiografía. Entrevistas 1975-2003, título que no refleja los criterios de selección de los editores de Alfaguara, sumándose a la «industria Bolaño», desarrollo que Serralvo desatiende. La información autobiográfica sobre Bolaño es casi vox populi, y Serralvo sostiene que poemarios como Los perros románticos transmiten su vida sin la comodidad de metáforas, razón por la cual sus poemas son vistos como prosa amontonada, y esta como «poética». En ese sentido, pocas obras combaten el cinismo con tanta eficacia como el poema homónimo de Los perros románticos. Así lo sugiere a posteriori Edna Lieberman, musa temprana que reaparece bajo varios seudónimos en la poesía y la prosa de Bolaño, en Cartas a mi fantasma, que Serralvo esquiva, como hace con los testimonios de Mariana Callejas o la crónica de Lemebel sobre esta, quedándose en la ficcionalización de Nocturno de Chile.
Revisando las entrevistas con Bolaño, como las de las meditadas recopilaciones de Andrés Braithwaite, lo que se sigue descubriendo es revelador. Se sobreentiende, por ellas y por alusiones, citas y reportajes, que leía de todo, y Serralvo lo confirma aprovechando asiduamente los archivos disponibles (se espera la apertura de otros). Pero es claro que hay que tomar con un grano de sal mucho de lo que manifestó Bolaño. Serralvo se arriesga a deducir, quizá con razón, que había leído ciertas obras o autores completa y desordenadamente (52-55, o en «La parte de los chilenos perdidos en México»), sin internarse muy lejos en si esas lecturas pasan a su obra, más como influencia que como presencia en sus comentarios irónicos y polémicos. Bolaño cambia de registro tonal con una facilidad consumada, un sentido de asombro que va de la mano con una anarquía cómica efervescente. Su narrativa podría ser una autobiografía bibliográfica indiferente a las modas.
Que Alfaguara excluya la «última entrevista» con Mónica Maristain, hace repensar ese género como fuente. Esa entrevista es biográfica, y Serralvo recurre a ella. En El hijo de Míster Playa. Una semblanza de Roberto Bolaño, su título como panfleto, Maristain no ostenta esa ansiedad, pero su circunspección periodística la expone a otras expectativas: al perezoso reclamo de que no hay biografías literarias latinoamericanas según paradigmas angloamericanos (las que hay son poco frecuentadas), y que autores eminentes nunca tendrán la que merecen. Fue el británico Benjamin Disraeli que opinó «La biografía es la única forma verdadera de historia, porque es vida sin teoría».
El enfoque de Serralvo es lineal, animado por no detenerse, siempre, en que tal o cual libro le gustó o enganchó a su autor, o que empatizó con sus personajes; señales del aburrimiento (como señalaba Parker). Su atención no es la del cronista novato o mero opinante con fecha límite, sino la del intérprete que pretende mostrar las ideas de Bolaño, con reflexiones coloquiales desde la parte inicial, empresa que infravalora a los lectores más enterados. No ayudan muletillas dispersas a través del libro, como «nunca lo sabremos», «algunos dirían», «o quizá», «o puede ser» y otras, cierto sermoneo y pontificación, más un refranero peninsular que choca con su propósito.
Se celebra que Serralvo emplee cartas desconocidas (de Edmundo de Ory y Bruno Montané), fuentes ignoradas, manuscritos inéditos y excelentes anécdotas de Javier Cercas o A. G. Porta, pero es igual de importante el don de mirar a lo que ya está ahí de otra manera, sin pensar en Bolaño como un «buen salvaje». No es este el lugar para detallar descuidos o errores en la documentación, pero es contraproducente que en las fichas de «Artículos, reportajes y blogs» falten páginas o nombres de publicaciones, o que, por ejemplo, no se especifique en dónde un tal Shane Sherman escribe sobre Bolaño (337), que no se precisen las fuentes para Juan Villoro o «como asegura Abel Sandoval» (55), o referirse a la novelista mexicana Carmen Boullosa como «la poetisa octaviana Carmen Bousa» (352). Es un flaco favor para los lectores dejar referencias en el aire, o las digresiones de notas muy extensas que habrían funcionado mejor como parte del relato principal (144-145, entre otras). Con estos procedimientos, resumidos con «Todo esto, que a priori puede parecer accesorio a nuestro relato, tal vez incluso irrelevante, es en realidad de suma trascendencia», (68), comienza la subjetividad que rige el resto de La sombra de los perros románticos.
