Del libro inédito Bajo el ala de la ola.
Bogavante
esta es prueba de vida o muerte.
Este es mar insonoro.
Los remeros no se oyen entre sí.
La palabra tan cara para ustedes
agoniza.
Ya no pueden saber lo que los une.
Están a dos y medio metro de distancia
amarrados y amordazados.
La confianza ha caído al agua.
Remeros y remeras bogavante.
¿Qué salvamos en este mar de nadie
mar de desperdicios?
Desde hace un tiempo todo es marejada.
Un oleaje interminable que se masifica.
Un ir y venir
las cosas perdiendo sus trazos.
Una cadencia igual a su igual
la cuna de la monotonía.
Nadie puede decir qué pasa
y vamos pasando.
Volúmenes que se fragmentan
licúan
disuelven.
Se ha hecho manida costumbre
destrozar la embarcación sobre las rocas.
De hacer lo que no se tiene que hacer.
De maniobrar con total impericia.
Platón diría que el piloto
no sabe dónde se encuentra el timón.
Que esta gran metáfora
de navegación de la sociedad
es un quebradero de cabeza.
Que el amotinamiento es
un estado permanente.
Que encallamos de nuevo.
Que hay que tirarse al mar
subir a los palos
o achicar y achicar
con lo que se encuentre.
Raspo el tintero
Algo quedará azultinta que se licúe
Que sea sangre milagrosa
Sobre un papel que no espera nada
La blanca desmemoria.
Que llegue aun en pocas gotas
Mar grisazul Azov
Mariúpol
Hoy letra muerta
Azul petróleo Ormuz
Azul cárdeno Gaza
Masacres
Muertos
Por arte no resucitarán.
Raspo la pastosidad azul
Mezclo años y añil
en la paleta de mis dedos
la sal el yodo la dermis.
La potencia marítima como dice Goethe
exige más.
Nada convence en estos abismos.
La barquichuela episteme
navega escorada el espacio acuoso.
La nave de los locos y bateles de los infectados
animan la regata de huifas y quejidos.
Con gran esfuerzo el trirreme de los Convencionales
busca posicionar sus velas
en las cercanías de la inmortalidad
en los pinceles de algún marinista
en versos de los poetas embarcados
enfrascados ellos y ellas en la procela
como malos de la cabeza.
En este pedazo de historia presente
¿qué se puede hacer
ante una mar picada
encrespada como diablo
si no es escribir a muerte?
Elvira Hernández nació en Lebu en 1951. Ha publicado quince libros de poesía, entre los que destacan ¡Arre! Halley ¡Arre! (1986); Carta de Viaje (1989), El orden de los días (1991), Santiago Waria (1992), Cuaderno de deportes (2010), Pájaros desde mi ventana (2018. Premio Círculo críticos de arte), Pena Corporal (2018) y La bandera de Chile (1991), obra paradigmática sobre los procesos dictatoriales, que ha sido traducida y publicada en Francia, Italia y Estados Unidos. Su obra ha sido antologada en los volúmenes Actas Urbe (2014), Los trabajos y los días (2016) Zona de desvíos (2018). El año 2018 recibió el Premio Nacional de poesía Jorge Teillier, y el destacado Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, ambos por su trayectoria literaria.