1. Si el estilo es el carácter o la manera de alguien que escribe o en general crea, eso que hace de una obra su obra, entonces estilo es esa persona, y hasta podríamos decir, fuera del círculo de los artistas, que cada quien, tú, yo, es un estilo, que vendría a ser lo mismo que decir que somos una manera de ser, como si fuéramos una obra (supongo que siempre incompleta) de nosotros mismos, al menos en parte, porque por supuesto que en cada uno hay mucho más de lo que uno mismo, por acción u omisión, haya hecho de sí.

 

  1. Dijo Nietzsche, uno de los más diversos estilistas, según él mismo, que el estilo es un arte y es bueno todo estilo que comunica realmente un estado interno, o sea, que usa los signos y ritmos precisos para expresar esa interioridad: “Comunicar un estado, una tensión interna de pa­thos, por medio de signos, incluido el tempo de esos signos, tal es el sentido de todo estilo; y teniendo en cuenta que la multiplicidad de los estados interiores es en mí extraordinaria, hay en mí muchas posibilidades del estilo, el más diverso arte del estilo de que un hombre ha dispuesto nunca. Es bueno todo estilo que comunica realmente un es­tado interno, que no yerra en los signos, en el tempo de los signos, en los gestos”.

 

  1. Del estilo, dice el diccionario, que es modo, manera, forma de comportamiento; uso, práctica, costumbre, moda; gusto, elegancia o distinción de una persona o cosa; características que identifican una tendencia artística; y, como ya vimos, manera y carácter de un autor o una obra. Todos esos sentidos del estilo orbitan en el sistema a cuyo sol podríamos llamar arte o creatividad, y por qué no aura, en el sentido de la singularidad de una obra (y/o de una persona). Pero hay otra acepción, quizás anterior, que si bien puede ser parte de ese universo, es mucho más concreta, mucho más manual, útil, a saber, el estilo como el punzón o estilete con el que se escribía antiguamente en tablas enceradas.

 

  1. Estilo es, entonces, no tanto o no primero lo que se escribe, menos aún la singularidad de eso que se escribe, es más bien con lo que se escribe. Ahora, según las características del punzón y la habilidad del escritor o escribano, el mero útil sí definirá, o mejor, si imprimirá una u otra manera, carácter o forma; y podríamos imaginar, pues, a alguien, por ejemplo un crítico, capaz de identificar que esto se escribió con este o este punzón, y/o que lo hizo este o este escriba, como quien dijera: esta es la marca o el tipo de marca que hace X o Y.

 

  1. Si tiene razón Nietzsche y estilo es la expresión de un estado interno, digamos, pena, rabia, alegría, alivio, dolor, etcétera, y el buen estilo es el que realmente expresa ese interior, hay que suponer una suerte de armonía o sintonía fina, una fluidez, una traducción limpia, natural, clara, cual conjunción de planetas, que va del corazón a la mente, de la mente al brazo y la mano, del brazo y la mano al punzón (o al lápiz o al teclado), y del punzón o lo que sea a la tabla, papel o pantalla en la que registraremos eso que viene del corazón.

 

  1. Podríamos hablar de un estilo punzante, no sé si como virtud o defecto, pero voy a imaginar lo primero, en el sentido de un estilo que, porque expresa lo que pretende expresar, es agudo, penetrante, hondo. Si el estilo es malo, en cambio, hay que suponer algún cortocircuito, algún tapón en el paso de un estadio a otro, sea en la mente, el brazo y la mano, el punzón y por qué no la tabla, el papel o el teclado; incluso podría ser, simplemente, que no haya ninguna interioridad que expresar. Sea cual sea el caso, cabría hablar, frente al estilo punzante, de un estilo romo, chato, plano, incapaz de marcar lo que quiere marcar, o sea, que deja indemne a la tabla o en blanco a la hoja.

 

  1. Los punzones, sabemos, o deberíamos saber, matan o pueden matar. De lo que podría seguirse que el estilo mata o puede matar. ¿Sería ese un buen o mal estilo? Quizás uno excesivo, demasiado agudo o penetrante, que rompe lo que debería marcar.