Las preguntas más insondables sobre las transformaciones en Bolaño o su obra son asuntos de debates y tesis infinitas, avivados por entrevistas, un inmenso epistolario inédito (283-285), memorias, anecdotarios delirantes como La vida secreta de Roberto Bolaño (2024) de Montero Glez, o por ser personaje en varias ficciones, corolarios que Serralvo no discute. Si hay una sintomatología de Bolaño en sus obras, esta contiene una agitación nerviosa, una sensación de sobrecarga que produce niveles vertiginosos de conciencia; o la aprensión de alguna epifanía o verdad, seguida por un colapso. Son síntomas presentados como historias secundarias, sermones, debates, monólogos, sueños y parábolas filosóficas. No extraña que las biografías de artistas o menciones de ellos en sus obras fijen su contemporaneidad y su gusto, y como ocurre en La literatura nazi en América, en Bolaño el dato no mata el relato. Los detalles biográficos ficticios proveen un sentido dramático generalmente ausente de testimonios «empíricos» proveídos por amigos cercanos o instantáneos después de su fallecimiento, y observar su obra a través de ese prisma no disminuye sus logros.
En «Biografías noveladas», uno de sus escritos sobre arte, Antonio Gramsci aclara «Hay que señalar, sin embargo, que la biografía novelada, si tiene un público popular, no es popular en el sentido pleno, como sucede con el folletín: se dirige a un público que tiene o cree tener pretensiones de cultura superior». Serralvo no altera esa hegemonía cultural, cuya estética y ética Bolaño quería redefinir. Su vida imaginaria de Bolaño (especulativa, como admite a través del libro) no tiene el poder de las de su protagonista, que se distanciaba de las prerrogativas de los poderosos y las resistía. Su lucha tuvo lugar dentro de una vida que fue tan buena como cualquier novela que escribió, que resultó ser la novela en que siempre estuvo pensando, incluso alguna póstuma en que Serralvo no hurga. La «sombra» que analiza el libro solo llega hasta la muerte de su héroe, sin concebir cómo la vasta obra póstuma (con frecuencia escrita en años muy anteriores) contextualiza la «viva» de la que depende. No obstante, la primera y la sexta parte de Serralvo son más productivas como primera biografía.
Acumular testimonios como el de Quezada (que confirmó que el joven Bolaño era un lector empedernido) referido por Serralvo, pretende ilustrar o explicar su arte, pero ocurre lo inverso: lo conocemos mejor a través de sus escritos, sin socavar el valor de ellos. Tales memorias se pierden en un río de cronistas sin consecuencia, que escriben de manera poco sugestiva sobre asuntos poco pertinentes, sin reconocer que otros ya han escrito sobre su tema. Según Carolina López en un texto de Josep Massot citado por el autor «Cualquier persona puede decir y reinterpretar su vida, algunos correos electrónicos se convierten en la base de una gran amistad, una relación profesional en una amistad íntima. Los ejemplos podrían ser muchos, pareciera que quien quiere, puede publicar cualquier teoría sobre su vida privada».
Serralvo acata esa perspectiva de la viuda oficial, y al tratar el tercero de «los últimos tres misterios» de la vida (salud, dinero y amor) (342) subestima el noble papel de Carmen Pérez de Vega, minimiza el de Lieberman, y sobrevalora el de Lisa Johnson. Es ingenuo afirmar que «El final de nuestra historia no arroja luz alguna sobre dicho dilema hermenéutico» (352n98), porque sus suposiciones surgen de una mezcla de anecdotario y frases hechas novelizadas, sin añadir información acertada o novedosa, sólo meditaciones bien intencionadas que podrían emitir otros admiradores. Pero como con las nuevas «ediciones» de su obra, el oficialismo ha buscado amanuenses novatos para reescribir una vida que no termina con la muerte del autor.
