Incendio en la Iglesia San Francisco de Iquique, 11 de octubre de 2024.
Marcela Rivera Hutinel pasó absolutamente desapercibida por mi radar de lecturas hasta que escuché la variación 39 del podcast Poesía & Capitalismo. En ese episodio desplegó una idea que me cautivó: la caída, la inclinación como camino opuesto a la visión tradicional de mantenerse en pie, de erigirse por sobre, de elevarse, y también como una forma de resistencia.
En la plaquette Pensar por imágenes: Montaigne y la caída, Rivera desarrolla la idea de que la imagen de la caída hace posible pensar y escribir de otra manera, salir fuera de sí para lograr lo mismo. Parte hablando de Montaigne y de la vez en que se cae del caballo. A partir de Los desarzonados de Pascal Quignard argumenta que “la imagen de la caída no ejemplifica, ella misma piensa”. En el podcast lo amplía diciendo que Montaigne remece certezas, cambia la idea del hombre elevado, erecto, que se eleva por sobre todos para poder ver más allá.
Citando a Platón y Malebranche, Rivera explora la creencia de cierto linaje filosófico de que “la imagen miente, la imagen falsea”, y al mismo tiempo afirma que es posible “repensar el vínculo entre pensamiento e imagen”. Apoyada en Rella y Freud, nos habla de “imágenes que no ilustran ni describen, sino que piensan”. Y vuelve a Montaigne afirmando que la imagen de la caída es lo que permite al autor escribir sus ensayos. La sabiduría de la caída le permite prestar atención a “la fluctuación rítmica de la existencia, a su ir y venir, a su alzarse y caer”. Porque para escribir, resume, es necesario no solo haber caído sino continuar cayendo.
Mi reflexión sobre esta lectura coincide con la desaparición de una persona y luego de un lugar muy significativo de la ciudad donde nací. El viernes 11 de octubre de 2024 se incendió completa la Iglesia San Francisco de Iquique. La imagen de su estructura cayendo fue la versión material de la extinción de ese mundo que partió junto con mi papá en diciembre de 2023.
El nombre oficial de esa iglesia era Parroquia San Antonio de Padua. San Antonio fue un sacerdote portugués de la orden franciscana y uno de sus milagros incluye la siguiente anécdota: como sus sermones eran tan populares, llegaron más seguidores de los que podía recibir la pequeña iglesia donde estaba, así que decidieron hacer la prédica al aire libre. Al rato, el cielo empezó a oscurecerse anunciando la llegada de una tormenta, lo que asustó a los feligreses, pero san Antonio los llamó y les dijo que no se mojarían. Dicen que así fue. Mi papá también se llamaba Antonio y su presencia se sentía así, como un refugio contra los malos tiempos. A esa parroquia, él y mi mamá fueron cada martes durante todo su pololeo. A una cuadra aún vive una tía paterna. Allí velaron a mi abuelo materno. Todas las misas para recordar a cada muerto que se nos fue acumulando se hicieron allí. Sigue siendo el barrio de la generación de mis padres.
La iglesia data del siglo XVII y es monumento histórico desde 1994. Se supone que, “por su valor histórico o artístico o por su antigüedad”, estos se conservan “para el conocimiento y disfrute de las generaciones presentes y futuras”, según afirma la definición oficial, pero en este caso y en términos operativos eso es letra muerta. Para las generaciones futuras solo quedan escombros y fotos. Además de todas las dudas que me surgen sobre cuáles son las precauciones concretas que se toman con un monumento histórico que se quiere conservar (¿aspersores contra incendios, pinturas ignífugas, muros cortafuegos, protocolos de emergencia, mantención periódica de la instalación eléctrica, prohibición de encender velas?) y que aparentemente aquí no se tomaron, me pregunto, a partir de esta catástrofe patrimonial y de las ideas de Marcela Rivera, por las imágenes.

