José Luis Torres Leiva
Este texto forma parte del documental en proceso Un hombre invisible. El proyecto surge como una reflexión personal e íntima en torno a mi bipolaridad, diagnosticada a mis veinte años, y a las tensiones y contradicciones familiares que se desprendieron de esa experiencia, especialmente en la relación con mi padre y mi madre. Nace de un impulso directo, casi urgente: la necesidad de encontrar un centro, un lugar desde donde mirar y comprender un conflicto que durante mucho tiempo permaneció sin ser abordado desde mi propia voz.

 

A los veinte años comenzarás a desaparecer. No de golpe, no ante los demás. Desaparecerás primero ante ti.

Te mirarás al espejo y ese rostro será un acuerdo antiguo que ya no recuerdas haber firmado. Moverás la boca y alguien más hablará por ti. Te preguntarás cuándo fue la última vez que estuviste realmente ahí.

Caminarás con una energía que no reconoces como propia. Dormir será una molestia innecesaria.  El cuerpo irá más rápido que el pensamiento, y el pensamiento más rápido que el mundo. Harás planes para una vida que no existe todavía. Prometerás, escribirás, sin encontrar sentido al porqué lo haces.

Creerás haber encontrado, por fin, la clave. No notarás el exceso. Nunca se nota desde dentro. Habrá días en que el lenguaje se te adelante. Las palabras caerán una sobre otra, sin jerarquía, sin respiración. Hablarás para no perderte, hablarás para no detenerte.  Reirás sin sentido. Nunca sabrás bien cómo estar con alguien. Te acercarás demasiado o desaparecerás sin aviso. Confundirás tus sentimientos. Silencio con cuidado. Aprenderás a irte antes de que te pidan que te quedes.

Te odiarás. No de una forma clara. No sabrás cómo llevar a cabo ese odio. No tendrá dirección ni forma. Será una presión constante, una fuerza que no encuentra salida. Te odiarás por existir, por hablar, por no hablar, por quedarte, por irte.

Tus padres te mirarán desde lejos. No sabrán qué decir. Reconocerán algo extraño en tu mirada, en tu brillo, pero no tendrán palabras para nombrarlo.

Dirán que son los nervios. Dirán que es estrés del estudio. Dirán que se te va a pasar. Te preguntarán si estás cansado. Responderás que no. Nunca es cansancio lo que se siente. Luego vendrá el otro movimiento. No como castigo, sino como gravedad. El cuerpo pesará. El tiempo se volverá espeso. Las mismas calles ya no conducirán a ningún lugar. Responder un mensaje será una tarea que exige una fuerza que no tienes. Te quedarás quieto.  No por descanso, sino por imposibilidad.

Las voces seguirán ahí, pero ya no empujarán: repetirán. Repetirán errores, frases mal dichas. Repetirán la pregunta: ¿para qué?

Tus padres volverán a mirarte. Esta vez con preocupación. Te llevarán al médico. A muchos médicos. Esperarán diagnósticos que ordenen el caos. Buscarán una palabra que calme el miedo. No la encontrarán.

Habrá un primer intento. No lo llamarás así. Lo pensarás como una forma de detener el ruido. Como una pausa mal calculada. A los veinte años todavía crees que todo puede reiniciarse.

Habrá un segundo, al año siguiente. Ya no habrá sorpresa. Solo cansancio. Un cansancio que no se duerme. Tus padres estarán ahí, pero no sabrán cómo tocarte ni mirarte. No habrá abrazos. No por falta de amor, sino por torpeza. Por miedo a decir algo incorrecto. Por no saber dónde poner las manos.

Aprenderás a no pedir. Con el tiempo sentirás que otro hace las cosas por ti. Un yo funcional, prolijo, que se levanta, trabaja, responde. Tú lo observarás desde un costado. Como si existiera un mundo paralelo donde tu vida sigue ocurriendo sin que tengas que estar presente. Ese mundo paralelo te mirará. Desde todos los rincones. En el metro. En la calle. En los reflejos de los vidrios. Los textos que recibes parecerán tener mensajes ocultos. Palabras subrayadas por nadie. Frases que insisten. Señales que no logras descifrar. No entenderás cuál es el mensaje. Ni para qué es ese mensaje. Solo sabrás que está dirigido a ti. El mundo paralelo querrá controlar tu mente. No con violencia, con repetición. Con vigilancia. No sabrás cómo defenderte. No tendrás las herramientas. No habrá manual. No habrá aprendizaje posible.

Pasarán los años. Aprenderás a parecer estable. A modular la voz. A esconder el exceso y el vacío bajo una misma máscara funcional. Trabajarás. Tratarás de amar, pero nunca lo lograrás. Cumplirás horarios. Habrá muchas cosas que ya no hiciste ni viviste. Personas que no supiste sostener. Palabras que no dijiste a tiempo. Ya no tendrás ganas de volver a eso. Ni siquiera de pensarlo. No será resignación. Será otra forma de anestesia.

Tus padres envejecerán sin entender. Morirán sin entender. Se llevarán consigo la pregunta que nunca supieron formular. No habrá reproche. Solo un silencio heredado. No llorarás como esperabas. Descubrirás que el dolor ya no llega con forma de emoción. Llega como una ausencia. Como una superficie lisa donde antes había algo.

Habrá rabia. Una rabia sorda, sin dirección. Y también mucho silencio. Un silencio que no calma, pero mantiene todo en su lugar.

Mucho después, cuando el tiempo ya no promete nada, el ritmo volverá a quebrarse. No con violencia. Con una lentitud peligrosa. Habrá un tercer intento. Más silencioso. Más solitario. No será un grito. Será una conclusión provisional. No será el final.

Con el tiempo aprenderás algo nuevo. No a perdonarte. No a entender. Aprenderás a vivir con ese odio. A dejarlo estar. A no preguntarle nada. Ya no sentirás nada. O casi nada. Ya no te importará nada. O casi nada. Las pastillas aplanarán los bordes. Bajarán el volumen.

Y seguirás adelante. Día a día. Te seguirán mirando. Te escucharán por micrófonos ocultos en cada lugar que visitas. Te observarán a través de los espejos y las paredes. Te mantendrán bajo control. Anotarán cada gesto, cada desvío, cada error, cada silencio. Y tú aprenderás a vivir ahí. De forma invisible. Aprenderás a moverte sin dejar rastro. A hablar lo justo. A no llamar la atención del mundo ni de ti mismo. Sabrás cuándo bajar la mirada.

Cuándo no responder. Cuándo quedarte quieto para no ser detectado. Seguirán mirando. Seguirán escuchando. Anotando lo que haces, lo que no haces, lo que piensas que haces.

Ya no intentarás escapar. Tampoco entender. Existirás en ese borde. Presente, pero no del todo. Vivo, pero sin afirmarlo. Y así, día tras día, seguirás adelante.

José Luis Torres Leiva

Director, guionista y montajista chileno, reconocido por obras de ficción como El cielo, la tierra y la lluvia (2008), galardonada con el Premio FIPRESCI en Róterdam, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (2019) y Cuando las nubes esconden la sombra (2024). Además, ha dirigido documentales como El viento sabe que vuelvo a casa (2016) y Ningún lugar en ninguna parte (2004).

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