Edimburgo

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UNO

En Pequeñas labores, Rivka Galchen dice que una guagua es una adicción que da una sensación de bienestar tan tóxica que una está dispuesta a que la vida se derrumbe con tal de seguir enganchada. Durante el embarazo, escuché un montón de cosas así. Me metieron miedos inimaginables –desde pezones sangrantes hasta 40 kilos de sobrepeso–, y la matrona me habló de antidepresivos antes siquiera de darme tiempo de deprimirme. Pero nadie, nunca, me advirtió lo que podría ser la maternidad sin familia, sin amigos, sin alguien que ayude a reponer el sueño o a tener tiempo de extrañar no tener tiempo. En los poquísimos ratos de respiro leo a Marie Darrieussecq, Jazmina Barrera, Marina Yuszczuk, Sarah Manguso y otras autoras que han escrito sobre tener hijos, quizá para sentirme menos sola en esto que me tocó, vivir encerrada y lejos de otras mujeres. «Somos tantas y tantas, y nuestras experiencias tienen todo en común, muchísimas diferencias, y a la vez todo en común», dice Barrera en Linea nigra, un ensayo en el que también busca complicidad con otras madres escritoras y artistas. Algunos de esos libros que tengo apilados en el velador parecen historias de terror –en especial Nudo materno, de Jane Lazare, y No, mamá, no, de Verity Bargate–, y eso que ninguna de sus autoras, pienso, tuvo hijos durante una pandemia. ¿Alguien estará escribiendo sobre la angustia de amamantar en medio de este caos sanitario sin poder drogarse con otra cosa que no sea sertralina, la única pastilla compatible con la lactancia? Yo, al menos, hago como Galchen: me consuelo con los nueve kilos de droga a los que me he hecho adicta.

DOS

El coronavirus reescribió la vida con palabras horribles: salvoconducto, amonio cuaternario, Zoom, PCR y esa tan fea, webinar. En paralelo, yo tuve que aprender otro idioma: colecho, apego, libre demanda, eversión, destete. Mi nombre también cambió. No sé cuándo fue la primera vez que alguien me llamó mamá –imagino que fue alguna de las matronas o auxiliares de enfermería–, pero lo que sí sé es que, durante varias semanas, cada vez que alguien hablaba de mí como la mamá  –¿cómo se siente la mamá?; no llores, le decían a mi hijo, ahí viene la mamá –pensaba que estaban hablando de mi mamá. Pasaban unos segundos antes de entender. Ya no existía una sola madre en mi vida. Mamá no era sólo mi mamá, ahora también era yo. Disociar esa palabra del único significado que tenía hasta entonces tomó tiempo. Como nunca, me sentí parida: mi madre dio a luz a una madre; mi hijo es hijo de una hija.

TRES

Miro a mi hijo y a su papá muertos de la risa, bailando canciones de Orange Juice, un martes a las cuatro de la tarde. La imagen es hermosa y feliz y no dejo de preguntarme cómo hubiera sido esto sin el virus, si nuestro tiempo juntos se hubiera reducido a un par de horas después del trabajo, a noches de mal dormir y a fines de semana fugaces. A veces me baja un optimismo estúpido y pienso que el fin del patriarcado empieza con la pandemia, que ha devuelto la figura paterna a las casas. Quizá de esto saldrán muchas versiones locales de esos papás nórdicos como Karl Ove Knausgård; quizá la generación de los criados en estos tiempos no tendrá los mismos roles de género grabados en la cabeza, porque estos niños dejarán de ver a sus padres como esos proveedores que entran y salen de la casa y de sus vidas. Al poco rato, abro el diario y leo que el 40% de los hombres chilenos destinó cero horas a las labores del hogar durante la pandemia.

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CUATRO

Soy judía. Dicen que el mohel  –el que practica la circuncisión– que operó a las guaguas de mi generación nunca fue cirujano pediatra, sino psiquiatra. Lo lindo de esta historia es que también dicen que todos los penes que operó le quedaron torcidos. Siempre me fascinó lo simbólico del asunto, y hace poco se me ocurrió preguntarle a mi familia si alguien se acordaba de esto: yo creo que el mohel era veterinario, dijo mi hermano; déjale su cosita tranquila, respondió mi mamá.

