Marcela Fuentealba
Marcelo Mellado (1955), o Mellado Marcelo, como le dicen a veces para distinguirlo de su hermano mayor, Justo Pastor (conocido crítico de arte), lleva más de treinta años escribiendo una sólida obra novelística o una narrativa posible, sobre las comunidades y sus articulaciones de habla, sus derivas políticas y relacionales; algunos de sus títulos son El huidor, El objetor, Humillaciones, La ordinariez, Monroe y El niño alcalde. Mellado ha reivindicado la provincia como espacio ficticio y vital: en su último libro – suma unos quince títulos (es pródigo, pero no excesivo)–, El libro de las voces (Ediciones Rocamar), insiste en revisar el municipalismo y las huellas geológicas, históricas, del lugar donde vive, mientras ausculta sus propias posibilidades de existencia. Y persigue también, casi quince años después, el mundo de su novela La batalla de Placilla, una apoteosis del tema territorial, que dice querer cambiar. Mientras tanto, publica también una antología de crónicas, Prosas domésticas (Universidad de Valparaíso), textos escritos entre los difíciles años del estallido, la pandemia y la aceleración tecnológica desatada.
De trámites por Santiago desde Valparaíso, mantiene su imponente estampa de tipo alto, activo, con grandes manos de artesano, matizado con un bastón de madera noble hecho por él mismo, para paliar las molestias en una rodilla. Conversa, como siempre, con su alto humor, descreimiento e interés en los detalles que cuentan el mundo menos evidente.
En este Libro de las voces uno entra de inmediato a tu narrativa, y altiro también aparece la figura del Otro, que dirime y modula. Las voces están dentro y fuera.
Son los modos que adquiere el delirio, ¿no? Los personajes, las voces son modos del delirio. Las voces que te habitan, tomadas por la voz que habla. O sea, esquizofrenia pura. El Otro es la referencia especular, un otro que se desapega del yo, del personaje. El yo es un otro, digamos: la tesis clave. La subjetividad de hablar, de hablarse. Tengo varios amigos ya que a estas alturas nos hablamos a nosotros mismos, hablar en definitiva es hablarse. Y en queja, en situación de querella permanente. Ahora estoy un poco aburrido con el tema municipal, con esa pelea. Quiero girar a otros rumbos. Pero quería terminar con esta cosa comunitaria, colectivista, muy mínima, que tiene que ver con las pequeñas comunidades del habla.
En el libro está más descompuesta la cosa, ¿no? Aunque mantienes la utopía semi-rural.
Como ganaron los malos definitivamente, y se impusieron los ricos, con la ley de los ricos imponiendo este nuevo fascismo que hay, a nivel planetario, nuestros conflictos quedan un poco fuera de foco. Pero no dejan de tener sentido en la medida en que puede ser un lugar, no de resistencia, sino que de insistencia, en donde uno tiene un pedazo de tierra, y plantas tus cosas ahí, y desarrollas tu pequeño huerto, tu pequeño jardín. Es una utopía particular con la cual hacemos vida silvestre. Entonces, no tengo muchas relaciones con el mundo de la literatura literaria, digamos, estoy siempre más bien hablando de tierra y de semillas y de cosas así.
También aparece esa dicotomía de siempre entre las mujeres, las vecinas, siempre en batalla con “los cara de hombre”.
O sea, lo que estamos viviendo es el triunfo de “los cara de hombre” por la vía del hombrismo total. Pero eso trae consigo todas las cosas a las que no pueden acceder. La barbarie es completa, la barbarie digital, la arrogancia, el triunfo de los millonarios y lo que podríamos llamar tecnofeudalismo, pero en el fondo gana el mundo del servicio al cliente, por así decirlo. Todo es clientela, clientelismo.
Este mundo de insistencia, campesino de baja intensidad, está contra el consumo también.
No sé si haces mundo con eso, pero el tema del poder lo pierdes. En las estrategias de poder uno ya como novelista está perdido. Todavía tengo la imagen de la novela como trabajo manual, y no sé si será un trabajo manual, porque con el fascismo digital ya como que no… Entonces uno maneja el tema de las manualidades, ando recuperando cuchillos, haciendo bastones con ramas: la confección del diseño y la confección de lo doméstico. En eso tengo que jugármela. Y es permanentemente un fracaso porque con eso no alcanzas a armar un dispositivo de poder tan espectacular contra la barbarie de los millonarios, de los Nick Land, este tipo que inventa la contrautopía del poder absoluto de los poderosos contra la barbarie que somos nosotros, como una ciencia ficción convertida en hecho real. La arrogancia digital de un pendejo convertida en power absoluto. Frente a eso, es duro el panorama.
Queda arrasamiento y acomodarse, la succión, que aplicas metafóricamente.
Claro, no tenemos cómo responder a eso desde el punto de vista práctico. No somos políticos en el sentido que no tenemos herramientas. Podemos analizar, pero no tenemos herramientas para hacerle frente a la barbarie fascista directa que está en la vida cotidiana del vecino que tiene cinco perros que ladran y con eso se siente protegido. Y te jode la vida.
Hay una escena en El libro de las voces en que van a un paseo por las lagunas, todo sale medio mal y encuentran un cadáver. Y el cadáver como que pasa a inventario, es lo normal o la nada.
