
El 28 de abril de 1976 desaparecieron, a manos de la dictadura de Pinochet, sus hijos Manuel Guillermo y Luis Emilio ) con su esposa, Nalvia Mena, embarazada de tres meses. Al Puntito, el hijo de dos años de estos últimos, también se lo llevaron, pero fue dejado cerca de la casa de Ana por agentes de la DINA al caer la noche. Al día siguiente desapareció el marido de Ana, Manuel Recabarren, quedando el Puntito sin padres ni hermano ni abuelo. Ya adulto, radicado en Suecia y dedicado a la danza, dirá: «Yo siento que mis padres viven en mi cuerpo», y con los años escribirá un libro con su historia: El día en que mis padres desaparecieron.
El destino trágico, griego, de Ana González teje un relato de intensidad único en la historia de Chile al trenzarse con el carácter férreo, magnánimo y luminoso que ella siempre mostró. «El odio no me ciega. El odio no me echa a perder», dice Ana en el documental Quiero llorar a mares. Ahí, filmada en Villa Grimaldi en la década del noventa, a veinte años de esas desapariciones que llevan ya medio siglo sin aclararse, Ana le cuenta al recuerdo de su marido que la casa está siempre llena. De familia, de amigos, de gente querida, de animales. Años antes, según contaría en Compañera Ana González. Una autobiografía —sus memorias publicadas póstumamente—, cuando tuvo un embarazo difícil «afincó en mí un amor tan grande a la vida que seguí teniendo hijos, sin siquiera sospechar que seres malignos acechaban desde las tinieblas y que en el futuro me serían arrebatados».
La última vez que vio a Manuel, su marido, él la celebró por un panfleto que había escrito. «Te felicito, está muy hermoso, tiene una gran calidad humana», le dijo, y ella, seguro sonrojada, le respondió «salta pal lao», aunque se sintió dichosa: «mi viejo me había dado su aprobación». Nunca más lo volvió a ver y nunca, tampoco, dejó esa casa en que vivió con él y sus hijos, si bien cerró para siempre la puerta del antejardín por la que una mañana salieron para jamás volver. Como señal de presagio, «el ruido del cerrojo al cerrarse la puerta hizo latir mi corazón con más fuerza de lo habitual, cual oscuro presentimiento», escribiría evocando esa última vez. Solo por el otro portón entraron y salieron desde entonces hasta que treinta y un años más tarde, en 2007, la puerta volvió a abrirse: «Por allí avanzaron mis nietos llevando la urna en la que mi hija Ana María reposaba, víctima también de la canallada fascista». Murió de cáncer, el cual Ana siempre consideró que se le desató tras saber, entre las mañosas revelaciones de la Mesa de Diálogo del año 2000, lo que habrían hecho los militares con sus hermanos: lanzarlos al mar.
En muchos momentos sus vivencias se asemejan a las de los personajes trágicos, tironeados por arrebatos crueles o burlescos del destino, con momentos de implacable ferocidad, pero provistos de un carácter de arrojo y entrega mayores. Cuando debe ir al Servicio Médico Legal, cooptado entonces por los agentes del régimen, a reconocer a sus posibles familiares, siente tanta necesidad de hallarlos que cree verlos sin verlos. Le pasó con su nuera: «Sentí deseos de remecer el cadáver y preguntarle: ¿Quién eres? ¿Eres Nalvia? Si no lo eres, ¿cómo te llamas? ¿Quién te busca?». Es un pasaje como de Esquilo.
La mujer que supo estar a la altura de su desesperante espera, que encabezó la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y que en dictadura recorrió sin cejar centros de detención y morgues y cuarteles buscando a los suyos; la mujer que hizo huelgas de hambre e integró misiones en el extranjero y se encadenó al Congreso Nacional junto a otras desafiando la brutalidad policial para hacer conocida su lucha; la mujer que escribió «El silencio, la burla, la negación, el desprecio, no nos paralogizó, al revés, nos dio más fuerza, más coraje, y fuimos conjugando el verbo resistir en todos sus tiempos»; en fin, esa chilena que enfrentó la vida con ira y con pena, como reconocía, pero sin miedo y sin amargura, como enfatizaba, tuvo todo para ser ganada por el rencor y el derrumbamiento pero prefirió pasar sus días de pie buscando y en un permanente dar y darse por sus muertos y sus vivos. De otro modo no se explica la energía e incluso la alegría que quienes la conocieron testimonian como sus rasgos esenciales, junto al tesón y el cigarro humeante que acompañaron una vida de búsqueda que hará inolvidable la de los suyos. Y esa será, ya es, su victoria.
