Portada de «¿Por qué son tan lindos los caballos?» Editorial Montacerdos.

¿Cómo se cuida una vida que empieza a perder sus contornos? ¿Con qué palabras se retiene una ausencia? ¿Y cómo se hace cuando esa vida es, precisamente, la de una madre? ¿Cómo escribir cuando todo parece comprometido, cuándo ha ocurrido lo irremediable, cuándo el mundo tal y como se ha conocido empieza a desaparecer?

En medio de la pandemia, mientras la madre de Julieta Correa, la autora de ¿Por qué son tan lindos los caballos?, va perdiendo el habla, el apetito, la orientación, y terminan por diagnosticarle una demencia frontotemporal, ella, la autora, la hija, comienza a tomar apuntes. Anota no solo las metamorfosis cotidianas de su madre, sino también los pensamientos, los recuerdos, las dudas que se agitan a su alrededor, como si la enfermedad de su madre animara en ella eso que Baudelaire llamó el «genio de la infancia», hecho de una curiosidad profunda y bajo el que ningún aspecto de la vida, ni siquiera de esa vida que roza la muerte, parece estar del todo embotado. Quizás a eso se deba el movimiento aparentemente rápido de su escritura, como si quisiera que las palabras estuvieran lo más apegadas posible a las impresiones, a los hechos todavía en su estado crudo, para evitar con eso la tentación de generalizar, de convertir la enfermedad, el duelo, el desconcierto, el dolor —y a su propia madre—, en categoría. En ese sentido, el libro de Julieta no es estrictamente un libro sobre la enfermedad de una madre, sino un libro en estado de enfermedad, quiero decir, un libro que no quiere ser un soldado en el ejército de los que se mantienen erguidos, sino más bien un artefacto frágil, sin simulaciones ni fingimientos, atento a los sonidos, a los colores, a los sabores, a los silencios, a las muecas, a los pequeñísimos rituales; atento a todo aquello que la buena salud pasa por alto y que la enfermedad, a veces, ilumina como esos rayos de sol que entran en una habitación y bañan de luz algo que hasta hace poco considerábamos carente de interés. Un texto propenso a los «detalles precisos», a «las observaciones singulares», similar quizás al tipo de anotaciones que su madre, durante años y casi de manera compulsiva, escribió en diarios y cuadernos hasta la llegada de la enfermedad, del derrumbe. Como los de ella, los textos de este libro son fragmentarios, como si la enfermedad hubiera vuelto a la autora reacia a las campañas que exige la prosa. Es también la voz entrecortada del testigo. Esto dice la autora: «La demencia es una enfermedad que no se puede contar a sí misma. No hay un relato posible cuando faltan las palabras, solo se puede contar desde afuera. Esa es mi misión. Un texto testigo. Un texto que se va quedando sin palabras». Un texto testigo, un texto en estado de enfermedad, un texto fragmentario, quizás porque sabe que las palabras solo alcanzan a pellizcar la cabeza de las cosas, y frente a lo inconmensurable, es mejor «no afirmar nada temerariamente, no negar nada a la ligera».

Esa suerte de castidad del lenguaje, que en este libro es menos un déficit que una potencia, permite que sean los gestos los que tomen el protagonismo. Gestos que parecen custodiar, incluso en la intemperie de la enfermedad, el origen mismo del vínculo entre una madre y su hija. En las páginas del libro, la autora le pregunta a su madre una y otra vez por su nombre: «¿Cómo me llamo, mamá? ¿Te acuerdas de mi nombre, mamá?» Esa pregunta mínima se vuelve conmovedora porque toca el corazón de aquello que significa ser hijo. El amor materno no es nunca un amor abstracto sino un amor que se pronuncia siempre en la forma irrepetible del nombre propio. Julieta, Boliña, Boli: allí está el amor, allí está la singularidad que alguien nos regaló para hacernos existir. Ser nombrados es ser recibidos, ser sostenidos, ser llamados a la vida. Por eso esta escena conmueve, porque en la falta de respuesta no escuchamos solo la pérdida de la palabra, sino el resquebrajamiento de la escena originaria del amor, aquella en la que una madre dona un nombre para afirmar la singularidad de una vida y comprometerse con ella. «¿Cómo me llamo, mamá?» Quizás la insistencia busque preservar justamente eso: la memoria de haber sido nombrados con amor, la certeza de que alguien alguna vez nos pronunció para que no nos perdiéramos. ¿Qué ocurre cuando el cuerpo, la voz y la lengua de la madre ya no pueden pronunciar ese nombre? ¿Quién amará así ahora, cuando la que nos nombró ya no puede hacerlo? ¿Se sigue siendo hija?