Desde que se sabe que viene un niño en camino empieza la lluvia de opiniones prepuciales, como las llama el escritor Shalom Auslander. Anduve con su libro Lamentaciones de un prepucio de un lado para otro, como si fuera a encontrar ahí una respuesta a la disyuntiva de si hacer o no el bris, la circuncisión. Las dudas, en realidad, empezaron cuando caímos en cuenta de que el ritual es sin anestesia. Como padres, podíamos irnos por el camino fácil del todo hijo de madre judía es judío; también nos podíamos consolar con el hecho de que la ceremonia se hace al octavo día. Listo, pasó la vieja. Le digo eso a un tío que me recuerda que, según la Torá, el hombre incircunciso será excluido de su pueblo (¿no ves que es más lindo cortado, además?, dice, para convencerme por el lado estético). ¿Y si se hiciera un procedimiento médico, algo así como un atajo para llegar al mismo resultado? Tradición versus mutilación: cuando estábamos en eso llegó la pandemia. Había que estar locos para ir a un hospital, pero uno siempre sabe cómo seguir sufriendo, así que la culpa fue reemplazada por el miedo de que algo le pasara a la guagua. Por suerte, entre las novedades que trajo el virus a muchas vidas está la telemedicina, y de un día para otro me vi en una pantalla frente a pediatras, gastroenterólogos y hasta un inmunólogo al que ya no me acordaba qué quería preguntarle. Creo que en ese momento me gradué de madre judía.

CINCO

Nos vamos a mudar. Nos vamos a vestir. Hablo en plural, como si fuéramos un equipo inseparable. Me doy cuenta de que el virus nos tiene a todos hablando así: cuándo volveremos a la vida normal, cuándo podremos abrazarnos. La experiencia colectiva de la pandemia nos convirtió en una comunidad de humanos temerosos y vulnerables; nos hizo parte de un nosotros forzado, pero un nosotros, a fin de cuentas. Nada malo puede salir de ahí, nos digo.

SEIS

Escribo con los ojos rojos y una cara de perra envenenada que, gracias a la pandemia, no tengo que mostrarle a nadie. Hace unos días, me di cuenta de que le he tomado cientos de fotos a mi hijo, pero en casi ninguna aparezco yo. Imagino que no soy la única sin ánimos de selfie.  No sé quién querría acordarse de las canas y las pintas deslavadas que ha dejado el encierro; peor si uno ha sido madre en estos meses trágicos. Evito los espejos como si me fueran a lanzar un par de verdades, una manía que me recuerda la tradición judía de cubrir los espejos durante los días de duelo: algo murió en mí en estos tiempos horrorosos.

SIETE

Mi hijo no conoce la lluvia. Apenas conoció a su familia un par de semanas antes de que empezara la cuarentena, y no estoy segura de que haya reconocido a sus abuelos las pocas veces que los ha vuelto a ver. A sus siete meses tocó por primera vez una planta y vio una abeja. Tampoco sé si ha visto pájaros en las caminatas que hemos tenido después del desconfinamiento. Me pregunto si cree que el mundo son dos personas y un gato. Quizá son miedos infundados, porque su mundo no es como el mío. En Ongoingness, Sarah Manguso lo dice así: «Mi cuerpo, mi vida, se convirtió en el paisaje de la vida de mi hijo. Ya no soy simplemente una cosa que vive en el mundo; soy un mundo».

A veces me baja un optimismo estúpido y pienso que el fin del patriarcado empieza con la pandemia, que ha devuelto la figura paterna a las casas.

OCHO

Hace poco descubrí las pinturas de Polina Barskaya, una artista ucraniana que tuvo a su hija en febrero, igual que yo y a mi misma edad, un mes antes de que Nueva York, su ciudad, entrara en cuarentena. Sus cuadros de 2020 son autorretratos pintados durante el encierro, un registro hermoso de sus mechas despeinadas, sus ojeras y su mirada de resignación mientras sostiene a una guagua en medio del desorden doméstico. Cada cierto tiempo reviso su Instagram y me detengo en sus cuadros como si me mirara al espejo.

