Si muere Duchamp (extracto)

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En los inicios del nuevo siglo, la Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile era todavía un espacio marcadamente masculino. A pesar de que cada año entraban y egresaban más mujeres, en la matrícula de estudiantes nuevas del año 2000 no superaban el diez por ciento del total. Lo mismo pasaba con el cuerpo académico. Es decir, hasta hace al menos veinte años, la abrumadora mayoría de quienes se congregaban en uno de los centros de estudios más prestigiosos del país eran hombres. Para entonces existían dos importantes tradiciones, una suerte de bautizo para los nuevos estudiantes, que se sumaba al habitual mechoneo transversal a casi todas las casas de estudios del país: la «Batalla del Puente» y la «Elección de Reina».

La «Batalla del Puente» tenía un carácter dudosamente republicano. Los estudiantes de Ingeniería se movilizaban en masa al puente Pío Nono, a las puertas del otro bastión de la nación: la Escuela de Derecho de la misma universidad. Ahí comenzaba una guerra más o menos inofensiva por conquistar el puente. Y digo más o menos inofensiva pues entre el intercambio de pintura y bombas de agua el asunto varias veces pasó a mayores y terminó con jóvenes heridos en medio de una absurda gresca en la que participaban varios cientos de personas que en unos años se convertirían en la elite intelectual, política y económica del país. Ambas escuelas, cunas de un importante número de premios nacionales, presidentes y actores destacados del acontecer nacional, tenían un pequeño juego en el cual adelantaban la disputa de la República.

Pero este proceso de inserción, una suerte de bienvenida a la vida universitaria, tenía un punto cúlmine en la «Elección de Reina». El procedimiento de esta tradición se realizaba con algunas variantes, destellos de creatividad, de la manera que paso a describir.

Sin previo aviso, aprovechando el siempre deseable factor sorpresa, una turba de cientos de hombres de los diferentes niveles de la carrera irrumpía en una clase de primer año. El profesor era amablemente conminado a salir de la sala, un auditorio de respetables proporciones. Enseguida las puertas eran clausuradas, y un grupo de estudiantes mayores cumplían el papel de guardias, asegurando que nadie saliera de ahí (aunque sí permitían la entrada de otros hombres que iban atrasados al evento). Entonces se rastreaba entre la multitud a las mujeres del curso: para el año 2000, en la Sección 4 de las seis que conformaban la cohorte, había ocho mujeres de un total aproximado de cien estudiantes. Las mujeres, jóvenes de entre diecisiete y dieciocho años, eran llevadas por un grupo de organizadores adelante del auditorio. El mesón del profesor, un mueble de madera angosto y largo, se arrimaba a la pared del pizarrón y se convertía provisoriamente en una pasarela. En el pizarrón, otro miembro de la producción dibujaba una tabla con los nombres de las estudiantes, devenidas sin consulta en candidatas a reina, y anotaba una serie de preguntas con casilleros en los que cada una debía marcar su respuesta: talla de sostén, ¿eres virgen o no?, eran algunas de ellas.

En ese momento comenzaba el espectáculo.

Ante esta horda enardecida de hombres gritando sin parar, cada una de las mujeres del curso tenía que subir a la mesa e indicar sus respuestas en el pizarrón, para lo cual era necesario agacharse de espaldas al público, lo que provocaba el clímax en la audiencia. Una vez que pasaran todas, fueran entrevistadas a la manera de un concurso de belleza y eventualmente sometidas a otro requerimiento del público (un baile, un giro), se procedía a la elección de la reina de la sección. El método era bastante sencillo: se iba nombrando y señalando a cada una de las candidatas y la que recibía el griterío de mayor volumen «ganaba».