 

  1. El buen estilo, porque marca, no mata, sí hiere, lastima, ¿a quién?, pues al lector o al observador, de manera que es este, también, la cera, hoja o pantalla en la que el autor inscribe algo (o nada, si su estilo es romo). Solo cuando otro lo interioriza se completa la comunicación de un interior, solo entonces hay buen estilo. Por eso, según Nietzsche, no hay un estilo en sí, eso es mero idealismo; el estilo es siempre de alguien, tal como una palabra es tanto del que la dice como del que la oye: “Dando siempre por supuesto que haya oídos, que haya hombres capaces y dignos de tal pathos, que no falten aquellos hombres con los que es lícito comunicarse”, dice el filósofo alemán.

 

  1. Cabe preguntarse si es que la supuesta fluidez que lleva del corazón a la mente al brazo y la mano al punzón a la tabla, sigue en esa vía libre cuando pasa al interior de otro, cuando se inscribe en otro corazón: si pudiéramos mirar en el corazón del autor y en el del lector, ¿descubriríamos el mismo sentimiento, como si al interiorizarse un estilo se desandará el camino que llevó a su exteriorización?

 

  1. Imaginemos que podemos borrar la memoria del lector o espectador, que lo hacemos olvidar el libro que leyó o la obra que observó, pero que permanece en él el pathos que interiorizó. Supongamos, luego, que en esa persona también surge la necesidad de expresarse, y que es un buen escritor o artista, de estilo punzante, ¿escribirá o creará lo mismo que leyó u observó, saldrá, por ejemplo, de él, que no es Nietzsche, la obra de Nietzsche? Supongamos que no. ¿Qué es entonces el buen estilo? Porque si requiere de ojos u oídos que lo perciban, que completen la comunicación, entonces no basta con la buena expresión, no es suficiente que salga bien, esa bondad solo se comprueba con la interiorización, pero en esta ya no hay un mero influir, sin filtro, sí hay in-fluencia, por supuesto, pero también una contaminación y hasta una desfiguración, probablemente porque otra mente y otro corazón entran al juego, y por eso el lector de Nietzsche, haya olvidado o no que lo leyó, no escribirá la obra de Nietzsche.

 

  1. Quizás el buen estilo es, a la vez, expresión o exteriorización realista (del autor) e impresión o interiorización irrealista (del lector). Ahora, puesto que, salvo que le creamos al autor, no hay quién dé testimonio del realismo de la expresión, del correcto paso del interior al exterior, y solo contamos con la excitación que provoca una obra en otro, con la huella que deja en alguien, entonces el buen estilo soy yo o quizás eres tú. El asunto, pues, es quién soy yo, quién eres tú, cuestión que ni vivos ni muertos podemos saber, a lo más lo podemos ensayar, escribir, y ya veremos qué ocurre o resulta, si es que algo ocurre o resulta.

 

  1. El camino hacia la belleza, dijo Thomas Mann, nos lleva necesariamente al descarrío, la maestría del estilo, agregó, es mentira e insensatez. Por eso, por ser una empresa temeraria, recomendaba prohibir la pretensión de educar al pueblo y la juventud a través del arte. Nadie sabe nada, quizás eso podríamos decir, salvo, tal vez, que no sabemos nada. No es que no haya que aspirar al buen estilo, no me atrevo a afirmar eso, pero suponer que podemos saber qué es y entonces supeditar la expresión a ese logro, hacer las cosas con maestría o no hacerlas, es como dejar de vivir la vida a la espera de vivirla bien. Es pretender saber sin hacer, camino seguro para esa enfermedad del ánimo que podríamos llamar parálisis por o de perfección. Diría más: así como hay que vivir mal, hay que escribir mal, y para eso sí que hay que tener carácter. De modo que: con mal estilo, romo, parece que así se hacen las cosas, como en ese grafiti que dice que todo me male sal.

 

Juan Rodríguez Medina

Nació en Santiago en 1983, estudió filosofía y luego periodismo escrito. Actualmente reportea sobre cultura e ideas. Es autor del libro de entrevistas Descartes periódicos (La Pollera, 2019) y de Recobrar el tiempo (Taurus, 2022), un ensayo contra el trabajo.

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