Todo es así. Esa desaparición permanente de gente en Chile. O sea, tú ves un matinal y está la novela haciéndose. Como la señora Elcira, que desapareció en el estacionamiento de un restaurante de Limache. Qué fascinante esa muerte. Va al baño, nadie la acompaña, tenía más de 85 años. ¿Cómo nadie acompaña a la abuelita? En estos lugares donde el baño queda como a 500 metros. Y nunca más se supo de la señora Elcira. Hay una novela que debiera llamarse “Elcira”. Tú te metes en estos lugares y encuentras cadáveres. De hecho, donde yo vivo es un cementerio de soldados del siglo XIX, y eso llama a más muertes. Es parte del mito de mi localidad, en Placilla de Peñuelas los cadáveres se tiran en la laguna. Y ojo, ahora quieren romper con la historia, pero la historia se les repite. El Placilla hoy sería de los incendios, de bomberos, de los camioneros. Lleno de chilenos cara de hombre que creen que necesitamos a un Bukele, pero salió este católico fundamentalista que no llega ni a párroco, ni a bodeguero.
Antes en estos personajes municipales, provincianos, en el hacedor de asados, había cierto futuro, pero ahora como que no mucho más que esperar.
Andan armando sistemas de sobrevivencia. Pero el municipalismo hoy día es lo único que surge contra la barbarie de los ricos. Cuando Quiroz habla del pleno empleo es esclavismo, directamente. Es cuando mi vecino me dice pásame cualquier pega, por diez lucas, por cinco lucas. De hecho, una propuesta concreta es bajar tu sueldo, ahí vamos a tener todos pleno empleo. El municipalismo podría ser la salvación frente a eso. O sea, lo único que nos va quedando del Estado, que se supone tiene que desaparecer, sería el municipio. Habría que volver a municipalizar, insistir en juntarnos alrededor de un alcalde que nos que nos salve del emperador. Como los señores feudales se opusieron al rey en algún momento.
Otra figura que rescatas es una abuela que tiene fantasías con un pasado granadino y la cultura árabe.
Es ficticio, pero yo tuve esta abuela que tenía ese rostro y esa brutalidad de la España profunda, totalmente granadina. Entonces es buscar otra posibilidad, tener una salida por el lado del ancestro más brutal, del inmigrante indeseado. La onda facha anti-migrante la encuentro increíble, porque no existe la no migración, no hay un mundo no migrante. Esta abuela se luce con esta otra alternativa de pasado, porque en el fondo alguna vez dentro de la utopía podría ser que al Andaluz sea la unión de las tres culturas judía, árabe y cristiano tuviera. Aparece otra mezcla posible y una forma de superar el anclaje del mundo cristiano nuestro, monolítico.
¿Te sientes muy retrógrado?
No, porque lo más retrógrado es precisamente la Inteligencia Artificial. Pero el novelista hoy, ¿qué papel tiene frente a un influencer por ejemplo? O quizá los artistas son los influencers, la gente que está en las comunicaciones. Todo rápido, todo video, todo simpático. El conservadurismo entonces podría parecer como revolucionario, de repente barrer las veredas y conectarse con las vecinas que barren al lado y te convidan plantas, como mi vecina de la esquina, que es comunista, y se dedica al jardín igual que yo. Ella es de una familia que para mí es muy importante, son todos comunistas y músicos. Se llaman Los Morenos. Ella canta precioso y es hija de un guerrillero chileno, se crio en las dachas, en Moscú y habla ruso, su viejo ya tiene como noventa años, le pasé un libro de Mayakovski y lo lee en ruso.
También está la cuestión del bosque quemado que vuelve.
La fascinación por quemar que tienen estos tipos, la tierra arrasada, el sueño fascista es quemar todo, matar a todos. El uso del adverbio. Y bueno, gran parte de la vida de uno tiene que ver con cómo contrarrestar el mundo a los cuicos, porque los cuicos ganaron a nivel de imaginario. Todos quieren vivir en este país como en Las Condes, con el imaginario de una comuna, que no son dos, porque Vitacura no existe. Ahí no tienen municipios, en el sentido popular del término. Eso es bien bárbaro y bastante primitivo, el tecnofeudalismo es eso, reproducir el gueto, el ultragueto: nosotros nos manejamos y el resto nos trabaja a nosotros, y en las peores condiciones. Es el abandono del mundo moderno. Ahí está el Orwell, el gran computador que lo maneje todo. Entonces la novela, o la producción artística, que antes siempre fue crítica, no sé dónde está. Podría estar en esta insistencia de mundo, en esos resabios de la ultraderrota. Estos tipos juegan con el fin del mundo, sí. Acuérdate de la frase que han repetido varios filósofos, que es más fácil que se termine el mundo que el capitalismo. El fin del mundo es el fin de nosotros. Y la oferta de la guerra es permanente. En eso no sé qué tenemos que decir los que nos dedicamos a producir libros, la sobrevivencia puede ser la máxima oferta que tengamos.
Sobrevivir. Y ahí entra el delirio.
A nivel de producción de obra, estoy tratando de recuperar una novela de espionaje, antigua, un tema que se me ha repetido varias veces, una red de espionaje soviético en Chile, en la época de la Segunda Guerra Mundial, que funcionó con un espía, Iósif Grigulevich. Y de repente un historiador, un periodista ruso, escribió dos libros sobre eso. He investigado, he entrevistado a gente, hay un libro, José Miguel Varas fue amigo de él. Hay mucha información. El tipo recibía órdenes directo de Stalin, y cuando muere Stalin, en 1953, entra en decadencia, vuelve a la universidad y se convierte en un académico que escribe libros, pero tiene problemas de legitimidad. Sigue siendo útil por lo que sabía de Latinoamérica. Hizo una biografía del Che Guevara, otra de Allende, para el público ruso. La inteligencia soviética es más entretenida que la cresta. Hay que recuperar el siglo XX, que es mucho más fascinante que el siglo XXI. La guerra fría es mucho mejor que esta guerra calentona y arrasadora.
Marcela Fuentealba (Santiago, 1973) es periodista, magíster en Humanidades y editora. Ha colaborado en diversos medios y editoriales; actualmente dirige la editorial Saposcat.