NUEVE

Solidarizo con los esclavos del teletrabajo. Mi jefe tampoco conoce horarios. No respeta mis tiempos. Me llama a cualquier hora, me despierta, no distingue el día de la noche. Me quita el sueño. Me enseñó que el piyama es un uniforme, que los horarios son opinables, que el descanso está sobrevalorado. Lloro con estos versos de Marina Yuszczuk: «Este es un poema para todas las madres que están cansadas, para que sepan que pensé mucho en ustedes este año. Estoy sola y perdida, me pregunto si cada una de ustedes también está sola y perdida. ¿A veces no les da la sensación de que nunca van a descansar? Pero sí, vamos a descansar, la vejez es una hermosa promesa».

DIEZ

Dicen que la oxitocina tiene un efecto amnésico que ayuda a soportar el trauma de tener un hijo. Que gracias a esa capacidad de olvido las madres vuelven a embarazarse. Tengo la memoria llena de vacíos –no me acuerdo de la primera noche que pasamos juntos en la casa, por ejemplo–, aunque después de estar demasiados meses atrapados en un presente sin fin el olvido se convirtió en otro síntoma del virus. La monotonía hace que con suerte uno se acuerde de lo que hizo en la mañana, pero quizá hay algo que se puede aprender de las guaguas para soportar la incertidumbre. Le robo esta idea a Etgar Keret: como el más iluminado de los budistas, una guagua vive realmente en el presente, y, por lo mismo, nunca tiene miedo al futuro. No se me ocurre una mejor forma de sobrevivir a la pandemia.

ONCE

Hace unos años, una amiga alemana tuvo un hijo y no dejó que nadie lo tocara durante el primer mes. Me pareció un arrebato de madre primeriza que, creo, no es tan raro en algunas partes de Europa. Cuando vi a mi hijo recién nacido, tan frágil, tan chiquitito, me acordé de mi amiga. Era febrero y vivíamos en ese viejo mundo donde ser germófobo era una cosa extravagante. La gente lo tocaba como si fuera un Buda de la abundancia y pasaba de brazo en brazo mientras yo imaginaba colonias de bichos asentándose en sus rollos vírgenes y prístinos. En Chile, las guaguas son propiedad pública, me advirtieron. Meses más tarde, cuando el mundo empezó a oler a cloro, el espanto se convirtió en pánico: tuvimos que ir a una clínica y al verme tan menudita levantando un coche, a todo el mundo le bajó una amabilidad kamikaze. No sé si era negacionismo o simplemente una cortesía que, a estas alturas, me parece tan obscena como los besos y los apretones de manos. El filósofo Franco Bifo Berardi llamó a esta secuela una «sensibilización fóbica» al cuerpo que, según cree, traerá una epidemia de soledad y depresión. Una bomba atómica al mundo de los afectos, vaticinó, siempre tan excesivo. Iba a decir que estoy harta de los exagerados, pero mejor me callo.

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DOCE

Con la maternidad, las formas habituales de medir el tiempo –día, noche, horas, días, meses– se vuelven inútiles y la vida se convierte en un torrente de pañales, comidas, baños, siestas, llantos, primeros dientes, primer gateo y la lista no para y no se termina ni cuando empieza la noche y llegan las tomas nocturnas, los despertares, los desvelos. En De nuevo otra vez, una de las películas más lindas que he visto sobre tener un hijo, la argentina Romina Paula dice que ser madre es lanzarse en una carrera de posta donde no hay ni tiempo de decir una palabra porque de lo que se trata es de echarse a correr sin la más mínima idea de lo que vendrá. También lo dice Manguso: quizá la ansiedad derive de una incapacidad de aceptar la vida como un flujo, como un continuo. La única forma de sobrevivir, escribe, es cultivar una habilidad silenciosa de esperar el próximo minuto, la próxima hora y, claro, la futura vacuna.

TRECE

Dos meses después del parto, la pediatra me pidió responder la Escala de Edimburgo, un método para identificar a las pacientes con riesgo de depresión posparto. Me negué a responder esto: He disfrutado mirar hacia delante: tanto como siempre / menos que antes / mucho menos que antes / casi nada.

CATORCE

Vuelvo a Marina Yuszczuk y leo un poema que dice que los recién nacidos son destructores, que lo primero que hacen es explotar el mundo al que llegan, que toda guagua viene con dinamita. Me obsesiono con esa imagen y me baja un optimismo infantil: que nazcan más niños, me digo, que explote todo, grito, que millones de guaguas armadas con dinamita desaten un Big Bang, una explosión que termine con el mundo de mierda al que las trajimos.

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