Y de esa victoria surge otra, de redoblada humanidad: cómo la escritura de esta mujer —que apenas tuvo estudios pero es irrigada por la experiencia, el amor y cierta clarividencia— se vuelve tierna para narrar momentos o sentimientos de profundo horror. Siempre hablando en colectivo, por las cientos de mujeres familiares de detenidos desaparecidos con las que compartió lucha, dice Ana que cuando tuvieron noticia un día, por medio de la Vicaría de la Solidaridad, de los primeros y más brutales hallazgos de cuerpos que hubo, partieron muchas en caravana a ver si se trataba de los suyos: «Cada una de nosotras vivía su propio drama, preguntándonos: ¿Y si no están los míos? Fue así como todas las palomas juntas por el pueblo emprendimos el vuelo. La brújula de nuestro corazón señalaba el rumbo hacia los Hornos de Lonquén. Allí empezaríamos a picotear alrededor de esas inmensas moles de cal, ladrillos, cemento y muerte, abriendo surcos y surcos en la madre tierra, con la esperanza de encontrar osamentas. No estaban allí… Con las alas rotas, nuevamente levantamos el vuelo, cubriendo de blanco el azulado cielo».
En «Canturreo memorial», tercera sección de Serenata cafiola, Pedro Lemebel le dedica a Ana una crónica, «A su linda risa le falta un color», en la que recuerda cuando la pudo haber conocido de niño en el Zanjón de la Aguada, y cómo, pasadas las décadas, ya con los suyos desaparecidos, «son una fiesta nuestros encuentros, y su voz es una tersura confortable cuando hablamos por teléfono en los días grises del alma». Y retratando a su «brava amiga» se pregunta, tal como haría ella misma en sus memorias, cómo se vive con heridas así, «cómo se nace de nuevo después de tanto infierno, me digo, recordando la vez que le ofrecí un pito de marihuana y ella me dijo: “Si tantas cosas me han pasado, no creo que esto me hará tan mal. ¿No crees, Peter?”».
La lectura de esta autobiografía, que Ana plantea como una larga carta al lector, produce no sólo lo que ella misma se propone —memoria de los suyos y de la lucha de tantas atravesando la larga Noche Negra, según llama a la dictadura—, sino una especie de luz tan cálida como eficiente, a la altura de la oscuridad que conjura, una luz integrada, por decirlo así, de entendimiento, compasión, tesón, risa y, también, justa y necesaria maledicencia. Ana González firma un texto que entre otras cosas es una abierta y hermosa celebración de los días de Allende («¡putas que fuimos felices!»), donde, escribe, todo un pueblo se sintió protagónico y deseoso, «pensaban que la vida podía mejorar, elevarse la condición humana por sobre la miseria».
Crónica de la solidaridad de un pueblo, tienen cabida incluso historias de excepción, como la de esa vecina pinochetista que tras el Golpe ocupó el lugar de Ana en la Junta de Vecinos, pero que la ayudó cuando cayó detenida. Valentía para enfrentar a la judicatura servil, honor para reconocer a la hidalga cuando la hubo. Y el humor que nunca perdió: un día, cuenta, cuando la vida no se empecinaba aún con su familia, Ana perdió cincuenta pesos, que no era poco. Angustiada, le contó a su marido, quien le pasó un billete «igualito al perdido», ante lo cual lloró el doble. ¿Por qué? «Es que ahora tendría cien», le dijo, y Manuel estalló en una carcajada que Ana nunca estuvo dispuesta a enterrar.