Está el nombre, pero también están las manos de la madre. Me gusta esto que dice Recalcati sobre la madre, cuando sustrayéndola de toda representación naturalista, dice que madre no es el nombre de quien genera sino, por encima de la naturaleza, es el nombre de ese Otro que ofrece sus manos a la vida que viene al mundo, que responde a su invocación, que transmite no solo la vida sino los deseos de vivir. Quizás por eso las manos de la madre adquieren en este libro un lugar primordial, porque esas manos que hicieron de sostén y que impidieron que la vida que llega al mundo caiga en el sinsentido —y que la autora no deja de acariciar—, ahora, con la enfermedad, comienzan a hincharse, a estropearse; de tanto apretar, las uñas se rompen, los dedos se infectan. «La única explicación es neurológica, dice la narradora, hay una orden del cerebro que dice que no suelte, que agarre con fuerza. Lo que sea». Agarrándonos, ¿no es así cómo llegamos al mundo? ¿No es sorprendente la fuerza que tienen las manos y los dedos de los niños? En el nombre propio, en las manos, en eso que permite echar a andar el motor de la vida, allí, Julieta sigue buscando a su madre, que mientras escribía este libro no había muerto sino que estaba perdida, como dice en el libro, en «algún lado de su cabeza».

En una de las notas que la autora encontró en los cuadernos de su madre aparece esta frase: «la realidad es: deprimente, excesiva, aburrida, inestable, evitable, fascinante, cruel, ridícula, obvia, desagradable». Una especie de inventario afectivo, lúcido hasta la acidez. Pero entre esas palabras —o quizás a contrapelo de ellas—, estaban los caballos y los pájaros, los animales que ella amaba, porque los caballos y los pájaros, siendo igual de mortales que nosotros, parecen no conocer sin embargo la herida de la finitud ni el abismo del fin y pueden confiar sin reservas en la mirada, en el cuidado, en el amor de otros. Y tal vez eso hizo Sari, la madre, deslizarse, casi sin darse cuenta, hacia ese modo animal de estar en el mundo; volverse un poco caballo, un poco pájaro, como si la enfermedad, en vez de romper el lazo, lo volviera más raro, más imprevisible, pero también más tenaz. Cuidar lo vulnerable, lo que se ofrece sin escudo, exige un tacto finísimo, y eso hace Julieta Correa en este libro hermoso, no rechazar lo extraño sino que dejarlo actuar como fuerza formadora.

Esa búsqueda de una madre que ya no puede mantenerse erguida, activa, organizada, no es una búsqueda sin embargo melancólica. Lo que este libro nos recuerda —y aquí su belleza es crucial— es que toda vida, en algún momento, deja de «aguantar»: algo se quiebra, se afloja, se desprende de la forma que tenía, pero ese desprendimiento no abre necesariamente un abismo, sino la posibilidad de otra manera de estar con los otros. No se trata de añorar la buena salud perdida, sino de aprender a recibir esa vida nueva que llega con la enfermedad: una vida más lenta, más frágil, más expuesta, que obliga a inventar otro modo de acompañar. En los recuerdos de la autora sobre su madre, en la minuciosidad con que anota el temblor de la memoria y el pavor de perder ella misma las palabras, aparece algo que podríamos llamar gratitud. No una gratitud hacia una madre idealizada, sino una gratitud que nace cuando uno se vacía un poco de sí mismo para hacer espacio a aquello que ya no puede sostenerse por sí solo, un cuerpo que ya no actúa, ya no domina, ya no controla, pero aun así posee una potencia distinta: la de recibir, la de sentir, la de abrirse, pese a todo, a lo que llega. Por eso este es un libro ahuecado, receptivo, paciente, amoroso, un libro que no convierte la enfermedad en un espectáculo del sufrimiento ni en una ocasión para la autocompasión, sino que se deja afectar por lo que la enfermedad tiene de sorprendente: su capacidad de exigir nuevos gestos, nuevas posturas, nuevas formas del tiempo, formas más hondas de atención. Cuidar al otro nos inventa, nos hace nacer de nuevo, otra vez, y este libro es quizás la manera que encontró Julieta Correa de inventar unas manos que la sostengan, que sostengan también a otros.

Paz López

Paz López (Santiago, 1981) es doctora en Filosofía con mención en estética y teoría del arte, ensayista y académica del Departamento de Teoría de las Artes de la Universidad de Chile. Ha publicado La vida, una imagen que nos falta (Cuadro de Tiza, 2020), Velar la imagen. Figuras de la pietà en el arte chileno (Mundana Ediciones, 2021), y Pánico y ternura (Lumen, 2025).

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