Las apreciaciones y conclusiones de Serralvo serían más válidas si hubiera consultado las revistas Turia 75 o Dossier, las fundacionales compilaciones latinoamericanas de Celina Manzoni, Roberto Bolaño, la de Patricia Espinosa H, Territorios en fuga, y Roberto Bolaño de Fernando Moreno; o estudios individuales como Pistas de un naufragio de Chiara Bolognese y Bolaño traducido: nueva literatura mundial. Estos no son análisis limitadamente académicos (se sabe bien las opiniones de Bolaño sobre ellos), sino contextualizaciones de fuentes extranjeras y latinoamericanas. El registro de Serralvo de fuentes bibliográficas de la angloesfera sorprende, porque no hay citas directas. Preferirlas es su prerrogativa, como ennoblecer fuentes españolas, pero estaban a la mano Roberto Bolaño as World Literature, editada por Nicholas Birns y Juan E. De Castro, Valoración múltiple Roberto Bolaño, coordinada por Roberto Rodríguez Reyes, y Contra Bolaño de Carlos Walker. Más grave, faltan lecturas inigualables de Echevarría y los novelistas chilenos Alejandro Zambra y Álvaro Bisama.
Es complaciente machacar la iconografía (la parte «Nuevos comienzos en el viejo mundo», 211-270), sin problematizar los avatares comerciales, como hace resueltamente Chris Power en «Against the Bolaño Industry», The New Statesman (2022). Emblematizarlo es pensar que se sabe todo sobre él, falsear varias ideas críticas suyas, presentarlas como un choque de planos esquematizados con pulcritud, o como reunir defectos y virtudes en íntima cohesión, ostentados con idéntica imparcialidad. Uno se entrega a sus ideas porque transmite que no quiere impresionar con citas y referencias, y confía en sí mismo lo suficiente para seguir tratando de entender sus propósitos. La acogida de esta biografía ha sido problemática en España (ya veremos la recepción hispanoamericana), más con resúmenes de contenido personalizados que con lecturas críticas, y más con ataques al biógrafo, aun cuando muestra una gran afinidad con la excepcional originalidad de su biografiado. Algún pensamiento crítico en esas disputas funciona como fantasía de segundo orden, cerniéndose sobre aquello con lo que no podemos reconciliarnos de manera satisfactoria.
Empero, sobresale «La parte de la poesía salvaje» (151—209, 192n4), en donde Serralvo subsana la falta de una tradición biográfica iberoamericana, navegando entre la de un crítico como Emir Rodríguez Monegal (con su psicologismo novato sobre Borges) y la deslenguada y cáustica del novelista colombiano Fernando Vallejo en El mensajero. Una biografía de Porfirio Barba Jacob y Almas en pena, chapolas negras sobre José Asunción Silva. En 1940 Alfonso Reyes advertía que el empeño de las nuevas biografías cándidas de reducir al héroe a una irrealidad microscópica lo exhibe con demasiada frecuencia en pantuflas; como nunca o pocas veces lo vieron sus contemporáneos. La sombra de los perros románticos se nutre de esa falacia, cuando la ficción de Bolaño confirma el acierto de Reyes, no una relación utilitaria. Serralvo, ameno, ha hecho la mayoría de sus deberes, pero no logra el gran relato que se podría desprender de tanto esfuerzo, solo algunas verdades a medias sin mayores revelaciones, que es como creer que el río Biobío es manso e idílico.
La imagen de portada está inspirada en el stencil de Farisori.
(Guayaquil). Es autor de libros sobre Augusto Monterroso, Roberto Bolaño y Mario Vargas Llosa, crítica y teoría literaria, y varios sobre la novela, entre ellos Nueva cartografía occidental de la novela hispanoamericana (Ediciones Universidad Diego Portales, 2025). Desde 1985 es reseñador habitual de World Literature Today.