Conozco bien cómo funcionaba este hito y los detalles y sensaciones que lo rodean pues para el año 2000 yo era una de esas ocho mujeres de la Sección 4 que fuimos obligadas a pasar por el ritual. Recién llegada a la universidad, ese auditorio al que había ido a buscar los conocimientos y habilidades que me convertirían en una profesional de alto nivel se convirtió en el espacio de la mayor humillación pública que recuerdo haber vivido. El lugar donde hacía unos instantes escuchaba con suma atención a un profesor hablar de los fundamentos del cálculo numérico era de pronto un hervidero de masculinidad y barbarie, tan ruidoso que no podía escuchar siquiera mis pensamientos. La puesta en escena, el grupo de hombres en la puerta, el animador de turno –ingenioso, graciosísimo en su misoginia–, los que se descolgaban de cada uno de los bancos del salón gritando cosas para mí ininteligibles en ese momento, totalmente fuera de sí, presas de un arrebato colectivo de excitación y violencia, son en mi memoria una pequeña y surrealista pesadilla. Recuerdo que me temblaban las manos y las piernas. No puedo sino interpretar ahora esta reacción como terror.

Según entiendo, los cambios acelerados de los tiempos han dejado esta escena institucionalizada de agresión en el pasado. Diferentes protocolos y una política más o menos activa de cupos para el ingreso de más mujeres a la Escuela han cambiado el panorama de los últimos años. A pesar de estos avances fundamentales, nunca he escuchado una disculpa pública de parte de la institución –que permitió su repetida realización año tras año– ni de las generaciones de hombres que participaron de este ritual perverso. Ni una sola disculpa dirigida a todas y cada una de las mujeres que fuimos forzadas a una situación de ese nivel de violencia. Muchos de estos hombres, de más está decirlo, están hoy ejerciendo importantes cargos en los más exclusivos espacios de poder.

Me permito este segundo relato personal porque vale la pena mirarlo de cerca y analizar algunas de sus dimensiones, que me parecen del todo pertinentes para las ideas que expongo más allá del componente inevitablemente autobiográfico que carga.

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El espacio masculino, masculinizado, de la Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile era, en el fondo, un terreno prohibido para las mujeres. Ahí se desarrolla el más avanzado pensamiento científico (racional, objetivo) del país, se descubren cosas importantes, se construye el conocimiento, ¿por qué tendría que haber mujeres? Esto, por supuesto, no estaba escrito. Se habría visto muy mal, incluso hace veinte años, poner un aviso en el reglamento de la carrera que dijera «no se aceptan mujeres» o «mujeres abstenerse». No era necesario. Para las pocas mujeres que osaban ignorar las reglas implícitas, las de la tradición, existían instancias como estas, que tienen un carácter principalmente aleccionador. Primero, que sepan estas personas que en este lugar donde se educa el Gran Hombre la osadía se paga, tiene asociada una suerte de peaje. «No es tanto, es sólo un juego gracioso», dijeron varios entonces. Segundo, que si aun así quieres seguir aquí por quizás qué impulso, tienes que saber cuál es tu lugar. Te lo vamos a recordar haciéndote subir a esta pasarela, forzándote a mostrar tu cuerpo de la manera que nos parezca, y luego manifestaremos libremente nuestra opinión sobre lo que vemos. Pulgar arriba o pulgar abajo será nuestra sentencia.

¿Por qué no hay muchas mujeres en carreras como Ingeniería, por nombrar alguna de una larga lista posible? «Porque es así, no les interesa», escuché una vez decir a un profesor. Resulta sorprendente que personas que se dedican al trabajo intelectual, a observar críticamente la realidad, a preguntar acerca de todo lo que les rodea, elijan de pronto y convenientemente dejar de preguntar. «Es así», como si nos enfrentáramos a un mandato divino. Esta respuesta es más peligrosa de lo que parece. «En un momento en que todas las disciplinas adquieren más conciencia de sí mismas y de la naturaleza de sus suposiciones, tal y como se manifiestan en los lenguajes mismos y en las estructuras de los diversos campos académicos, la aceptación sin crítica de “lo que es” como “natural” puede resultar intelectualmente fatal», apuntaba Nochlin en los años setenta.

