En “El pueblo más cercano” de Franz Kafka, un abuelo afirma que la vida entera no alcanza para llegar cabalgando al pueblo más próximo. El mundo es demasiado ancho; la vida es, por definición, insuficiente. Sigue Kafka, en una entrada de su diario: “Moisés no pudo llegar a Canaán, no porque su vida fuera demasiado corta, sino porque era un hombre” (19 de octubre de 1921).*

 

Una vida humana, para Kafka, por definición no alcanza. Basta con moverse apenas un poco para empezar a notar que hay demasiado espacio. Basta incluso con quedarnos quietos para que la sensación del espacio aún sin recorrer nos deje agotados.

En el relato “Un mensaje imperial”, un heraldo comienza a caminar para llevar su mensaje al otro lado de una multitud de súbditos de un emperador que ya ha muerto. Hay, primero, una multitud humana. Luego, aposentos, patios, más palacios, ciudades, desperdicios de ciudades, imperios. El mensajero va señalándose el pecho y mostrando el signo imperial del sol, pero pasa días, meses y años (pasa un cuento entero) sin poder salir de las habitaciones interiores del palacio.

En la obra de Kafka, los mensajes nunca llegan hasta sus destinatarios. No llegan porque llegar no parece ser su meta. La meta del mensaje es, en cambio, su desesperación.

La meta queda reemplazada por su dignidad: el mensaje tiene que ser digno de haber llegado (que haya llegado o no es absolutamente secundario). La llegada del mensaje es un hecho puntual. La dignidad, en cambio, es eterna.

 

Cuando Franz Kafka recibía una carta, porque era muy meticuloso, la dejaba cerrada sobre la mesa por algún tiempo. Sobre la mesa, y entre las cuatro paredes de su cuarto, la carta todavía no llegaba. Para alguien meticuloso, en las cartas todo es plausible de prolongarse: la lectura, la relectura, los bocetos de respuestas, las respuestas. La llegada de la carta es el único peligro: la irrupción de algo incontrolable, una agresión para la vida de un solitario. La llegada provoca el contratiempo de una invasión. Una carta que llega es una carta que ya no está en camino (pierde la dignidad de la lucha). Rompe la espera del destinatario y la desesperación del mensajero. A menos que uno deje la carta cerrada encima de la mesa. Entonces, todavía, el mensaje, encerrado en el sobre, continúa luchando.

De la misma manera que las cartas, Kafka percibía el recorrido de la sangre por su cuerpo.

 

En los diarios:

 

“Mi cuerpo es demasiado largo para su debilidad (…) ¿Cómo podría un corazón tan débil como el mío empujar la sangre por todo el largo de estas piernas? […] Por causa del largo del cuerpo, todo está desarticulado. ¿Cómo un cuerpo así podría lograr algo? Incluso si se compactara, tendría demasiada poca fuerza en relación con lo que quiere alcanzar” (22.XI.1911).

 

El cuerpo de Franz Kafka es “largo” e intrincado, como los recorridos de sus mensajeros. Hay una distancia enorme entre él y sus brazos. Hay un abismo entre él y la punta de sus pies. Así como la sangre se abre camino por el cuerpo, el agrimensor, el escritor (la cabeza), miden el espacio. Pero saben cuál es el problema: el instrumento de medición es insuficiente. Entonces, van a dedicar su vida a medirlo en vano.

La sangre baja hasta las rodillas y ahí, ya sin fuerza, llega hasta las pantorrillas. La necesitan arriba. El cuerpo es ridículamente largo y, sin embargo, la sangre tiene que moverse.

 

A Milena: “No olvides nunca tu gran a pesar de…

Dein großes Trotzdem.

 

Kafka anota en su diario: “Aunque la salvación no llegue, de todas formas quiero ser a cada momento digno de ella” (25.II.1912). Aunque la salvación no exista, lo único que uno puede hacer al respecto es merecerla.

 

La idea kafkiana de dignidad o de mérito es absolutamente excéntrica: la dignidad es la lucha. La dignidad de un movimiento no está en su meta, sino en su desesperación. La dignidad de la quietud está en la espera. En el lenguaje, la dignidad está en el absurdo, porque es, al mismo tiempo: esperanza y desesperación.

La justificación de la vida por medio de la idea de “hacerse digno” resulta hoy casi impensable. Porque la dignidad y la meta, en nuestros tiempos, se reducen a un solo elemento: la vida. El que tiene la dignidad de estar vivo tiene como meta la vida. La vida no merece otra cosa que más vida. La vida que, para Kafka, era ridícula. La vida que, para Kafka, era un sueño en el que nos encontrábamos con la posibilidad extraordinaria de merecer otra cosa.

 

En la última carta a Milena, Kafka anuncia que ya no le importa el modo en que sus palabras lleguen hasta su destinataria. Incluso cree que la carta cobrará una fuerza nueva si, en vez de recibirla en su casa, Milena encuentra al mensajero (con la carta) desmayado frente a la puerta.

El desmayo del mensajero es una parte del mensaje. La puerta es una parte del mensaje. Pero la llegada de la carta es un afuera. Toda la obra de Franz Kafka llega hasta nosotros a través de un mensajero desmayado. El camino es largo, la meta no se divisa, sino que simplemente se merece.

 

Para Kafka, el ejercicio desesperado de “merecer” era una desolación y una promesa.

Era una desolación, porque el esfuerzo sin meta (sin límite) siempre desespera. Dice a Milena: “¿Hay tanta paciencia en el mundo como la que yo necesito?”.

Pero era también una promesa. Porque, si no hubiese existido esta posibilidad de merecer, por medio de la vida, algo distinto… entonces Kafka hubiese preferido (lo dice muchas veces, en sus diarios) saltar por la ventana.

 

Nuestros tiempos olvidaron esta conexión kafkiana entre la dignidad y la vida, como otras ideas que (con razón) asustan. Negar que la vida sea, en sí misma, digna, resulta hoy casi inmoral. Y sin embargo la moral de nuestros días es bastante problemática. Para merecer, no hace falta más que vivir. Todos merecemos, porque estamos vivos. ¿Y qué es lo merecemos? Una vez más: vida. Un círculo vicioso: la vida toma el lugar del mérito y la meta.

Franz Kafka, en cambio, pensó que un leñador, para merecer otra cosa que el sueño de la vida, tenía que seguir cortando leña hasta el final, conociendo, en cada golpe contra el árbol, que el golpe presente, el siguiente y el pasado eran solo el sueño de un golpe. Que la salvación era cortar toda la vida un árbol, habiendo merecido, en realidad, cortar en dos el sueño.

 

 

*Todas las traducciones son propias.

Marina Closs

Ha publicado las novelas Álvar Núñez: trabajos de sed y de hambre, Tres truenos, Monchi Mesa, La despoblación y Casa de agua, el ensayo La encendida silenciosa y los libros de cuentos Pombero y La doncella aguja.

 

 

Skip to toolbar