Restos de la Iglesia San Francisco de Iquique, octubre de 2024.
Vi la iglesia en llamas en fotos y videos hasta que cayó lo poco que quedaba de su estructura de madera. El video fue grabado desde una esquina, Latorre con Dieciocho, si la memoria no me falla. Y yo, que durante toda mi carrera universitaria tuve una postura indolente frente al patrimonio arquitectónico, sentí cómo se me apretaba el pecho y se me aguaban los ojos. Si mi papá no hubiese muerto hacía poco, ¿me habrían afectado tanto esas voces y la imagen de la estructura colapsando? ¿A esto se refiere Marcela Rivera cuando dice que la imagen piensa? ¿Es la imagen de este incendio lo que me permite entender lo que significa realmente que mi papá ya no esté?
En el ensayo Lo que la mano da, la misma autora se centra en cómo la mano sirve de objeto de contemplación a partir del extrañamiento y de la capacidad del ensayista de asombrarse con lo cotidiano. Habla de Valéry y de la idea de que “la potencia matriz del intelecto radica en la sensibilidad” y, lo que es aun más hermoso, de que “no habría pensamiento desligado del hacer de las manos”. Rivera hace comparecer a Alberto Giacometti, a Da Vinci, a Borges, a Diderot, a Spinoza, a John Berger, a Montaigne y a Eduardo Chillida en bellos extractos sobre lo que ellos pensaban acerca de la mano.
Unos versos de Jabès dan paso a una contundente pregunta: “¿Y si las manos de Jabès y las de Chillida se cruzasen en esta obra para rozar una misma evidencia, la de que es en y por las manos que la experiencia del vacío se desliza en el mundo?”. En mi caso, son estos textos de Marcela Rivera y las imágenes del incendio las que se cruzan para dejar algo en evidencia.
En el libro, Marguerite Duras, Clarice Lispector, Mariel Manrique, Jean-Luc Nancy y Quignard cierran el viaje hablando del pasado, de las manos milenarias grabadas en la gruta, de manos desconocidas, manos desaparecidas, de la extrañeza que provocan, de manos vacías, manos que hurgan en el lenguaje. Luego pienso en mi mano, que intenta aquí escribir, y que todavía recuerda cómo se sentía la piel delgadita de las de mi padre. Mi mano, que ahora escribe sobre él porque no hay nada más que pueda hacer por revertir su ausencia ni por salvar esa estructura en llamas.
Es la ausencia permanente e irrevocable de mi papá lo que me hace sostener el gesto de la caída. Y es la conjunción de estas lecturas con el recuerdo de esos dos días trágicos –el de su muerte y el de la desaparición de la iglesia de su barrio– lo que me hace consciente de que estoy cayendo. Es “una imagen enlazada a la experiencia del límite, anudada a la propia finitud”, como dice Rivera en Pensar por imágenes. Sigo trabajando, sigo viviendo, pero no estoy resistiendo de pie. Tal como él está tendido bajo tierra, yo, en la superficie, también permanezco en horizontal, resisto cayendo.
De este modo, leer la muerte y la imagen del fuego a partir de estos dos textos de Marcela Rivera fue una forma de dialogar con el duelo personal, pero, sorprendentemente, también inauguró en mí una manera de entender la huella emocional que el patrimonio histórico de una ciudad puede dejar en la memoria de una comunidad.
Referencias
Marcela Rivera Hutinel, Pensar por imágenes: Montaigne y la caída. Cuadro de Tiza, 2020.
Marcela Rivera Hutinel, Lo que la mano da. Mundana, 2022.
Fotografía 1: https://www.cnnchile.com/pais/fuego-destruye-iglesia-san-francisco-de-iquique-solo-un-dia-antes-se-vio-afectada-por-un-amago-de-incendio_20241011/
Fotografía 2: https://m.cooperativa.cl/noticias/site/artic/20241011/pags-amp/20241011192347.html