Una situación menos burda que la descrita, pero tal vez por lo mismo aun más perversa, es la relatada por la artista visual estadounidense Nancy Spero en el excelente documental Women Art Revolution, del año 2010, dirigido por Lynn Hershman Leeson. A fines de los años sesenta, en medio de la efervescencia que se vivía en Estados Unidos a propósito de la Guerra de Vietnam, los movimientos antirracistas, feministas y pacifistas, las mujeres artistas eran prácticamente invisibles. Nancy Spero, aconsejada por algunos amigos y con el objetivo de hacer circular su obra, pidió una entrevista con el coleccionista Leo Castelli, uno de los personajes más influyentes de la escena de esos años. Una vez en la galería, como era de esperar, no fue recibida por Castelli sino por Ivan Karp, otro importante agente de arte que trabajaba con él. En la oficina, la imagen de Spero, vestida con botas altas y aferrada a su carpeta de portafolio, contrastaba con la figura de Karp, un hombre de baja estatura. Y a pesar de que había distintas superficies en las cuales ella pudo haber apoyado la carpeta para exhibir sus trabajos, Karp insistió en que lo hiciera en el piso: «Cada vez que pasaba una página era como si estuviera haciendo una reverencia a este tipo. Me sentí humillada. Y entonces él dijo: “¿Para qué me traes esto?”». No había, nunca hubo, ni una mínima posibilidad de que Spero fuera tratada como una artista y que, como tal, su trabajo fuera examinado por el galerista. Sin embargo, parecía importante recibirla para recordarle el lugar que debía ocupar.

La regla más o menos subterránea de las áreas en la cuales puede o no entrar una mujer señala de manera prescriptiva un orden del mundo. Estas historias de baja escala tienen como se sabe ecos del mismo mandato en situaciones muchísimo más graves, pero están íntimamente conectadas. Lo que se refuerza con un pequeño soporte por un lado amplifica el daño en otro, y viceversa. Cuando el paradigma se reafirma delimitando estos accesos, se abre un espacio vacío en torno al trabajo y a los aportes de las mujeres. Como no resulta coherente su registro y presencia en la historia, las circunstancias que los rodean se vuelven difusas y pantanosas, y se hace necesario llenar ese vacío con información. Ahí es donde tiene lugar un proceso de absorción, mediante el cual toda la densidad del hecho, su lucidez, sus antecedentes, circunstancias y casualidades pasan a ser tragadas por la figura masculina que se encuentre más cerca. Se desplazan lógicamente al centro de poder más próximo.

Esta es la razón que explica la atribución a Livingston Schamberg de la obra Dios por el solo hecho de fotografiarla. Y la desaparición de Alice Guy de la historia del cine. Y la de Berthe Morisot, de Ana Mendieta y una larga lista de mujeres. Su trabajo, a veces incluso considerado como fundamental en su época, tiende a diluirse, absorbido por un marido, un asistente, un amigo, un colega. Bajo esta operación se explica que la historia productiva de un hombre, ad hominem, sí se considere una prueba de su responsabilidad de tal o cual hito, como el urinario de 1917, pero lo mismo suene a especulación y voluntarismo cuando se trata de una mujer. Son pequeños sesgos, apropiaciones, inexactitudes u omisiones que van sosteniendo la emergencia del mito principal, un universo complejo de constelaciones bien descritas que esconden profundas y violentas injusticias.


Fragmento del ensayo Si muere Duchamp (Tiempo Robado Editoras, Santiago de Chile, 2021), donde la artista visual y profesora de arte Paula Arrieta Gutiérrez toma como punto de partida la ambigüedad en la autoría de lo que se conoce como el orinal de Marcel Duchamp para desplegar una reflexión situada sobre la presencia/ausencia femenina en áreas supuestamente más receptivas, como las artes o la literatura, el mito de la genialidad y otros puntos de debate. Como señala Alia Trabucco en el prólogo de este volumen, «Arrieta se mueve con agudeza entre las artes plásticas, el derecho y la literatura, tomando como herramientas la historia del arte, la teoría feminista, la crítica cultural y la experiencia autobiográfica».

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