Hace unos días me preguntaron cuál había sido el disparador de Dónde puedo dejarlo. Y en realidad no supe (ni sé todavía) cuál habrá sido exactamente ese chispazo, ese clic que detonó la escritura. Pero las personas —y las escritoras, que suelen ser personas también— a veces usamos la “casa de la cabeza”, como diría la poeta Mary Ruefle, para explicarnos el mundo. Como si en el altillo de una casa habitara una cabra blanca que pasta a su antojo, así mismo en nuestras cabezas habitan unos mundos que parecen sacados de otros mundos. Al menos en el mío ocurre así: un mundo donde las cabras hablan. La de mi altillo, por ejemplo, me dijo que el clic de esta novela había sido la lectura de Sobre la imaginación, el breve y contundente ensayo de Mary Ruefle, justamente. Pero también me dijo —la cabra— que el clic podía haber sido la lectura de Nox, esa elegía al hermano ausente de Anne Carson. O quizás Memoria de chica, de Annie Ernaux, quien concibe la memoria como una forma de la incertidumbre. O En el lugar de la mano, el ímpetu de un río, el poemario de Julieta Marchant, que vuelve una y otra vez sobre la posibilidad o la imposibilidad, más bien, de las palabras para encarar el duelo. O El corazón de un perro, de la inclasificable Laurie Anderson, un libro igualmente inclasificable que no sé bien porqué asocio tanto al tiempo que duró esta escritura. Y puede que a su modo cada una de esas lecturas haya sido una chispa, efectivamente, así como también lo fueron momentos puntuales, estímulos, escenas dispersas que rasparon algo sin saberlo.

Por ejemplo, las palabras de Mike Wilson, en 2017, al presentar Imposible salir de la Tierra. Aludiendo al sueño acuático que marcaba el final de la protagonista de uno de los cuentos, Mike decía que esa imagen le había hecho pensar en que somos como la superficie de la Tierra, que nuestros cuerpos tienen más de la mitad de agua en su interior y que acaso sería más acertado decir que al morir no seremos tierra, sino “agua, vapor, nieve y hielo”. Y terminaba diciendo que (lo cito) “aunque estemos atrapados en la Tierra, lo que queda de nosotros circula, se evapora, se condensa, se congela y se derrite, y así fluimos”. Y decía también que le gustaba la idea de “saber que algún día lloveré o nevaré”. Esa imagen de estar hechos de agua, de evaporarnos, me quedó rondando. Y pensé escribir la historia de una mujer que se volvía nieve, que se derretía. Y mientras lo pensaba vino la conexión con un recuerdo recurrente: una amiga de la infancia, una amiga muy querida, se involucra en actividades clandestinas y un día debe huir. No nos vemos por años. ¿Se evapora ese vínculo?, me pregunté entonces. ¿Se hace agua?¿Habrá nevado sobre nosotros mi amiga? ¿Son de agua los cuerpos que no están? Y una pregunta fue llevando a la otra: ¿Cómo se cuentan esos cuerpos? ¿Cómo se narran desde la perspectiva de los que se quedan, de los que no se evaporan ni se derriten? (o no todavía, al menos). ¿Cómo es que lo ausente anida en lo presente? Las preguntas se volvieron una masa de agua congelada, una bola de nieve orientada hacia una zona de irrealidad que terminó imponiéndose.

Pero esa misma versión podría mirarla desde otro ángulo. Y decir que el primer chispazo, en realidad, fue una escena muy vívida que pude haber soñado o vivido o imaginado. Y que por mucho tiempo no me la pude sacar de la cabeza: un padre celebra todos los años el cumpleaños de su hija que un día ha desaparecido. Le compra una torta, invita a las amigas, adorna la casa con serpentinas, le canta el feliz cumpleaños, sopla las velas con la boca chueca como para que no parezca que es él quien sopla en vez de la hija; todos aplauden. El padre sirve un trozo de torta en el plato que ocupa la cabecera de la mesa: el puesto vacío está un poco menos vacío. Por momentos, esa puesta en escena me abducía. Pero algo ahí se resistía a ser escrito. Aunque lo desaparecido porfiaba en aparecer, las palabras se retiraban: no podían alcanzar esa impresión, esa foto, esa vivencia, ese fragmento teatral; lo que haya sido. Hasta que durante la pandemia hubo un movimiento de placas que alteró el foco. En esa atmósfera fantasmal, que traía la reminiscencia de otros tiempos, la escritura se vio tocada por otras pérdidas, otros duelos. Quizás los primeros signos de desmemoria de mi mamá se cruzaron también. Como sea, los tediosos meses de encierro posibilitaron la revisión de papeles, recuerdos, cajitas, documentos, fantasías, viejos álbumes de fotos que yo leía con adicción. Leía las fotos como si fueran las páginas de un libro que se iba alojando en la casa de mi cabeza. En mi altillo. Con mi cabra blanca. Yo quería atrapar las experiencias frondosas de una amistad que era también una conspiración y no sabía, yo, si esos recuerdos eran míos o no, y al mismo tiempo y quizás por lo mismo deseaba huir de su precisión, y la cabra de mi altillo se desbocaba y la escritura se disparaba y las palabras no podían traducir lo que no tiene palabras pero insistían en habitar la casa de mi cabeza, se torcían las palabras, cabeceaban, y en su universo figuraba un vacío doble: la amiga que se iba y también la que se quedaba: los espejos, la tentación de ser otras y habitar otros cuerpos y representar otras vidas, y era al fin la conjetura de la cabra quien realmente escribía.

Digo conjetura y me detengo en esa palabra tan cercana a la imaginación. ¿Será que la amiga huyó como huyen Thelma y Louise por el desierto? ¿Será que ella te arrastró en la huida? ¿Y si en realidad tú eres ella y nunca se fue? No se puede conjeturar, pienso, si no se amplía esa dimensión paralela entre lo real y lo posible. Apelar a lo que pudo haber ocurrido, a lo que hubiera ocurrido, a lo que dicen que ocurrió, a lo que sería improbable pero no imposible que ocurriera. Y al pensar esto que pienso ahora asoma esa otra palabra: “especulación”. La palabra en su doble acepción de verbo y de adjetivo. Como verbo, ese “especular”, ese “realizar conjeturas o hipótesis sobre algo que no se sabe con certeza”, tiene todo que ver con la ausencia. Ante la falta de certezas el relato se va moviendo en una zona condicional, en un “podría ser que”. Y de ese amasijo de conjeturas surge un escenario posible, que sitúa la novela en la delgada línea que se dibuja entre la memoria, la fantasía y la ensoñación. Y como adjetivo, por su lado, la palaba “especular” alude al carácter de espejo de una cosa, de una conducta, de una situación, de un comportamiento, que es a fin de cuentas el que enlaza a las protagonistas en estas páginas. La suya es una amistad simbiótica, casi umbilical: una relación especular, justamente, sostenida en el ímpetu de ser la otra.

“Un día voy a ser otra distinta”, canta Juana Molina. Quizás esta novela la escribí, en realidad, solo como una excusa para usar como epígrafe la frase de Juana Molina. O más de una frase. “Un día voy a hacer otra distinta / voy a hacer cosas que no hice jamás / voy a cantar las canciones sin letra / y cada uno podrá imaginar”. Aunque al final la cita de Juana Molina quedó guardada, porque cuando terminé de escribir Dónde puedo dejarlo, yo ya era otra distinta.

Alejandra Costamagna

Es escritora y profesora del Magíster en Literatura Creativa UDP.

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