Por años tuvo feroces jaquecas que, cuenta, por algún milagro se le acabaron cuando ganó Allende; nunca volvió a padecerlas. Quizás en ella, como en nadie, aplicó tan clara y literalmente ese verso iluso y famoso de Roque Dalton: «El comunismo será, entre otras cosas / una aspirina del tamaño del sol». Dalton, inmenso poeta a quien, dicho sea de paso, Ana leía, como también a Miguel Hernández, Hemingway, Gorki, Redolés, Brecht, Neruda.
Una vez, en París, en un homenaje a Picasso, cuenta Ana, como suele hacer con historias oídas, Neruda, entonces prófugo del Chile de González Videla, sube al estrado con un volumen clandestino de su Canto general y se lo regala delante de todos a Picasso diciéndole: «Este primer ejemplar es para ti», pero luego, al volver ambos Pablos a su asiento, el poeta le quita el libro: «No te lo puedo regalar, es el único ejemplar que tengo». Más memorable aun es cuando Ana conoció a Allende. Un día, en un evento concurrido, de pronto «¡se hace presente el presidente de la república, compañero Salvador Allende!». Como todos querían saludarlo, decirle algo aunque fuera al paso, se hizo una larga fila. Ana lo observa y nota que «mientras daba la mano, atendía lo que le conversaban las personas que tenía a los lados y a sus espaldas». Cuando llegó donde Ana, Allende «extendió su mano y siguió con la cabeza vuelta, pero yo no extendí la mía, obligándolo a volver la cabeza». Entonces Allende la miró y ella le dijo: «Compañero presidente, cuando yo saludo, me gusta que me miren a los ojos». La escena también la recordaría Lemebel en su crónica: «Y el Chicho, algo confundido, soltó la risa y la abrazó cariñoso».
Esta anécdota deja ver del todo el carácter de Ana González: puntuda, recia, entrañable, tiene el efecto en su hacer y en su decir de que la gente voltee, mire, vea. Eso que hizo con Allende lo haría, durante años y en clave inversa, dramática, con buena parte de la sociedad chilena y mundial, ayer y hoy: llamar la atención, hacer ver y sentir. Re-cordar.
«¿Sabe usted lo que vive un familiar de detenido desaparecido», pregunta en un momento cúlmine del libro, y dice que se vive «segundo a segundo pensando: ¿dónde lo tendrán?, ¿estará pasando frío?, ¿estará enfermo?, ¿tendrá hambre, ¿tendrá sed?, ¿mi amada habrá dado a luz?, si mi hijo nació, ¿dónde estará?, ¿será niño o niña?». Lo califica Ana como otra forma de tortura.
Nada, ni la máxima inhumanidad, logrará borrar el homenaje que ella quiso hacerle a los suyos: mantenerse, pelear y pelear por encontrar, por remembrar, y no renunciar a la alegría. ¿De dónde sale tal entereza? Quizás una clave o pista al menos se encuentre hacia el final de sus páginas, cuando se pregunta «¿qué hacer para salir del pozo al que la vida te va empujando?». Y tantea una respuesta en la que no puedo dejar de advertir, cuando menos, una llamativa coincidencia; la que se da entre lo que dice Ana y la respuesta que Violeta Parra diera, al ser entrevistada en el Louvre, en los años sesenta, respecto a cuál de sus medios creativos elegiría si tuviera que quedarse con uno solo, si la música, la poesía, las aspilleras, las pinturas… «Yo elegiría quedarme con la gente», dice Violeta, «es la gente la que me motiva a hacer todas estas cosas». Y Ana González, respecto a cómo pudo resistir los embates de una vida cruenta, escribe: «He llegado a concluir que son las personas las que me han dado esa fuerza. Si no fuera por ellos, no habría resistido».
Murió en 2018 sin conocer el paradero de los suyos.
Foto de portada cortesía de Mariela Rivera (@marielariverafotografa).
Viña del Mar, 1981. Es crítico y editor. Está a cargo de la colección de poesía de Lumen en Chile y en 2022 publicó el libro de ensayos breves Todo puede ser.
Fotografía: Macarena García Moggia